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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Nuestras hijas y la sacrosanta norma capilar

El pelo corto de una niña de cinco años revela hasta qué punto siguen vigentes los estereotipos de género en la infancia

Tengo una hija de 5 años que lleva el pelo corto. No debería ser esa combinación algo muy extraño, pero se ve que sí, que ser niña, tener 5 años y no llevar el pelo largo es, madre mía, la cosa más rara nunca vista, un asunto político de primerísimo nivel.

Cuando mi hija era un bebé ya detestaba que le lavaran la cabeza. Gritaba a lo loco en la bañera y para minimizar berridos decidimos, claro, no dejarle crecer el pelo demasiado. Para entonces era todavía muy pequeña, pero la criatura creció, la practicidad del pelo corto se mantuvo y hubo un día en el que mi hija se plantó en el parque siendo la única niña sin melena en la cola del columpio. Arrastrados por el día a día de la crianza nos dimos cuenta tarde de la sacrosanta norma capilar: los niños deben llevar el pelo corto, las niñas largo y bien peinado. Hay algún infante varón con cabellera -eso se permite, claro que sí- pero muy pocas niñas con corte de recluta.

No soy yo un estudioso de la moda y ni mucho menos un experto en género. Lo que sí tengo estudiado es que cada día, todo el mundo, toma a mi hija por un hijo. A ella, así en general, le da lo mismo, pero cuando el carnicero, la de la frutería y el mercado entero la han llamado “niño” y se sorprenden descaradamente al descubrir que no lo es, la criatura empieza a molestarse. Y es verdad, y qué más dará ser un niño que una niña!, si precisamente en eso estoy educando a mis retoños, pero tiene narices que la confusión sea constante.

A pesar de la molestia de la chiquilla juraría que dicha confusión sale a positivo: Al ser tomada por un niño mi hija recibe muchos menos piropos y esto, sin duda, es de agradecer. Ojalá la gente se callara pero es algo común que los transeúntes por la calle digan que “es muy guapa” a cualquier niña y eso, mi vástaga, es algo que se ahorra. Que te digan que eres guapa está bien pero crecer con esta cancioncilla acaba derivando en una cosificación insostenible para cualquier niña, adolescente o mujer hecha y derecha.

Bendita confusión la que hace también que mi hija, al llegar al parque, sea tratada por los suyos a ratos como niño, a ratos como niña porque es así como aprende las diferencias. De ese modo, habitándolas primero, podrá luego alzarse contra ellas.

Como todo en la crianza, el pelo corto de mi hija es una decisión práctica y política. Con ella ahorra peinarse, se ahorra llevar el pelo mojado en invierno, se ahorra ser un nido de piojos y se ahorra aprender que su físico es determinante. Porque no lo es. Ojalá no lo fuera.

Por supuesto, la cría dejará de llevar el pelo corto cuando a ella le dé la gana. Espero que para entonces escoja llevarlo largo porque le da la gana a ella y no porque así ha sido toda la vida y porque así son las niñas como Dios manda. Porque Dios no manda nada. Y menos en mi casa, en mis hijos y en sus pelos. Y, por supuesto, tampoco en sus piojos.

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