La Generalitat, sin marca

Antaño fotografiarse con un presidente de Cataluña, firmar un convenio o invitarle a una región europea conllevaba un rédito para el huésped. Hoy los interlocutores y mandatarios se escabullen por los pasillos

Quim Torra, este viernes en el Parlament.
Quim Torra, este viernes en el Parlament.Massimiliano Minocri

Eso nosotros no lo haremos". Un dirigente de ERC cerraba así en petit comité, antes de iniciarse el confinamiento, la posibilidad de retirar el apoyo parlamentario a Quim Torra. En Esquerra han preferido comprar grandes cantidades de Almax a permitir que Junts le significara ante su votante como el responsable de hundir el gobierno independentista. Los dirigentes de ERC han tenido muchos meses para lamentar no haber corrido el riesgo de forzar elecciones y el presidente se ha valido de esa flaqueza para desgastar a los republicanos en pro de la unidad y de una supuesta “firmeza antirepresiva”.

La asunción que la institución que se tiene sirve para poco o nada y el lloriqueo producen un efecto perverso

La Generalitat y su presidencia han sufrido, en especial durante esta última legislatura, un deterioro muy notable. Antaño su sello abría puertas. Hoy no. Antaño fotografiarse con un presidente de Cataluña, firmar un convenio o invitarle a una región europea conllevaba un rédito para el huésped. Hoy los interlocutores y mandatarios se escabullen por los pasillos. Las noticias de peso se almuerzan. La institución ha perdido marca. Sufre, con más profundidad y con peor diagnóstico, una crisis reputacional como la del Barça, tal como la describió certero Jaume Giró en El Periódico (6 de setiembre).

No es que el desarrollo de las campañas electorales y el rol de las instituciones durante las mismas no deba ser repensado, es conveniente. La legislación debe acompañar los cambios sociales cuando los hay, pero es necesario un debate desde la razón, no desde la emoción, y dirigido por expertos en la materia. No es que el Gobierno de España no pueda plantearse expresar una disculpa al presidente Companys y a otros muchos que padecieron la Guerra Civil y la dictadura franquista. Debería. Lo que ocurre es que exigiéndoselo se le coloca al pie de los caballos de unos partidos a los que apoya un porcentaje notable de población, a la que todavía hay que ganarse en este terreno.

Desde su unción, Quim Torra no ha hecho ni el más mínimo ademán para comprender que el lenguaje comunicacional del activismo no casa —por antiestablishment que uno se pretenda— con el rol institucional. Tampoco para entender que la gesticulación, sin influencia ni poder, se aleja de la épica y se acerca a la ópera bufa. Aun teniendo parte de razón, las formas, el tono, la arrogancia de creerse poseedor de la verdad en la línea de lo que expresó Daniel Innerarity en este diario (10 de septiembre), imposibilita cualquier atisbo de ser tomado, tan siquiera, en consideración. Más cuando, de manera evidente, no se tiene la sartén por el mango.

Hay en el independentismo una corriente a la que pertenece el presidente que, anclada en el lamento y la victimización perpetua, ve siempre el vaso medio vacío. El autogobierno, en vez de considerarse un valor que necesita demostrar a diario que puede ser bien administrado para ganar con ello la autoridad moral y el apoyo transversal ciudadano para reclamar así más músculo, es visto como un estorbo. La asunción que la institución que se tiene sirve para poco o nada y el lloriqueo constante producen un efecto perverso y contrario al buscado. En las filas independentistas añade frustración a la ya existente, que es mucha. En las demás, desapego hacia la necesidad de reclamar más capacidad para gobernarse.

Hay en el independentismo una corriente a la que pertenece el presidente que ve siempre el vaso medio vacío

El asunto de la pancarta no acercará a los políticos encarcelados ni un milímetro a la libertad, ni conseguirá un palmo más de autogobierno para Cataluña, ni contribuirá en nada a solventar la confusión y el decadentismo del país. No lo hará ni aún viajando a Europa, a la que solo miramos como un solucionador de pleitos, olvidando las oportunidades de inversión, alianzas e investigación.

Al margen de su uso para repartir carnés de patriotismo o de colaboracionismo, la sensación cada vez más extendida —incluso entre el independentismo— es que el presidente ha buscado con la pancarta ser protagonista del pasado desde un cargo que le ha permitido revivir cada día sus admirados años treinta. La madrugada del 7 de octubre de 1934 el Ejército detuvo en el Palau a Companys, que expresó “¡haced lo que tengáis que hacer!”. Si tenemos que pasar el bochorno estéril de ver al presidente de Cataluña inhabilitado en plena pandemia esperemos al menos un desenlace distinto. Después, como en el Barça, el nuevo inquilino tendrá que recuperar la reputación y la marca de la Generalitat. Arduo trabajo.