LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Madrid vuelve al trabajo de mala gana: “Me juego la salud por repartir ropa y televisores”

Los asalariados sin opción a teletrabajar regresan a la rutina con pesimismo y miedo al contagio en la ciudad con más muertes por coronavirus en España

Varias personas con mascarilla hacen cola en un supermercado Ahorra Más a primera hora de la mañana, en Alcorcón.
Varias personas con mascarilla hacen cola en un supermercado Ahorra Más a primera hora de la mañana, en Alcorcón.Eduardo Parra / Europa Press

Madrid ha vuelto este lunes al trabajo de mala gana. El estado de alerta decretado el sábado y la tregua del domingo paralizaron la capital de España como por ensalmo. La ciudad quieta, muda. De noche, el resplandor azulado de los televisores palpitaba en los edificios. Era la estampa de un país pendiente de la última hora de una pandemia mundial. Pero llegó el primer día laboral y muchos, por obligación, se colocaron detrás de los mostradores, agarraron el volante de un camión cargado de mercancía o repartieron paquetes llamando a los telefonillos. “Es ridículo. Mira, llevo un paquete de Zara. Hace un rato repartí colchones y televisores. Me juego la salud por tonterías”, explica el empleado de una empresa de mensajería, en el barrio de Chamberí de la capital.

Esta mañana tenía que visitar 120 direcciones. Lleva mascarilla y guantes. Algunos clientes, detrás de la puerta, le piden que deje el envío en el suelo. Cuando se está yendo escucha una puerta que se abre, un bulto que se levanta y, por último, un portazo. Algunas compañías han suspendido temporalmente la firma de recepción del paquete, el papeleo, el cara a cara. Los repartidores se tienen que acostumbrar a sentirse observados por la mirilla y a tratar con voces parapetadas tras una puerta. “Yo llevo encantado medicinas a hospitales o a quien le haga falta. Si alguien necesita algo de la farmacia, se lo llevo. Pero no me parece bien jugármela por capricho de la gente que pide cosas que no necesita”, añade, enfadado.

El teletrabajo se impone en los oficios que pueden solventarse a través de la pantalla de un ordenador, pero los presenciales requieren eso, presencia. Los vagones de primera hora de la mañana del Metro, el transporte de la clase trabajadora, iban llenos. Limpiadores, canguros, cajeros, mecánicos. Vladimir, portero de un edificio de ocho plantas y tres bajo tierra de aparcamiento, se pasa la mañana limpiando los pomos de las puertas, los botones del ascensor, el pasamanos, las teclas del telefonillo. Friega las escaleras de acceso cada dos horas. “No me quiero llevar la infección a casa y perjudicar a mi familia. Voy con mucha precaución”. Está atento a los síntomas que presentan los vecinos o los repartidores que llegan a la portería. Si ve a alguno sospechoso, se mete en su garita, un cubículo acristalado. Parece un pez dentro de una pecera.

Siempre hubo clases, hasta con este bicho abstracto e iracundo de origen desconocido. Como cada mañana, Neira, la pescadera del supermercado DÍA de Atocha de 45 años, se ha levantado a las 6.00 para venir a trabajar al centro de Madrid. No. No existe el teletrabajo para desmenuzar una sepia. Dice que salió nerviosa a la calle, como si fuese la primera vez. Que cerró la puerta de casa con cuidado de no despertar a su hija y que, media hora después, se asustó. “He alucinado con la cantidad de viajeros que había en la boca de Metro de la Asamblea. ¡La gente no mantiene las distancias!”, cuenta resignada con una mascarilla blanca mientras coloca una caja de langostinos en el congelador. “Aquí gracias a Dios estamos bien. Ningún compañero tiene síntomas. Bueno, que se sepa”.

Los empleados dicen que en estos días se está vendiendo mucho más que en las compras de Nochebuena. Una estampa que refleja muy bien el signo de estos tiempos fue el vídeo viral de unos guardias de seguridad de Prosegur custodiando un cargamento de papel higiénico como si fuera una procesión de Semana Santa. “Vendemos una barbaridad”, dice el carnicero Emilio Erasme, de 39 años, con otra mascarilla puesta. Si cada día es un mundo nuevo, esta mañana también lo era. Ahora se guarda con orden una distancia de un metro entre los usuarios que pasan por caja. Ya no existen listillos colándose aprovechando un descuido. Hay silencio. Hay delicadeza. Y afuera, lo que sigue siendo una pequeña calle de barrio, se percibe hoy como una autopista.

Esperanza, de 54 años, regenta su propia óptica. Ha reducido el horario, atiende tres horas por la mañana y dos por la tarde. Lleva a rajatabla las medidas de seguridad. Mascarilla, guantes y desinfectante. “Estoy realmente mal. Solo abrimos por urgencias”, cuenta. No puede vender nada, ni hacer graduaciones nuevas. Solo tiene permitido reponer gafas o lentes de contacto a clientes antiguos. O algo necesario como líquido de mantenimiento. En toda la mañana solo ha entrado una clienta a la que se le habían caído las gafas y ya no veía bien. “Los ingresos son prácticamente cero. Pero aquí estoy”, dice, desolada.

Aunque los hay que no decaen. Es más, se agrandan. Patricia Fernández, 27 años, dependienta de una franquicia de pan. Trastea en el móvil para encontrar una buena canción que conectar a los altavoces y que la clientela, en fila y separada una de otra más de un metro, se venga arriba. “Estoy bien. Entretenida. Así no como techo en mi casa. Todas las mañanas salgo de casa y pienso que esta es una buena excusa para salir y echar el día”, dice, muy flamenca. Asegura que no quiere ponerse medallas, ni que la tomen por una heroína, pero que mucha gente le da las gracias por estar ahí, detrás del mostrador, y despachar uno de los alimentos más venerados por los españoles: “Eso me hace feliz”.

Un hombre que sale de comprar en la panadería se cruza con el repartidor enfadado. Le dice:

—Leo que los de la Mercedes han parado la producción. ¿Por qué no hacéis lo mismo?

—En este gremio va cada uno a su aire.

—Bueno, quizá sea el momento de hacer algo juntos—, insiste el hombre.

—Lo veo complicado. Esto lo trabajan franquicias, subcontratas, un lío. Organizar eso nos llevaría una eternidad.

El hombre se despide con la barra debajo del brazo, resignado. El repartidor se sube a su pequeña furgoneta aparcada en doble fila. No hay nada que hacer.

En Lavapiés, por ejemplo, siguen las estampas de ese Madrid almodovariano y castizo. Carmen, de 76, ha salido de casa y lo primero que ha hecho ha sido subir la calle de Santa Isabel y pulsar el telefonillo de su amiga Fernanda, de 80:

― ¿Cómo estás?, ¿necesitas que vaya a la farmacia?

― No, estoy bien. Ya voy mejor.

― ¿Pero necesitas algo?, ayer no vine porque no podía.

― No, no. Si tengo hasta Paracetamol.

― Bien, bien ¿me oyes?

Carmen dice que se lo están poniendo muy difícil: “Con las cosas que nos está diciendo Pedrito [el presidente, Pedro Sánchez] estoy un poco asustada”, cuenta resignada. Hoy, para evadirse, hará una ensaladilla rusa. “He bajado solo a por patatas y mayonesa, que me hacían falta”.

Del esquinazo de la calle de Zurita, una de las calles más emblemáticas del barrio, camina solitaria con una bolsa de plástico en la axila María Salcedo, de 36 años. No tiene hijos. Vive con su marido. Diseñadora gráfica, está acostumbrada a trabajar en casa, pero no a trabajar sin salir de casa. Como todos. “Mi principal problema ahora es pagar la cuota de autónomo”. Un dilema para los casi 50.000 autónomos que existen en la región. El Gobierno anunciará este martes las medidas para todos ellos. “De momento, mi actividad no ha parado, pero seguro que se va a reducir en los próximos días porque no sabemos qué va pasar”. Y ahora, con cautela, se dirige al comercio.

A 445 kilómetros de aquí, los vecinos treinteañeros de la plaza de Quevedo Carlos Barba y Marta Gutiérrez afrontan, también aislados, un mundo nuevo. “Nos vinimos la semana pasada a Santander porque la familia de mi mujer es de aquí", cuenta Barba por teléfono. Dice que en su familia no se habla de otra cosa. Que desde hace 24 horas apenas hay memes y vídeos del coronavirus en sus grupos de WhatsApp. Lógico. Este domingo, de madrugada, nació Diego. Su primer hijo. “¡Es precioso! ¡Ha salido todo perfecto!”. Dice que ha pesado cuatro kilos y pico, que la madre está muy bien y que, como las visitas están prohibidas, el pequeño todavía no conoce a sus abuelos. “Estamos viviendo nuestra propia cuarentena”.

― ¿Y cómo va el cambio de pañales?

― Ya somos unos expertos.

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