LA CRÓNICA DE EL PAIS CATALUÑACrónica
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La cicatriz del autómata (y 2)

Un profesor de mecánica es el último mohicano que repara vetustos robots de cobre y latón, otro mundo que desaparece

Lluís Ribas, en su estudio-taller de autómatas, en Castellbisbal.
Lluís Ribas, en su estudio-taller de autómatas, en Castellbisbal.Carles Ribas / EL PAÍS

“El mundo de los autómatas murió hace ya años”, constata Lluís Ribas. Porque es un tiempo que no volverá, aquí estamos. Aquí es su estudio-taller en su Castellbisbal natal. Ribas repara y crea autómatas, el más prehistórico de los afanes del hombre por jugar a ser Dios y crear máquinas que imitan figura y movimientos de un ser animado. Es el único de España y de los “apenas una treintena” que sobreviven en Europa, calcula con pasión triste. El espacio es donde sus padres, payeses, tenían botas de vino. Y donde, sabiduría popular innata, le alertaron de que la cercana Barcelona fagocitaría frutales para regurgitarlos como segundas residencias y que lo de payés era pura ruleta rusa contra la climatología; sin metáforas: que se buscara otro oficio.

El más pequeño y solitario de tres hermanos recuerda que de niño “con cuatro maderas y unos clavos me hacía figurillas”. Sin saberlo, ejercía de esos grandísimos artesanos que gestaban los karakuri, autómatas de fuste en el Japón del XVIII. Pero acabó reencarnando a Herón de Alejandría: si el heleno construía con finalidad didáctica autómatas basados en los principios de Filón y Arquímedes, Ribas, profesor de mecánica de formación profesional, pergeñaba conjuntos mecánicos para enseñar los misterios de palancas, poleas y engranajes.

“Hacía mecanismos sin ton ni son, cosas sin alma, hasta que entré por azar en el Museo de Autómatas del Tibidabo y descubrí el arte total: la parte tecnológica podía sumarse a una de artística, mecanismos que daban vida, que lograban que la gente se quedara parada ante un muñeco en estado de shock”. De ahí a restañar las heridas de esas delicadas aleaciones de cobre y latón de particulares, de ese museo y de las del Marès y exhibir las suyas en la Universitat Politècnica de Catalunya o en CosmoCaixa fue sólo cuestión del tiempo que fluye boca a oreja.

En la mesa de delineante reposa un complejo trazado a lápiz con fecha de la noche de Reyes. “La idea, el dibujo y las piezas: todo lo hago a mano, como hace cien años; sólo compro tornillos”, asegura Ribas, entre un torno y una fresadora y una pátina de virutas metálicas. “El esquema es mi próximo autómata: un mago que tocará la cabeza de un niño y, con un péndulo, adivinará la carta que aquél habrá escogido antes; está ahí atrás”.

No hay ocasión de verlo, sólo de oír un escalofriante estruendo metálico: acabo de derribarlo con la mochila al girarme. Ribas lo recupera: está, por fortuna, en fase esqueleto, imagen de un Robocop seriamente perjudicado. Tiene un punto inquietante, generador de ese terror silencioso que magnificaron literatura y cine. “El miedo al autómata es ancestral, nos ha quedado del XIX, cuando imperaba la ignorancia tecnológica por saber cómo era posible que nos imitaran y se movieran, un misterio que, aunque hoy ya sabemos todos qué mecanismos lo hacen posible, aún fascina”. También atemorizan, cree, esos movimientos sincopados. Los robots, en cambio, no generan ese miedo. “Culturalmente siempre los hemos puesto al servicio del ser humano, pero con la inteligencia artificial dejarán de ser máquinas inocentes porque no sabremos hasta dónde pueden evolucionar”, avisa Ribas.

Robocop aún funciona: se mueve espasmódicamente según los resortes que toca su progenitor, lo que atenúa mi palidez porque Ribas tarda casi año y medio en realizar un autómata, con un coste de 2.000 euros. Si ha de vender alguno (”me duele desprenderme de ellos”), la cosa oscila entre los 4.000 y los 25.000 euros. El más caro al que ha removido sus entrañas es “El pallasso i la granota del Tibidabo: un modelo francés del que quedan dos en el mundo porque es muy delicado, por eso casi no se pone en marcha; antes del euro, en subasta llegó a los 30 millones de pesetas”.

Ribas es padre de 19 piezas entre autómatas y unas “esculturas en movimiento”, un universo que desaparece. “Llevo 28 años en la enseñanza y veo la involución de las costumbres en los chavales y sus padres: las antigüedades no interesan; el mundo se ha vuelto minimalista y aséptico; estamos bajo el signo de Ikea”, sostiene con sereno hilo de voz templado en las aulas. Lo nota en su hija, Berta, y sus amigas cuando pasan por casa. “Es como si vieran a un friki”, extrañeza que crece cuando, tras una puerta, asoman todas las criaturas, con dominio de los magos. “Son los más complejos, es el autómata en su máximo esplendor: ha de ser preciso, lo más parecido al ser humano y el truco debe estar bien camuflado”, dice. El más reciente adivina un número a partir de una tómbola y otro levanta una tapa en una mesa y hace aflorar la carta que se ha escogido. “Los números de magia también son míos”, apunta Ribas, sólo uno de los tres artistas que engendran cada autómata: “Mi cuñada es la patronista, les hace los vestidos, que cose sobre los muñecos; y un escultor moldea extremidades y cabezas”.

Frente a unas nuevas tecnologías que “superan la capacidad humana, no sé cuánto tiempo lo resistiremos”, contrapone Ribas el autómata, “asequible e inocente, crea el bien, obliga a hacer un paréntesis en la vida: no hay móvil, los problemas se congelan… en pleno dominio de las supertecnologías estos mecanismos simples compiten contra Apple o Huawei”. No tiene claro este último mohicano de los autómatas qué hará con ellos porque su hija no parece interesada, como no lo estuvieron los tres aprendices que pasaron por el taller, el último hace ya siete años: “No aguantan, hay que dominar muchas técnicas y es un negocio incierto”. De momento, él, a sus 53 años, sigue. “Dejo hacer a la vida, como los payeses a la naturaleza”.

Los egipcios lograron que una estatua de Osiris sacara fuego por los ojos; en Etiopía, pura Prehistoria, que Memon lanzara sonidos con los primeros rayos del sol; Da Vinci construyó dos y Descartes, otro. En el esplendor del XVIII, Von Knauss y Jacquet-Droz triunfaron con sendos escritores, que mojaban la pluma en el tintero y alcanzaban las 40 palabras (los karakuri se quedaron en cuatro caracteres, pero de los suyos)… En el Marès, los autómatas resiguieron, desde los dedos de la memoria, las cicatrices de mi infancia; ahora, esos datos y las criaturas sincopadas de Ribas tocan, no sé por qué, las que dejan el oficio de periodista. Mundos que se van. El tiempo, gran cicatriz.

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