El violador de la Vall d’Hebron, el hijo que volvió de prisión

José Rodríguez, condenado a más de 300 años, murió en el mismo barrio donde creció y aterrorizó a cientos de mujeres

José Rodríguez Salvador, el violador de la Vall d'Hebrón de Barcelona, entra en la Audiencia de Barcelona en 1998.
José Rodríguez Salvador, el violador de la Vall d'Hebrón de Barcelona, entra en la Audiencia de Barcelona en 1998.© Tejederas

“Es como si lo viese ahora: ‘mamá, voy al coche”, revive Cándida Salvador, de 92 años, señalando al zaguán del piso desde donde se despidió por última vez de su hijo. José Rodríguez, El violador de la Vall d’Hebron, ya no regresó. “Me quedé aquí, en este mismo sofá, esperándole”, recuerda. Hasta que a la una de la tarde del día siguiente, 4 de octubre, una mujer halló su cadáver en un terraplén. La autopsia dice que resbaló, cayó de una altura de seis metros, chocó contra un árbol y murió.

El violador de la Vall d’Hebron falleció con 61 años a cinco minutos a pie del sexto piso en el que viven sus padres, en el barrio obrero de Canyelles, en Barcelona, adonde regresó en 2012 tras pasar casi media vida en prisión. Hijo de un encofrador y una costurera, fue uno de los peores violadores múltiples de su tiempo. En 1994, fue condenado a 311 años y 8 meses de cárcel por violar a 12 mujeres y fue absuelto de otras 16 violaciones. Una de las mujeres aseguró que la atacó en una zona boscosa de la carretera Alta de Roquetes, el mismo lugar donde fue hallado muerto.

“No me lo explico”, lamenta su madre, sobre el pasado de su hijo, que destrozó la vida de sus víctimas y la de su entorno, además de la suya propia. Cada domingo, año tras año, sus padres le visitaron en prisión. “No he disfrutado ni un día de mi vida”, constata Cándida. Pero los ocho años que estuvo en libertad, hasta su muerte, repite que su hijo se dedicó a cuidarla. Cocinaba, planchaba, hacía la compra. “Como si fueran dos personas distintas”, murmura la mujer, en referencia al violador de la Vall d’Hebron y a Pepe, como le llamaban.

Querida por su bonhomía, “la señora Cándida”, como la conocen en el barrio, no ha tenido que soportar malas caras: “Nunca nadie me ha dicho nada”. Pero admite que dos meses después de la muerte de su hijo, aún no ha salido a la calle por ahorrarse el qué dirán. En una pequeña habitación, ordenada, con un Jesucristo colgado en la pared, siguen las cosas de Pepe, José Rodríguez, El violador de la Vall d’Hebron... Allí pasó su vida en libertad, que recuperó con informes que alertaban del elevado riesgo de que volviese a violar.

Hasta su muerte, intentó pasar desapercibido. Comprobaba que la calle estuviese despejada antes de salir, caminaba hasta el coche “sin levantar la cabeza, para no comprometer a nadie con el saludo” y escapaba hacia el anonimato de la gran ciudad. Nunca más trabajó como mecánico planchista, el oficio que aprendió antes de iniciar su vida en prisión a los 27 años con una primera condena por violación y rapto, ni como nada más.

“Al principio, estaba obsesionado con que hubiese un linchamiento en el barrio, con el rechazo” que nunca ocurrió, explican fuentes policiales. Los Mossos le hacían un seguimiento discreto por su peligrosidad. El mayor temor de Rodríguez era volver a ser noticia. Cuando salió por primera vez en 2007, tras cumplir 16 años de cárcel, saltó la polémica sobre qué hacer con los violadores en serie no reinsertados. Sus padres, casi octogenarios entonces, se escondieron con él en un piso en la costa de Granada, donde tenían familia. Los periodistas le buscaron durante días y el debate duró meses en los medios de comunicación.

“Su primera salida originó mucho miedo, y mucho daño a las mujeres”, explica la abogada María José Varela, que defendió a 15 víctimas. El juicio se celebró en la Audiencia de Barcelona y fue “un desfile de sufrimiento”. “Escuchabas a una, a otra, y a otra, haciendo un esfuerzo sobrehumano, alguna no podía casi hablar, otras entraban llorando, a otras las tenían que acompañar porque no se sostenían… Acababas que no podías más de tanto dolor”, rememora Varela, mientras él asistía “ausente, como si le diese igual o le resbalase”. Tras un año en libertad, se le aplicó la doctrina Parot (ahora derogada) que le anuló los beneficios penitenciarios aplicados al total de su pena, y le obligó a cumplir cuatro años más de cárcel, hasta 2012.

“La persona que hizo aquellas monstruosidades y la que sale después de 20 años no es la misma”, analizan fuentes policiales. En la cárcel, sufrió varias palizas y perdió algo de audición. Una vez fuera, hizo cursos de informática, convencido de que nadie le contrataría nunca. Y que en ningún caso, jamás, podría tener una pareja. La única inquietud de la policía eran las amistades trabadas en prisión. “Había uno con antecedentes también por temas sexuales… Y él era bastante débil, se dejaba llevar. Le podía haber guiado por el mal camino”. Pero no pasó. “También tenía muy claro que si reincidía, le íbamos a pillar a la primera. Teníamos su ADN y era una persona muy conocida”.

Su abogado, José Ángel Plaza, se enteró de la muerte de Rodríguez a través de la prensa. Una vez se presentó en su despacho sin avisar: “Le dije que de sorpresa no viniera. Que antes llamara”. Incluso advirtió en la portería de que si él no estaba no le dejasen entrar por si había alguna compañera sola en el despacho. “Se ofendió muchísimo”. La siguiente vez que habló con Rodríguez fue porque una productora le buscaba para llevarle a los medios. “Me dijo que no quería saber nada, y se acabó”. No volvió a saber de él.

“José Rodríguez no volvió a actuar”, aseguran, firmes, fuentes policiales que le trataron. “Quería pasar desapercibido. Llevaba una vida muy normal y muy gris”. Su madre también está convencida: “Yo estaba tranquila en ese sentido, sabía que no iba a hacer nada más”. Llenaba su tiempo “con su móvil, en su habitación, con su ordenador” y “antes de las diez” estaba en casa. En prisión, nunca quiso someterse a terapia. Y hasta donde llega la memoria de su abogado, el violador de la Vall d’Hebron nunca pidió perdón.

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