La crisis del coronavirus

Una tregua para el delta del Llobregat

El confinamiento da “tranquilidad” a las aves y hace llegar al zorro hasta la orilla de este espacio natural

Cigüeñuelas llegadas de África crían en un rincón del delta del Llobregat.
Cigüeñuelas llegadas de África crían en un rincón del delta del Llobregat.Massimiliano Minocri

Javier Santaeufemia cierra la puerta del observatorio para evitar que entre la luz y que el reflejo espante a las aves. Se sienta con cuidado en los bancos de madera, saca los prismáticos y mira por la estrecha rendija hacia la laguna de Cal Tet. “Es una maravilla estar aquí”, dice satisfecho ante un horizonte de paz natural donde, por una vez, el canto de los pájaros se impone a los motores de los aviones. Señala unas cuantas especies, pero se fija en la cantidad de cigüeñuelas (sí, parecen cigüeñas pequeñas) que, llegadas de África, crían ahora en este rincón del delta del Llobregat. “Suele haber dos o tres… Ahora hay quince”.

El confinamiento ha reducido drásticamente el tráfico aéreo en el aeropuerto de El Prat. Desde aquí, la torre de control apenas se vislumbra tras el cañaveral. Solo una avioneta que acaba de despegar y que parece salida de Memorias de África rompe fugazmente el silencio. El estado de alarma también ha liberado de visitantes este espacio natural, lo que ha hecho florecer la vida en el delta. “Míralas. La que quiere come, la que no duerme… No están estresadas, se nota que cada una va a su aire”, dice sin reparar en la metáfora. “En el observatorio, la gente suele hablar en voz alta o saca las manos afuera… Y entonces las aves se alejan”.

“La primavera de este año es un lujo para la fauna”, insiste el técnico mientras camina por una pasarela de madera entre vegetación: mucha caña y zarza y pocos claros. “Si no se invierte, esto se convierte en una selva”. Lleva 27 años trabajando aquí y ha visto todos los cambios del paisaje. Su pronóstico no es optimista. El desvío del río, la ampliación del puerto, la tercera pista de El Prat… Todo lo que ha pasado ha ido “arrinconando” la zona pese a los esfuerzos por conservarla. Las restricciones provocadas por la pandemia ni son la panacea ni han permitido recobrar el resplandor del pasado; suponen, si acaso, una pequeña tregua.

“Hemos visto más aves migratorias estas semanas. Tampoco es que haya muchos más animales, porque el espacio es el que es. Pero los que hay viven mejor. Se pueden mover con más libertad”. Santaeufemia habla ahora desde un mirador en la desembocadura del Llobregat. Al otro lado del río, los camiones levantan una nube de polvo mientras descargan material para construir un nuevo dique. A este lado hay una laguna donde “a veces se ven flamencos” (habrá que creerle) y, al fondo, dunas y arena. Es el comienzo de la playa de El Prat. En sus casi seis kilómetros de recorrido, ha encontrado estos días rastros abundantes de zorros. “Hay huellas hasta en la orilla”, dice.

El zorro (como el jabalí) son especies que se reproducen en el delta, pero que “ni de broma” se aventuraban a la playa. “Por la mañana están los bañistas; por la tarde, los pescadores; y por la noche, los chiringuitos con sus fiestas”. Santaeufemia es amable, pero cuando toca hablar de los espacios naturales se vuelve un poco antisocial. Los fines de semana solía venir a pasear aquí con la familia. Ha dejado de hacerlo. “Me pasaba el día echando bronca a la gente, como un policía. Las familias vienen como si esto fuera un parque urbano, y es un espacio natural. En vez de tranquilizarme, acababa estresado”.

Santaeufemia conduce hasta Can Nani, un prado húmedo con escasa vegetación. La migración está en su fase final, pero aun pueden verse un par de aves limícolas antes de tomar rumbo al centro de Europa. También hay patos volando. “En condiciones normales, estarían escondidos. Ahora su comportamiento es más natural”. El técnico señala a cinco caballos blancos tumbados en el prado. Se introdujeron aquí para “mantener a raya la vegetación” y permitir que las aves pusieran sus nidos. Pero, como siempre están en la misma zona, a veces los pisotean. Lo que pretende ilustrar es que no hay soluciones obvias ni automáticas en un entorno metropolitano, “frágil y muy presionado”.

El delta ocupa 926 hectáreas que resisten, como en un asedio, el embate de la civilización: el puerto que asoma y crece, el zumbido de los aviones, los ciclistas que pasan los fines de semana como en una rambla, los niños que gritan, los disparos de escopeta desde las masías diseminadas, que espantan a las aves. Sobre ese panorama cotidiano, alterado ahora por la pandemia, se cierne una amenaza mayor: la propuesta de Aena de ampliar la tercera pista del aeropuerto de El Prat.

La ampliación, denuncia Santaeufemia —y con él, las entidades que rechazan la idea— supondría la “destrucción de La Ricarda”, que es “el ecosistema más natural” y valioso del parque, con 400 años de historia, que antes había sido usado para la caza. Pero además, encajonaría aun más el resto de espacios. “No podemos retroceder más”. El técnico se para de nuevo a escuchar los pájaros. “Como se escuchan mejor entre ellos, cantan más”. A sus espaldas, un avión de Ryanair despega, como despegarán pronto las cigüeñuelas de vuelta a África, en junio, cuando la nueva normalidad ponga fin a la tregua del delta.

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