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Racistas en el metro

Montar en el metro siendo una persona racializada migrante parece un deporte digno de los Juegos Olímpicos

Desde mis recuerdos, montarse en transporte público como persona racializada migrante siempre ha sido un deporte de riesgo digno de ser una categoría de las olimpiadas que nunca me preguntaron si quería participar en primer lugar - Cada vagón del metro es una pista diferente con diferentes niveles de dificultad y con diferentes obstáculos - Desde el niño que te grita racistadas que ha aprendido de sus padres pero perdonas porque ‘era una broma’ (pues vaya mierda de broma), del señor cuyo racismo te han enseñado a perdonar porque ya es mayor y hay que respetar a los mayores agresiones cuando lo único que querías era ir a comprar hummus del Mercadona y volver para seguir viendo ‘The Janice Dickinson Modeling Agency’ y recrearte en tu propia miseria. A este paso, como a muchas de mis hermanas y compas racializadas migrantes, mi pared de gotelé debería estar inundado de medallas de oro, forrada de menciones de honor diarias por habernos tragado cualquiera de estas reclamaciones por enésima vez - desde el clásico ‘vete a tu puto país’, al innolvidable ‘Puto chino maricón’. Puntos extra si añaden ‘ni-hao’. Así que os podéis imaginar mi reacción al ver el video de la agresión racista que ocurrió recientemente en el metro de Madrid, en la misma línea y a escasas paradas de la antigua casa donde vivía, escenario de mi ‘modo de vida’ como migrante y como persona racializada.

A 10.816 kilómetros, en Taipéi, Taiwán, le enseñé el video de la agresión racista a una amiga. ¿Pero esto es el día a día de las personas racializadas migrantes en Madrid?- Me preguntó. Estábamos de camino a la presentación de la nueva colección de la firma taiwanesa independiente ‘Damage’, una marca independiente inspirada en referencias satíricas oscuras relacionadas con la omnipresencia tecnológica, la geopolítica y la cultura pop. Estábamos en hora punta. No me acostumbraba a no sentir aquella tensión al subir al vagón del metro.

Aquí soy una persona más, donde no me leen como persona racializada y mi pelo teñido de pronto se convierte en una personalidad. Con el tiempo esto se me ha hecho bola, el hablar sobre mi identidad como persona racializada migrante no binaria. Sea por la ridiculización, el whitesplaining, el gaslighting, la demonización, o porque a veces siento que de nada sirve que nos pronunciemos y señalemos el racismo que sufrimos diariamente, ya que hay un rechazo de aceptar el racismo institucional más allá de la performatividad y las alianzas ópticas por parte de las personas que no son racializadas. También viene del desgaste de tener que justificarse e ‘intelectualizar’ nuestras experiencias vitales para que nuestro dolor sea considerado legítimo. Cansa estar alerta siempre que quiero salir de casa. Alguien me empujó con su mochila de manera brusca sin pedir disculpas. Echaba de menos odiar a la gente por ser gente de mierda y no por racistas.

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