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Catalanismo contra independentismo

El marco discursivo ya está planteado. Los electores dilucidarán en qué frente confían para gestionar la Cataluña pospandémica: catalanista o independentista, un esquema alejado de 2017

Manifestantes en Barcelona en la Diada de 2012.
Manifestantes en Barcelona en la Diada de 2012.Joan Sánchez

A falta de tres meses para los comicios catalanes, el marco discursivo en que se disputarán ya está planteado. Los electores dilucidarán en qué frente confían para gestionar la Cataluña pospandémica: catalanista o independentista. Un esquema alejado al de 2017, donde se discernía entre avalar el referéndum ilegal y la proclamación de octubre y el legitimismo del depuesto presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, o defender con distinta gradación la permanencia en España. La disyuntiva favoreció a los extremos: el verkami de JuntsxCat —si nos votas, Puigdemont regresa— y Ciudadanos, la opción que mejor representaba en el plano emocional el rechazo al aventurismo independentista.

En estos tres años el independentismo se ha fragmentado y ha perdido el mapa. Sus urdidores de relatos han sido incapaces de trazar una salida del laberinto. La opción más simple habría pasado por una autoenmienda y desandar parte del camino, aunque esta implicaba retirar a una generación de políticos que no está por la labor. En lo teórico, Enric Marín y Joan M. Tresserras son quienes han ido más lejos planteando una cartografía con Obertura republicana (2019).

El independentismo ha perdido el mapa. Sus urdidores de relatos han sido incapaces de salir del laberinto

En lo práctico, el flanco izquierdista de ERC ha ensayado un ejercicio de funambulismo político: conjugar la enmienda sin plantearla como tal, manteniendo la dirección. Esta opción pasaba por una alianza con los Comuns, por ahora imposible tras el fracaso del pacto Maragall-Colau en Barcelona y por la reticencia de un sector del partido —mucho menos del electorado— reacio a acuerdos con formaciones no independentistas (ERC-Comunes, el frente imposible, 15/08/2020). De ahí la apuesta de ERC por renovar el actual matrimonio desavenido, con la esperanza de pilotarlo desde la presidencia.

Junto a la desorientación independentista, la pandemia ha abierto un escenario nuevo que parece situar la gestión socioeconómica a la par de la resolución del conflicto político. El PSC, esperando recuperar votantes atemorizados en 2017 que buscaron amparo en Cidadanos, se erige como eje de la alternativa catalanista con los Comuns a un extremo y la Lliga Democràtica, Lliures, Convergents y Units per Avançar en el otro.

Este centroderecha —con vínculos personales con el entorno socialista— pretende captar la papelata de los míticos 300.000 votantes moderados supuestamente huérfanos de partido. Para ello se ha barajado algo parecido a una lista única del catalanismo, con figuras o con una coalición electoral que permita a estas formaciones entrar en el Parlament.

Sin embargo, la necesidad de orquestar una candidatura junto al PSC transmite una imagen de poca confianza con el alcance del propio proyecto; genera dudas a los huérfanos errantes sobre qué margen quedará para plantear políticas conservadoras; y aleja el socialismo del centroizquierda.

El frente catalanista confía así mismo en que los templados PDeCAT y PNC arañen votos a JuntsxCat y debiliten el segmento más intransigente del independentismo. Su tirón electoral es una incógnita. Sin un posicionamiento diáfano, el independentista converso dudará si se usará su voto para ungir a un catalanista, lo que condicionará su decisión.

El frente catalanista tiene disparidad de soluciones —entre ellas el federalismo— que no aterrizan

A tenor de las encuestas se asume que la gestión de la pandemia pesará a la hora de votar. Lo hará, pero la baza del frente catalanista en este ámbito —debido a la participación del PSC y Comuns en el Gobierno de España— es limitada. Para el elector, discernir entre gobernanzas cuando en marzo el virus no entendía de territorios y medio año después sí lo hace, no será fácil.

Sin poder jugar esta mano a fondo, el encaje de Cataluña en España (reconocimiento y cuestión pecuniaria) continuará en primer plano. En este terreno el independentismo tiene una ventaja: su horizonte es claro aunque no sepa cómo llegar a él. Por el contrario, el frente catalanista tiene disparidad de soluciones —entre ellas el federalismo— que no aterrizan (en cuanto a propuesta de reparto de competencias, por ejemplo).

Lo mismo que el independentismo es inmune a la autocrítica porque va sobrado de silogismos, el catalanismo está tan convencido de que su marco y capacidad gestora en el corto plazo son tan realistas que gasta mucha energía en señalar desatinos ajenos en vez de clarificar su propuesta.

El catalanismo ha vivido un siglo largo de ambigüedades, de contradicciones y de sobrentendidos. Se considere parte de este o no, el independentismo puede entenderse precisamente como un producto de esa dinámica catalanista agotadora y no siempre eficiente, un clamor que abraza una idea simple porque no ve en la alternativa una concreción.