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El paisaje del olivar como patria transnacional y producto geoestratégico

Un ensayo traza un viaje por el mundo del aceite de oliva, desde la hegemonía española a la irrupción de China

El olivo de Ulldecona, considerado el más antiguo de España, en una foto del libro ‘El mar, el aceite de oliva y la primera globalización’.Vicente Ruiz García

Desde las primeras almazaras prehistóricas a las luces de Silicon Valley, pasando por Grecia, Roma, Al-Ándalus, la revolución industrial hasta llegar a la civilización actual. La historia del olivar y del aceite de oliva es un apasionante viaje por la epopeya del oro líquido, un cultivo que apareció en la cuenca mediterránea hace unos 3,2 millones de años, según los datos paleobotánicos.

La civilización romana expandió y popularizó la cultura oleícola con el aceite producido en sus diferentes provincias, el cual exportaba a los límites del mundo a través de rutas marítimas por las que los barcos con bodegas atestadas de ánforas olearias atracaban en numerosos puertos. Así hasta la actualidad, donde España, con 285 millones de olivos (67 de ellos en la provincia de Jaén) y casi el 50% de la producción mundial, presume de su hegemonía y liderazgo mundial en el comercio del aceite de oliva, que ya está presente en casi 70 países.

“El paisaje del olivar es una patria trasnacional y, al mismo tiempo, un producto geoestratégico en el que nos reconocemos millones de habitantes de ambas orillas del Mediterráneo”, señala el escritor Emilio Lara (Jaén, 1968), autor del ensayo Un mar de oro verde (Ariel), un itinerario sentimental a través de la cultura del olivar y del aceite. El también llamado oro líquido marcó la primera globalización y mucha fue la influencia del comercio oleícola entre el Nuevo y el Viejo Mundo como se puso de manifiesto con las 475 arrobas de aceite que llevaba en sus bodegas la primera expedición de Magallanes.

“Aunque hablemos diferentes idiomas, profesemos distintas religiones y exhibamos pasaportes de variados colores y escudos, quienes hemos vivido al amparo de estos árboles de tronco rugoso, al viajar a países que los cultivan, no nos sentimos extranjeros, sino hermanados por una cultura milenaria en la cual un canto de pan con aceite nos sabe al beso de Afrodita, a la merienda de nuestra infancia”, expone el también autor de novelas como El relojero de la Puerta del Sol o Los colmillos del cielo.

Manifiesta el escritor jiennense que el aceite de oliva “siempre ha sido un elemento de unión entre los pueblos y el petróleo de la Antigüedad”, aunque precisa que es “mucho más que un poderoso símbolo”. A su juicio, igual que en nuestro mundo existen poderosos grupos de presión con gran influencia en las diversas esferas sociopolíticas, en Roma existía un grupo de presión del aceite hispánico con conexiones en el Senado que ejercía su poder económico en la elección de magistrados, los contratos comerciales y la legislación. Y así, por ejemplo, el grupo de presión aceitero de Hispania fue determinante en el acceso al poder de Trajano y Adriano.

“El secular cultivo del olivar y su industria aceitera contribuyeron a hacer de la España imperial un país limpio —según los estándares de la época— y a difundir por Europa un higiénico modus vivendi. Aquello constituyó otro triunfo más de la civilización mediterránea”, apunta Lara, que alude al vínculo de España con el olivo y el aceite de oliva como “una historia de éxito” desde que Octavio Agusto convirtió la provincia de Bética en un campo de olivar por excelencia.

De este modo, la producción aceitera se concentró en el polo agroindustrial de Hispalis (Sevilla), Corduba (Córdoba) y Aurgi (Jaén) por la concurrencia de razones geoestratégicas, políticas y económicas. Posteriormente, a lo largo del curso del Guadalquivir se abrieron centenares de alfarerías especializadas en la producción de ánforas olearias, el modelo usual para transportar el aceite hasta el último confín del imperio.

De la potencia aceitera del entorno de Cástulo (en mitad de la actual provincia de Jaén) queda un vestigio epigráfico en el Museo de Arqueología de Linares, donde se conserva, inscrito en una basa de mármol, un Rescriptum sacrum de re olearia: un edicto sobre cuestiones olivareras motivado por una consulta de un agricultor al emperador Adriano, que regula diversos aspectos legales sobre la producción de aceite y su recaudación para la Annona.

En la actualidad, en un contexto geoestratégico, China ha irrumpido como el país con mayor potencial de crecimiento en el consumo de aceite de oliva. “Cada vez hay más superficie de olivar en China y cada vez hay más ciudadanos de clase media o media-alta que se interesan por el aceite de oliva y por todo lo relacionado con la salud y una cultura milenaria”, indica Lara sobre el país asiático, que compra en España el 50% de su aceite de oliva y que ya cuenta con más de 130.000 hectáreas de olivar y unas 70 almazaras.

Pero la expansión del olivo en China es algo reciente. En 1964, los albaneses enviaron 10.000 olivos a sus aliados chinos, pero la experiencia agrícola fue un estrepitoso fracaso por haberlos plantados en zonas que no eran propicias para su aclimatación. Fue en el año 2000, coincidiendo con el plan de modernización china aprovechándose del bagaje científico occidental, se retomó el cultivo del olivo con variedades italianas y españolas y, sobre todo, con suelos y microclimas que garantizaron el éxito, en la franja más meridional del hemisferio norte, en las provincias de Gansu, Shanxi, Sichuan y Yunnan. Al tratarse de regiones empobrecidas el Gobierno chino buscaba, a la vez, incrementar el nivel de vida de los campesinos y frenar la sangría demográfica hacia las megalópolis.

“El objetivo declarado de las autoridades y los empresarios chinos es que estas regiones, en algún momento, compitan en superficie olivarera con Jaén y llegue a superarla en la producción de aceite. Los chinos han demostrado saber competir en el mercado mundial”, augura Emilio Lara.

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