Incendios cada vez más virulentos en Cataluña obligan a los bomberos a cambiar de estrategia y “dejar arder”

En los recientes fuegos de Artesa de Segre y del Solsonès, algunos vecinos, alcaldes y voluntarios criticaron una supuesta flojera del frente de ataque

Efectos del fuego en la zona de Artesa de Segre. En la imagen, bosque quemado en los alrededores de Baldomar.
Efectos del fuego en la zona de Artesa de Segre. En la imagen, bosque quemado en los alrededores de Baldomar.MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)

La oleada de incendios que recientemente ha asolado Cataluña, más de 230 en cinco días, ha puesto al descubierto que la capacidad de respuesta de los equipos de extinción queda expuesta cuando el fuego avanza desbocado por varios focos a la vez. La temida “simultaneidad” a la que aluden los mandos de los bomberos ha confirmado su capacidad para desbaratar estrategias de ataque frontal a las llamas y avala el giro que se ha dado al dispositivo de intervención: al fuego se le deja arder y se le espera allí donde realmente se le pueda parar. “Antes el bombero iba allí donde había fuego y trataba de apagarlo cuanto antes mejor, pero ahora la estrategia va más allá, porque de lo que se trata es de poner a la gente en el punto donde sea eficaz”, razona Asier Larrañaga, subinspector del GRAF, una unidad que está especializada en actuaciones en el medio forestal.

Con unos bosques fuertemente estresados por la falta de agua y henchidos de combustible por la acumulación de vegetación, los técnicos defienden que hay que entender el cambio de táctica. “No dejamos arder porqué sí, pero nos reservamos para tener los recursos disponibles en aquellos puntos donde seremos realmente eficaces”, dice Larrañaga. En los recientes fuegos de Artesa de Segre y del Solsonès, algunos vecinos, alcaldes y voluntarios de las ADF (asociaciones de defensa forestal) elevaron el tono contra el método de los bomberos, criticando una supuesta flojera del frente de ataque. “Es verdad que el mejor momento para apagar un fuego es cuando empieza a arder, pero no se puede poner un bombero cada cien metros. Cuando alguien sufre de cerca el inicio de un fuego, le da la sensación que hasta que no llegan los equipos de extinción pasa mucho rato, pero no suele ser así”, relata el subinspector del GRAF.

El jefe de los GRAF es Marc Castellnou. Hace doce años, durante una intervención en la comisión parlamentaria de investigación del fuego de Horta de Sant Joan, en el que fallecieron cinco bomberos, Castellnou, uno de los expertos internacionales más reputados en la gestión de fuegos forestales, ya avisó de la conveniencia de un replanteamiento de las estrategias antiincendios. “Si me autorizan a tomar la decisión de abandonar un fuego porque hay demasiado riesgo, créanme que la tomaré más de una vez”, espetó Castellnou a los diputados.

El paso del tiempo y la mayor virulencia de los episodios de incendio ha reforzado aquel argumento. ”Cuando la cabeza de un fuego avanza, con llamas de más de de cinco metros de altura, ¿qué va a poder hacer un bombero con una manguera?”, cuestiona Larrañaga. El planteamiento ha mutado hacia definir una área de quema potencial y fijar la línea roja en unos puntos críticos. “Establecemos unos ejes de confinamiento, y marcamos los puntos donde tenemos la capacidad de anticiparnos al fuego y evitar que pase de grande a enorme”, relata Larrañaga. Y lo ilustra con los datos que barajaron los bomberos en el reciente escenario de Artesa-Baldomar: “El fuego podía arrasar 20.000 hectáreas, y valoramos que teníamos capacidad para dejarlo en 5.000. Al final fueron menos, pero si vamos a que sean solo 400, es posible que hubieran acabado quemando las 20.000″.

La Fundación Pau Costa es una entidad que nació tras la catástrofe de Horta de Sant Joan (lleva el nombre de uno de los bomberos fallecidos) e investiga en la prevención de incendios. El ingeniero de montes Luis Berbiela es uno de sus patronos y explica que este cambio en la virulencia de los fuegos ya se empezó a detectar hace más de una década. “Percibimos que cada vez serían más extensos. La superficie forestal había crecido mucho por culpa del abandono de la agricultura y de prácticas rurales ancestrales, como las de aprovechar la biomasa del bosque para la calefacción”, detalla Berbiela, que además es jefe del Servicio de Gestión Forestal y Protección del Suelo de las Islas Baleares.

Berbiela apunta que el progresivo abandono de la agricultura también ha desprotegido los entornos de los pueblos, ya que se han cubierto de vegetación y encima se han llenado de segundas residencias. “El peligro ya no es que ardan árboles, sino personas”, alerta. Y explica que ante episodios de simultaneidad de fuegos, como el que azotó Cataluña la pasada semana con una media de 45 incendios diarios, hay que utilizar bien los medios disponibles para poder vencer a las llamas. “Hay que calcular dónde se puede ser más eficaz y priorizar el flanco con más potencial…”, añade. Aunque ante todo destaca el trabajo previo: “Hay que tener claro que la extinción es la respuesta, pero la prevención la solución”. Y apunta al gran reto para las presentes y futuras generaciones: “Adaptar nuestro paisaje al cambio climático, hacer un terreno agroforestal más resistente”. Una de las soluciones esenciales, a su juicio, será impulsar la industria forestal, a veces tan denostada por el sector conservacionista. “El mundo urbanita tiene que aprender que plantar árboles ayuda a hacer bosques, pero que la motosierra ayuda a salvarlos. Lo que no gestionemos nosotros, lo arderá el fuego”, sentencia.

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Una nueva era climática de fuego y sequía

“Es una evidencia absoluta. Es un hecho científico probado que las olas de calor están aumentado significativamente y que lo harán más en las próximas décadas”, explica Jofre Carnicer, autor principal del capítulo sobre el Mediterráneo en el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos de Cambio Climático de la ONU (IPCC, por su siglas en inglés). El también profesor de Biología en la UB e investigador del CREAF explica que la cuenca mediterránea, y por lo tanto Cataluña, es una zona especialmente sensible al cambio climático y que los incendios, debido a la enorme masa forestal que cubre Cataluña, afectarán especialmente a la comunidad. Así como la sequía, que traerá una falta de agua para el consumo humano en zonas vulnerables. No son escenarios del futuro, sino del presente: 20.000 personas de la comarca de Les Garrigues llevan 3 semanas sin agua potable este 2022, los embalses catalanes están hoy un 30% más vacíos que la media de la década y el pasado mes de mayo fue el más caluroso en la comunidad desde que existen datos.

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