Análisis
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Un Ejecutivo con las manos atadas

Pese a la virulencia del choque de ayer no cabe, ni mucho menos, descartar un acuerdo de última hora entre independentistas, pues hay demasiado poder —y cargos— en juego

Pere Aragonès, ayer sábado.
Pere Aragonès, ayer sábado.Carles Ribas

Solo los historiadores podrán explicar algún día por qué el gran factor de estabilidad de la política catalana que fue durante décadas Convergència Democràtica acabó mutando un día en el caballo desbocado que es hoy Junts per Catalunya. Pero sin necesidad de acudir a los archivos, una creciente parte de la sociedad catalana, incluidos muchos independentistas, ya han llegado a la conclusión de que difícilmente se apaciguará el volcán del procés mientras los herederos de Convergència continúen en el centro de todas las ecuaciones de gobierno pese a ser solo la tercera fuerza más votada. De ahí que Esquerra Republicana intente ahora un ejecutivo en minoría sin tener a Junts ni a Carles Puigdemont en la cocina. Ello permitiría a los republicanos lucir acción de gobierno en solitario y presentarse en Madrid como el único interlocutor válido en Barcelona. Hacerlo, creen, les daría una pátina de partido de orden ante la parte del electorado independentista que observa, con creciente desespero, como la gobernabilidad se ha enredado en debates que no ofrecen respuestas ni a la recesión económica ni al goteo de expedientes de regulación de empleo mientras la independencia, ni está ni se la espera.

Pero de las intenciones a las posibilidades reales hay un trecho, y más en Cataluña. El gran escollo para que ERC se salga con la suya es de lógica matemática. Un gobierno de Aragonès no va a ninguna parte con el apoyo de los 33 diputados de ERC de un total de 135. Ni siquiera sumando los comunes y la CUP a la ecuación llegarían a tejer una mayoría sólida, de manera que quedarían constantemente al albur de lo que les pida Junts, con un pie dentro y otro fuera, o el PSC, en la oposición pura y dura. Los socialistas de Salvador Illa han descartado cualquier aventura con ERC y están enfrascados en prepararse para convertirse en alternativa una vez fracase la última operación independentista. Lo mismo puede decirse de los comunes, que ven con gran recelo cualquier operación que incluya a Junts. Solo un repentino volantazo de los comunes o de los socialistas podría cambiar las cosas.

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Así pues, todas las miradas vuelven a posarse en Junts, un partido que no ha decidido si quiere ser gobierno o quiere repetir las elecciones. La parte más activista del partido, que vive mirando a Waterloo, no casa con la institucional, consciente del tesoro que supone gestionar un presupuesto de casi 30.000 millones como el de la Generalitat. Pese a la virulencia del choque de ayer no cabe, ni mucho menos, descartar un acuerdo de última hora entre independentistas, pues hay demasiado poder —y cargos— en juego. Tampoco cabe quitar ojo del calendario, que avanza irremediablemente hasta la fecha límite del 26 de mayo para repetir elecciones. Mucho puede cambiar todavía después del sonoro portazo de ERC de ayer. En lo que no cabe esperar cambios es en que los dos partidos, si acaban pactando, vuelvan a las andadas confundiendo lo que es gobernar con ocupar el Gobierno.

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