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Las crónicas ya no huelen a campo de fútbol sino a laboratorio; los periodistas son analistas y especialistas

El Camp Nou, el pasado mes de marzo.
El Camp Nou, el pasado mes de marzo.Albert Gea / Reuters

Añoro el Camp Nou. Necesito sentir el fútbol y por tanto no me conforma ver los partidos por televisión, y menos cuando juega el Barça —hoy reaparece en Mallorca y el martes recibe al Leganés. Nunca asocié el juego a un espectáculo únicamente visual, sino a un ritual que exige igualmente del oído, el gusto, el tacto, el olfato y de los ojos propios, que no son precisamente los del realizador, por más devoto que sea de profesionales excelentes como Óscar Lago, Xavier Garasa o Víctor Santamaría. Yo quería ser cronista para poder ir al campo, no para escribir desde casa o la redacción, y también para que un día figuraran junto a la firma dos palabras: enviado especial; ni que fuera a Zaragoza o a Valencia.

Los que viajan son cada vez menos y las crónicas ya no huelen a campo de fútbol sino a laboratorio porque los periodistas nos hemos convertido en analistas y especialistas, escrutadores de imágenes, datos y declaraciones, más pendientes de la pantalla que del césped, igual que los jugadores piensan más en cómo celebrar los goles que en marcarlos. Atrapados por la prisa y cegados por la televisión, se nos pide además que visualicemos el mañana, tal que fuéramos hombres del tiempo, sin reparar en el hoy y seguir el ejemplo de aquellos maestros que nos llevaban de la mano al estadio por cómo nos contaban el partido.

La verdad ya no está en la letra de las crónicas sino en las imágenes y en las redes sociales, de manera que sentarse en un pupitre de prensa de un estadio puede parecer hasta una pérdida de tiempo si se trata de ver y no de vivir un partido con independencia del rival y del torneo, del horario y del día. A veces ocurre incluso que no te enteras de qué pasó porque tienes la vista puesta en el ordenador, un hincha te tapó la jugada o te has distraído, te colocaron en mal sitio o no te funciona el wifi ni el móvil, no hay monitor y no puedes seguir la transmisión de Torquemada, Pou o Flaquer.

Las radios y las televisiones ayudan mucho, sobre todo cuando se tiene un mal día, se escapan los detalles y no se ve bien el partido, circunstancia que no solo depende del escenario y de los medios sino también de la concentración y capacidad para leer el juego, un asunto aparentemente más fácil en el Camp Nou. A fin de cuentas se trata del estadio de toda la vida y por tanto la faena es más previsible porque se ha interiorizado la liturgia de los partidos del Barça. Alcanza con escuchar para saber qué pasa y si se mira es para constatar que la intuición era certera, la evidencia de que se aprendió a interpretar el silencio del Camp Nou. Nunca fue un campo mudo que solo habla contra el Madrid.

No hay un estadio igual y el del Barça es sensible y no frío como denuncian los visitantes acostumbrados a canchas calientes, sobre todo los que convierten el factor campo en decisivo incluso en los partidos de entretiempo. Aunque no sé si por querencia o condescendía, extraño el Camp Nou por culpa de la pandemia y estoy dispuesto a jurar que se entra y sale fácilmente por cualquier calle; que los bocadillos son tan sabrosos y baratos como la cerveza sin alcohol; que las sillas giratorias de la tribuna de prensa resultan más funcionales y silenciosas que las del palco y que los bramidos del speaker suenan a música celestial.

Nunca aborreceré al Camp Nou por la comida y la bebida, o por el estruendo y la incomodidad, penalidades soportables con tal de ver a Messi. Hoy, en su ausencia, forman parte de un imaginario feliz que nada tiene que ver con el recuerdo de la última visita, cuando el Barça ganó a la Real con un gol de penalti del 10. Aquel día se me fue la mano por aseverar que los azulgrana precisaron del VAR para sostenerse en la Liga. La presencia en el campo no garantiza una mejor crónica que la escrita a través de la televisión; solo expresa el sentir de quien está en el lugar de los hechos y se enfrenta a la duda de formar parte de ellos o querer distanciarse tanto que falta a la verdad —de lo malo a lo peor.

Sin menospreciar a los que se quedan en casa, al estadio hay que ir siempre que se pueda, para intentar descifrar mejor el partido después de impregnarse del ambiente y poder responder cuando te preguntan: “Què et diu el nas?”, expresión muy propia en la jerga culer antes de que salga a calentar el Barça. Tengo una obsesión por el olor desde que de joven husmeaba la ropa recién dispuesta cuando salía de casa después de limpiar la cuadra, la pocilga y esparcir el estiércol. Tenía pánico a oler —oler a vaca, a cerdo, a mierda— por más que me hubiera lavado en un barreño con mucha agua y jabón, rascado con piedra pómez y rematado con una pastilla de un detergente llamado Flota.

Nunca imité a los amigos del pueblo que se fumigaban con una colonia cuyo aroma tumbaba más que la peste, sino que siempre quise seguir el rastro de los veraneantes que seducían a las chicas por cómo vestían, se cortaban el pelo y olían, siempre impolutos, recién llegados de Barcelona. Aprendí que el aseo era un asunto vital, no solo por respeto a la higiene y obviamente a la salud, sino en atención a los demás y por tanto a los que te huelen por narices en la calle, en el bus o en el metro, donde los problemas de sudoración y transpiración marean hasta a los sucios.

Nada me preocupa más de la covid-19 que la posibilidad de quedarme sin olfato, incluso cuando sé que mi punto débil son el asma y los pulmones de un exfumador empedernido, así que quiero regresar al estadio para reencontrarme con los olores, los sonidos y las vistas, señal de salud y de deseo: el de escribir con la adrenalina que solo se siente a pie de campo. Aceptaré, mientras, ver los partidos por televisión sin que me importe si la emoción está enlatada o generada por el sonido ambiente de un partido a puerta cerrada, sin público. A falta de espontaneidad, pienso en la suerte que tiene el hincha furibundo incapaz de seguir el partido en casa, el bar o el estadio: ojos que no ven, corazón que no siente.

Necesito ver y oler, siempre desinfectado, contaminado si acaso por el apego al Camp Nou.

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