Los hijos del exilio chileno

Luis Córdova, psicólogo y educador social, es paradigma de la nueva generación de referentes latinoamericanos en Cataluña

El psicólogo chileno Luís Cordova, afincado en Barcelona desde 2006.
El psicólogo chileno Luís Cordova, afincado en Barcelona desde 2006.MASSIMILIANO MINOCRI

Luis Córdova dice que nació “en el año fatídico”. Su madre lo trajo al mundo en Santiago de Chile en abril de 1973; en septiembre se producía el golpe de Estado contra Salvador Allende. Su madre, María Eugenia Kachele, era la responsable de la guardería del Palacio de la Moneda, sede de la presidencia de Chile, durante el mandato de Allende; ella y su marido José Luis Córdova, periodista, eran activos miembros de la Unidad Popular, la coalición de izquierdas que había alcanzado el Gobierno tres años antes. La familia inició entonces una larga travesía en el exilio y una diáspora que llega a Barcelona.

Los Córdova pudieron huir a Buenos Aires “con el apoyo del partido”, cuenta Luis desde su consulta de psicología en el barrio de Gracia. El “partido” es el comunista, del que su padre ha sido dirigente. José Luís Córdova fue detenido tras el golpe, sufrió dos amagos de fusilamiento y fue internado en el Estadio Nacional, centro de detenciones masivas en los primeros compases de la dictadura de Augusto Pinochet. La familia Córdova volvió a hacer las maletas en 1975, cuando se fraguaba el asalto militar al poder en Argentina.

Su siguiente destino fue Praga, por entonces capital de Checoslovaquia, satélite de la Unión Soviética y ciudad que acogió a tantos exiliados comunistas españoles durante el régimen franquista. En Praga vivió Luis Córdova hasta los 11 años —en vez de con Disney, creció leyendo cuentos rusos y checos—, y es en Praga donde todavía viven sus dos hermanas. “Hablan mejor el checo que el español”, asegura Córdova, que admite que echa de menos “la Praga gris” porque la de ahora, imán turístico, le parece “más falsa”. “Yo quiero a Praga, con sus edificios que se caen, con los zapatos sucios, con la mirada mustia y decepcionada”, escribía en 1968 otra exiliada comunista en la capital checa, la escritora Teresa Pàmies.

Córdova habla español, catalán, checo y francés. París fue su hogar hasta los quince años, siguiendo a su madre. Conserva en la memoria la detención que sufrió ella en 1981, cuando visitó Chile con una delegación sindical de la CGT francesa. Una campaña de protesta internacional consiguió que fuera liberada. Su hijo Luis buscaba fotografías en casa para acompañar a los artículos que publicaban los periódicos. De adolescente quiso volver a Chile y se enamoró del país, “me dio el virus de la patria”. En la tierra de sus padres residió hasta los 22 años, cuando decidió que finalizaría sus estudios de Psicología en París. Y fue en la gran metrópolis francesa que en 1998 conoció a su mujer, chilena como él. Fue un amor marcado por el pasado: coincidieron por primera vez durante una manifestación frente a la embajada del Reino Unido en Francia, para exigir la extradición de Pinochet —por entonces en Londres— a España.

Fue su pareja la que marcó el nuevo destino de Córdova. “Ella no quería vivir en París y en Barcelona teníamos muchos amigos chilenos. Nos mudamos en 2006. Ahora ya se han ido la mayoría, la crisis económica de 2008 pasó factura”. En 2009 inició su trabajo como educador y mediador social en Ciutat Meridiana, uno de los barrios con renta per cápita más baja y olvidados de Barcelona. Hoy coordina este plan de prevención y seguridad ciudadana del Ayuntamiento de Barcelona, y que los vecinos describían en un reportaje de EL PAÍS como un factor fundamental de mejora de la convivencia.

Vida en la ‘banlieu'

”En Francia yo vivía en Bobigny, un municipio de la periferia de París muy conflictivo y con mucha mezcla de orígenes. En mi clase del colegio, por ejemplo, solo había tres franceses”, recuerda Córdova, y compara su experiencia en la banlieue con La haine, película de culto que retrata una juventud marcada por la violencia y la marginación en los suburbios de la capital francesa de la década de los noventa. Aquellos años de Córdova en Bobigny fueron determinantes para trabajar en Ciutat Meridiana: “Allí aprendí a ir de cara, a ser de verdad, a respetar al otro y no generar expectativas, no prometer nada”.

Lo más duro de mudarse a Barcelona, según Córdova, fue constatar que Francia y España no son lo mismo: “Aquí todo es más cutre”. La primera sensación de ello, dice, fue su primer empleo, en un centro de menores tutelados: era él y no un psiquiatra quien administraba los medicamentos a los jóvenes con problemas de salud mental. Las cosas han cambiado, afirma, pero a peor. “Hubo un momento, a principios de este siglo, en el que Barcelona estaba muy de moda, en la época de las vacas gordas. Lo que yo veo ahora es una tercermundización”, opina Córdova. Y su país natal, añade, tiene una ventaja en momentos de crisis: “Los pobres aquí sufren soledad; el pobre chileno, en cambio, no se queda solo”.

Exilio tras la llegada de Pinochet al poder

Año y lugar de nacimiento: 1973, Santiago de Chile, Chile.

Cuándo llegó a Barcelona: En 2006, procedente de París, junto a su mujer y dos hijos.

Qué determina que viva lejos de su país: Sus padres tuvieron que exiliarse tras el golpe de Estado de Augusto Pinochet.

Ocupación: Psicólogo y educador social en Nou Barris.

 

Sobre la firma

Cristian Segura

Escribe en EL PAÍS desde 2014. Licenciado en Periodismo y diplomado en Filosofía, ha ejercido su profesión desde 1998. Fue corresponsal del diario Avui en Berlín y posteriormente en Pekín. Es autor de tres libros de no ficción y de dos novelas. En 2011 recibió el premio Josep Pla de narrativa.

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