LA CRÓNICAColumna
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Relato de Marc, mordido por una víbora

El reptil le atacó cuando realizaba labores de jardinería en Viladrau

Una víbora áspid retratada en la Cerdaña.
Una víbora áspid retratada en la Cerdaña.Pedro Rubio

“Al principio no vi a la víbora que me mordió”, me explicó Marc el jueves en el crepúsculo mientras tomábamos una copa en La Cerve. “Estaba enrollada entre la barandilla del jardín y uno de los postes. Pasé por encima, apoyándome en la valla, y noté un pinchazo muy intenso en la mano, pensé que me había clavado un hierro. Entonces la vi. Me ha picado de todo, escorpiones, avispas, arañas, incluso una tarántula catalana. Pero como esto nada. Se me puso en el acto toda la piel de gallina. Grité: '¡Me ha picado un escurçó!”.

Yo le escuchaba tomando notas y tragando saliva. Una nueva incorporación al club de mordidos por las serpientes venenosas que se va incrementando en Viladrau con el correr del tiempo, poco a poco. Temo el día que me entreviste a mí mismo (hasta ahora solo me ha mordido una inofensiva culebra). Mi tarea autoimpuesta es registrar los casos que conozco. Lo hago con la entrega con que en Llegaron a Cordura el coronel Tom Thorn (Gary Cooper), abrumado por su cobardía, anota en su libreta sobre el terreno, durante la incursión contra Pancho Villa, los actos de valor de los soldados a los que recomendaría para la Medalla de Honor del Congreso.

Las serpientes me fascinan, me recuerdan a mi madre. Mi madre contaba las mejores historias de serpientes, no en balde había vivido su infancia en una hacienda en Venezuela. La mejor es la de cuando de muy niña tenía como mascota, hasta que lo descubrió con horror el capataz y la mató con el machete, una mapanare tigra mariposa (Bothrops venezuelensiis, un vipérido), una de las serpientes más letales de Sudamérica, prima zumosol del escurçó. Si hubiera mordido a mi madre yo desde luego no estaría aquí, bueno allí, en el bar de la plaza, escuchando el relato de Marc y apurando mi medio gin-tonic con mano temblorosa.

“Fue el 1 de julio, poco después de las 9 de la mañana, trabajábamos en un jardín en los Vernets, en casa de David Erra, de los Licuados, recortando el seto, y paramos para almorzar; fue entonces cuando salté la barandilla”. Marc Robusté tiene 35 años, es de complexión atlética, ojos claros, y con un atractivo aire travieso y juvenil como un Huckelberry Finn crecido. Hace labores de jardinería y también trabaja desde hace cinco años en el Parque Natural del Montseny. Sabe identificar perfectamente una víbora. Señaló sin dudar la áspid (Vipera aspis), el escurçó pirinenc, en mi baqueteada guía de campo de reptiles y anfibios (Omega, 1978). Es la que resulta relativamente corriente en Viladrau. Ojillos inquietantes de pupila vertical, hocico arremangado, cabeza ancha y triangular, dibujo dorsal en barras, como una cicatriz suturada.

“Me mordió aquí”, dijo mostrando el dedo índice de la mano derecha. “Se podían ver las dos incisiones de los colmillos, ahora ya no. Llamamos al CAP de Santa Eugènia, donde nos dijeron que muchas mordeduras de víbora son secas, no inoculan veneno, solo marcan y que fuéramos allí a ver. En 15 minutos llegamos. Para entonces el dedo ya estaba super hinchado y resultaba claro que no era una picadura seca. Así que nos fuimos a Vic. Tardamos 25 minutos. Ya no era sólo el dedo sino que los nudillos se habían convertido en un gran bulto. Nos pusimos a la cola en Urgencias hasta que al decir que me había picado una víbora nos dejaron pasar y me hicieron un reconocimiento”. Entretanto, llegaba al otro escenario del drama Marc Arxé, amigo de Robusté, armado con un hacha. El segundo lo había avisado, horrorizado ante la perspectiva de que la víbora pudiera seguir en un jardín en el que juegan habitualmente dos niñas pequeñas.

Arxé encontró al reptil en el mismo sitio en la valla. Lo mató, impresionado todavía por el accidente de su camarada y considerando que no era momento para sutilezas ecológicas. Le envió la foto a Robusté con el móvil. La víctima de la mordedura me la enseñó en el bar. Un bonito ejemplar que parecía vivo pese al incongruente tajo que le separaba el tercio superior del cuerpo del resto. “No fue tanto el daño como la sensación inesperada”, ahora Marc hablaba de sí mismo. “Fue algo completamente inopinado, he visto muchas víboras y siempre te avisan, bufan, se hacen notar. Está no avisó”. Era pequeña, de unos 35 centímetros (pueden llegar a los 75). “En el hospital, en Vic, me hicieron un análisis de sangre y las constantes. Pero pasaron tres horas sin decirme nada ni ponerme antídoto. Yo notaba como la inflamación me iba subiendo por el brazo. Mi mujer estaba preocupada. Finalmente vino el médico jefe: ‘El antídoto es una putada e intentaremos evitártelo, provoca muchos efectos. Vamos observando el proceso, no te preocupes. Por tu edad, constitución y peso, podemos esperar y ver’. Me pusieron una vía y me suministraron antibiótico y antiinflamatorio. Me controlaban el pulso. Por lo visto es un protocolo nuevo no poner inmediatamente el antídoto. Por la noche, ingresado, las pasé canutas, miraba todo el rato como subía la inflamación, pensando que si pasaba del hombro, íbamos mal. Casi llegaba a la axila por debajo”.

Allí se detuvo. Le dieron el alta al día siguiente recomendándole que siguiera observándose. Durante días tuvo calambres y sensación “como de ciática” en el brazo, y agarrotamiento. En un mes y medio estaba casi normal aunque le costaba cerrar el puño del todo. ¿Le ha quedado miedo, fobia? “Si. Ahora estoy cagado”, respondió Marc con franqueza. “Antes no había tenido miedo nunca, metía las manos bajo las piedras y en las pilas de leña. Nunca pensé que las víboras pudieran ser tan repentinas y agresivas. No llegué ni a tocarla”. Una de las cosas peores, bromea, fue que todos los avis del pueblo se empeñaron en ayudarlo contándole viejas macabras historias de serpientes. “Me decían, ‘el del Molí de Rosquelles murió, y aquel otro al que picaron se quedó tonto’. ¡Vaya cabrones los avis!”, ríe con ternura. Hablamos de otros casos conocidos en Viladrau, Antonio Viñas Jr., Mariano, al que le picó una entre las hierbas, no hizo caso, se fue a casa y lo pasó fatal, se le iba la vista. Le expliqué que con May Clapers tuvimos una en cautividad en un terrario en su casa junto al club. La gente venía a verla a ella y a otras serpientes que recolectamos. Teníamos que haber cobrado entrada.

Le conté (es ya una tradición cuando converso con una víctima), para que contextualizara su caso, el del herpetólogo Joe Slowinski mordido por un krait de muchas bandas (Bungarus multicinctus) en Myanmar por culpa de un becario que se lo dio en una bolsa diciéndole que era una inofensiva serpiente lobo -un fallo lo tiene cualquiera-. Slowinski murió de manera atroz, pudriéndose por dentro, antes de que pudiera recibir ayuda o ser evacuarlo (era el 11 de septiembre de 2001). Saqué a colación que para saber rápido si te ha mordido un krait o algún otro elápido -cobras, taipanes, víboras de la muerte (!)-, de veneno neurotóxico, es mano de santo que te pongan una vela enfrente y te pregunten cuantas llamas ves: si ves cinco estas jodido. El mundo es un lugar sorprendente, acordó Marc, que mencionó el caso de una orquídea que se hace pasar por la hembra de un insecto para que el macho contribuya a su polinización. Apuramos nuestras copas -él iba por la segunda: es lo que tiene recordar que te ha mordido una víbora- y, viendo ya que no le iba a provocar un trauma le enseñé el vídeo que me había pasado, a través de José Luis Copete, el naturalista Pedro Rubio, que ha estado recolectando víboras en la Cerdaña, en Martinet, estos días con el ornitólogo, para fotografiarlas.

“Hay que cogerlas por la cola, por la mañana cuando están frías”, me explicó Pedro al llamarle para que me contara la aventura. Me reconoció que había estado a punto de sufrir un percance también -hay que ver cómo esta el verano- pues “fui torpe, llevaba guantes de goma muy finos y no sé cómo movió la mandíbula y sacó un colmillo que me pasó a milímetros”. Aprovechando me comentó del hermano de un amigo al que mordió una latastei -el otro tipo de víbora en Cataluña, la víbora hocicuda (Vipera latastei)-, menos peligrosa que la áspid pero que como tardaron en tratarlo perdió la pierna, aunque luego se hizo taxista.

“Son muy nobles, Jacinto, la nobleza personificada”, me recalcó el naturalista con una extraña emoción. “Solo atacan cuando se ven en lo peor. Tienen mala fama porque son peligrosas pero siempre tratan de evitar morder y son muy beneficiosas para el campo. Ahora lo pasan muy mal porque los jabalíes, que proliferan tanto, se las comen”. Con las víboras, acordamos con Marc, es difícil ser ecuánime, sobre todo si te han mordido. Pero lo cierto es que pese al dicho popular “si et pica un escurçó, no tens temps de l’extremaució” las consecuencias de la mordedura son muy raramente fatales: de las 30 o 40 que se producen anualmente en Cataluña, sólo una o dos son mortales. Si se compara con África (100.000 mordeduras, más de 20.000 muertes anuales), Latinoamérica (300.000 y 5.000) y sobre todo Asia (2 millones de envenenamientos al año y cerca de 100.000 muertos anuales, ¡274 al día!), vemos que somos una tierra bendita, al menos en lo que a serpientes se refiere…