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Las motos, que huelan y suenen

Unas 28.000 personas pasaron durante el fin de semana por la feria dedicada a estos vehículos que tantos amantes tienen

Narcís Roca, durante la exhibición, el sábado en la Casa de Campo.
Narcís Roca, durante la exhibición, el sábado en la Casa de Campo.David Expósito / EL PAÍS

Punto de partida: Triumph es una marca de ropa interior femenina. Punto de llegada: también lo es de motos. Camino recorrido: Motorama Madrid.

Después de esta confesión. Es decir, de demostrar mi ignorancia en el mundo del motociclismo al nivel de ir de paquete en una vespa rosa palo por el Paseo del Prado —una de las poquísimas veces que he montado en moto— y que cada semáforo supusiese un cabezazo con la conductora por eso de la inercia y no controlar el peso del casco. Pura física que no sabía que había que aplicar. El pasado sábado me acerqué al Pabellón de Cristal de la Casa de Campo, a ver qué se cuece en una feria de motos.

Mente en blanco. Sin ideas preconcebidas, no es una concentración de moteros, ni Easy Rider, ni suena Born to Be Wild. En la calle de acceso, más de cien motos estacionadas en batería a los dos lados, como si fuera la avenida de las esfinges en la entrada del templo de Luxor (Egipto). Abro mucho los ojos, quiero quedarme con todos los detalles. Apunto y me frustro, no las distingo, a grandes rasgos, sí: color, tamaño y poco más. Unas están en venta, otras son de prueba, algunas, particulares…

Una niña, ante un estand con pañuelos y gorras.
Una niña, ante un estand con pañuelos y gorras.David Expósito / EL PAÍS

Abro los oídos, bueno, no, el ruido se mete en ellos sin avisar. Un espectáculo de Stunt va a comenzar (una modalidad que consiste en realizar maniobras complicadas y acrobacias con motos, donde la línea recta y todas las ruedas sobre el suelo no se contemplan). La pista está vacía. Mente en blanco otra vez. Esperaba ver camiones gigantes para saltarlos o estructuras de pacas de paja, grandes rampas para hacer loopings y saltos espectaculares, pero no. Narcís Roca, un experimentado y conocido stunt rider, saca el máximo partido a sus vehículos (tres motos y un quad) sin demasiadas florituras. Corre sobre una rueda, se sienta en la parte más insospechada, le quita el tren delantero y sigue en marcha, una BMW convertida en un monociclo. Es la versión de cualquier crío montando en bici que dice: “¡Mira, mira, sin manos!”, solo que Roca puede decir: “¡Sin rueda!”, “¡sin manos!”, “¡sin pies!...”. Aparca a la primera con un derrape. Hace giros de un diámetro minúsculo en torno a una mujer. “Habrás dicho que sí es sí”, le dice el locutor y animador del show. “Tengo testamento”, bromea ella. Todo queda grabado por los móviles del público, ¡y los de los voluntarios! Salen siete, se tumban en el suelo. El piloto los salta, a ellos y a sus móviles que no dejan de documentarlo todo. Parece importarles más colgar la hazaña en redes sociales que una moto vaya a pasarles por encima. Termina con éxito, lo contrario se habría publicado ya.

Dos espectadores de 24 y 25 años valoran la tensión, la templanza y la complicación con la que Roca controla la moto: “¡Cómo frena, cómo clava, cómo le da gas [acelera, para neofitos]!”, mucho más que las acrobacias.

Es absurdo preguntar si se tiene moto en este lugar. La cuestión no es tener o no tener, sino cuántas. “Tres y trozos operativos”, dice Sergio Bonifacio, de 45 años, mecánico y motero. Va acompañado de su pareja, Patri Mullor, que solo lleva un año en este mundo, aunque está entusiasmada. Es la traductora perfecta entre alguien que ha mamado gasolina y la que escribe, que es un pulpo en un garaje. Bonifacio acaba de abrir un taller en Cocentaina (Alicante), después de toda su vida trabajando para otros. Se le nota en los ojos la ilusión de quien ve su juguete favorito, está especializado en la personalización, “la artesanía de la moto”. Señala dos que se parecen como un triciclo al papamóvil, pero son el mismo modelo modificado. Su novia apunta que ahora se lleva que las motos se parezcan a las que usaban en la Primera Guerra Mundial. Es una alumna aventajada.

También hizo un cursillo exprés Marta López, que le tocó bailar con la más limpia, inodora y silenciosa: la moto eléctrica. Una apestada en un mundo en el que el olor a gasolina y el ruido del motor son música celestial. Allí estaba ella, imagen de un concesionario que, aunque ahora no tenga público, es el futuro.

El presente, por muy tópico que parezca, sigue siendo el cuero, las cazadoras, las calaveras con alas, las pin-up...

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