La crisis del coronavirus

Conseguir trabajo desde una tienda de campaña

El sueño de Abel, que a las puertas de la pandemia cayó en el hoyo del paro y se estrenó como sin techo, es incorporarse el día 1 a su nuevo empleo

Abel, de 43 años, ante la tienda de campaña en la que vive junto al río Henares
Abel, de 43 años, ante la tienda de campaña en la que vive junto al río HenaresLuis De Vega Hernández

Una tienda de campaña en un bosquecillo a orillas del río Henares es su casa. El baño de minusválidos de un centro comercial, su lugar de aseo. Una hamburguesería, su enchufe para el móvil. Y Youtube, la banda sonora con la que combate la aplastante soledad de las noches de insomnio. Catar el amargo trago del paro y de la pobreza por vez primera es duro. Pero hacerlo durante una pandemia, más. Las consecuencias de la covid-19 han escupido a la calle un nuevo perfil de vulnerable. Abel, un especialista en climatización de 43 años, nunca antes había caído en el hoyo. Sabe que puede rodar más abajo todavía. Por eso combate a diario para sanar su vida gangrenada y que no acabe en una amputación sin marcha atrás. Los pateos cotidianos tienen un objetivo: volver a trabajar. “Si paro pienso. No quiero pensar”.

El 3 de febrero fue despedido de su empresa en Getafe. No sabía que esa era la fecha en la que su vida se iba a resetear. Hasta entonces, desde los 16 años, cuenta que ha trabajado de forma casi ininterrumpida. “Nunca me había faltado más allá de una semana o diez días”. Como muchos otros, vivía al día y no contaba con apenas margen de maniobra. Ya esas primeras semanas se vio sin casa. “Pasé hambre incluso”. Fueron el prólogo de lo que se le venía encima, el terremoto sanitario, social y económico del coronavirus. Bofetada de realidad: fin de los escasos ahorros, comedor benéfico para llenar el estómago y un hostal para personas sin hogar durante el confinamiento facilitado por los Servicios Sociales de Alcalá de Henares.

Ahí estuvo hasta el 10 de julio. Vuelta al raso. Acabó compartiendo el sinsabor de la calle con perros viejos del asunto. “Un buen día se fueron sin decir adiós. Menos mal”. Abel no echa de menos a ese compañero que “había pasado quince años en prisión por dar el palo a una tienda de pieles” y a su pareja, a la que describe como una mentirosa compulsiva. “Yo dormía con los ojos abiertos”. Su relato es el de alguien que a toda costa trata de no encadenarse a una existencia animalizada sin luz al final del túnel. No quiere verse rodeado de los que, sin otra opción, se limitan a sobrevivir aferrados a las ayudas del sistema o de la caridad. “Nunca he puesto la mano para pedir”. Huye también de los que no quieren o no disponen ya de fuerzas para seguir adelante. Por eso un día de agosto cogió una de las dos tiendas de campaña que dejó abandonadas el ex presidiario, la más pequeña, y se alejó hacia la soledad del Henares. “Estoy en la calle pero no soy de la calle. Estoy por cojones”.

Una vez aterrizada la noche, la luz de una linterna hace de guía a través del descampado donde los alcalaínos pasean de día a sus perros. La niebla se hace más espesa al llegar a la arboleda que rodea el margen del río. Miles de hojas mojadas tapizan el terreno sobre el que se levanta medio camuflado entre el follaje el pequeño iglú de lona azul. Una silla de playa plegada junto a uno de los troncos es el único mobiliario. Dentro, dos sacos de dormir, una manta y la mochila. Todo el vestuario lo conforman dos pantalones de chándal, tres camisetas y una muda. Los calcetines que lleva son de los invisibles, por eso va con los tobillos al fresco. Cuando lava los únicos calzoncillos que tiene van sin ellos hasta que se secan. Una guita de árbol a árbol hace de tendedero.

Las apariencias son una de sus prioridades. Sabe bien que engañan. No quiere que nadie detecte a este nuevo Abel. Lucir la careta de la normalidad, esa que evita el rechazo y abre las puertas a la normalización, lleva su tiempo cuando apenas se dispone de medios. “Ahora llevo dos semanas sin ducharme y he llegado a estar hasta tres. En verano es mortal”. Cuesta creerlo pues no hay rastro de desaliño, de falta de higiene o de mal olor.

“Ahora llevo dos semanas sin ducharme y he llegado a estar hasta tres. En verano es mortal”.

El tapón burocrático lo tiene todavía sin cobrar la prestación de desempleo. Tan solo le llegó un mes, 402 euros, de los seis que asegura le correspondían. Se ha cansado de llamar a la puerta de la administración. Ahora prefiere llamar a la puerta de las empresas. Hace kilómetros y kilómetros presentando su currículum. La humedad de las lluvias de noviembre y unas zapatillas de deporte más que explotadas le han dejado de recuerdo unas llagas en los pies de las que se resiente en sus caminatas diarias. “Además de toda mi experiencia en climatización, fontanería o calefacción, tengo el carné de carretillero”. Gracias al móvil accede a portales de empleo como Infojobs o consulta las ofertas de Adecco. También se dirige a grandes empresas como Inditex o Decathlon a través del correo electrónico. No lo ha logrado con Amazon. Abel describe un mercado laboral saturado de mano de obra. “Ya no hay aprendices. Quieren gente con experiencia. Piden para lo que sea mínimo dos tres años”.

A mediodía la parada para el almuerzo es en la Casa de Acogida Virgen de las Angustias. Allí coincide con algunos a los que no quiere parecerse porque viven sumidos en una espiral de exigencias: “¿Otra vez macarrones como hace dos días?”. Abel lo tiene claro, lo primero es agradecer a los que le están ayudando. “Para mí hoy todo es comida”. Las tardes le sirven para acudir a un McDonalds donde recarga su teléfono y una batería externa. Es una herramienta importante para mantenerse en contacto con su entorno familiar en Cataluña y que apenas conoce su batacazo. Su ex mujer, con la que estuvo casado ocho años, y su hermano están al tanto. Su hijo de 15 años, su madre, su tía y su abuela viven engañados detrás de las frecuentes llamadas desde Madrid. No quiere suponer un lastre para ellos ni hacerles sentir que es un fracasado. Solo una amiga, en cuya casa se ducha de vez en cuando, ha visitado la tienda de campaña. “Ella no me ha fallado”, reconoce, aunque su discurso está en todo momento libre de culpables y de lamentos. En la estrechez del refugio, Abel llena el vacío del desvelo nocturno escuchando música en el móvil sin dejar de vigilar el nivel de la batería. Navega muchas aguas, de Muse a Manuel Carrasco, y en estos meses ha descubierto a Carla Morrison.

Esta semana arrancó sin embargo con un sobresalto positivo. El lunes escapó satisfecho de su primera entrevista cara a cara con una gran empresa de servicios y mantenimiento. Ese esperanzador “vuelva el miércoles” lo tuvo más en vilo de lo habitual noche del martes. Por la tarde se había afeitado una vez más en el baño del centro comercial como ritual preparatorio. Muy de madrugada se escurrió fuera de la tienda carcomido por los nervios y, todavía de noche, se dirigió a la capital con una tarjeta para transporte público facilitada por Cruz Roja. Esa segunda cita confirmó sus mejores expectativas. El 1 de diciembre vuelve a trabajar. Y, demás, de lo suyo. “Esta noche he dormido del tirón. Había días que pensaba que no iba a salir nunca de aquí. Ahora todavía no me lo creo, hasta que no me vea equipado, con el uniforme y en la furgoneta”.

Cruz Roja ha supuesto desde el verano un importante punto de apoyo. Abel es uno de los beneficiarios de su programa de atención integral de personas sin hogar. Gracias a él Abel ya había realizado un par de entrevistas de trabajo por vídeoconferencia. La trabajadora social Raquel Zafra y los voluntarios dan por buena la noticia de que en breve van a perderlo como usuario. Este mismo jueves le han facilitado con cargo al programa algo de dinero para ropa y calzado. Ya le preparan también el abono transporte para cuando se incorpore el día 1.

El sueño de Abel es hoy una habitación de 300 euros al mes en un piso compartido del casco viejo de Alcalá de Henares. Eso y un viaje a Cataluña para sentir de cerca el calor de esos a los que oculta su bajada a los infiernos del sinhogarismo. Su hijo, su madre, su tía o su abuela “ya muy mayor”. Suficiente para que la tienda de campaña junto al meandro del Henares, el baño del centro comercial y el enchufe del McDonalds se conviertan en una tragedia pandémica del pasado.

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