Kitchen y la lealtad política
Se impone el concepto de lealtad que aparece consolidado para los casos de incendio. La prueba de la traición de Bárcenas son sus millones en Suiza. Y la de la lealtad del exministro Fernández Díaz, su silencio


Saber interrogar es a veces más difícil que saber responder. Lo hemos visto en juicios y comparecencias parlamentarias, y volvimos a comprobarlo este jueves en la declaración del expresidente Mariano Rajoy en la Audiencia Nacional, como testigo del caso Kitchen. Rajoy es duro de pelar. Más aún si la vista la preside una magistrada rigurosa, con mucho oficio, que ordena a los letrados atenerse estrictamente a los hechos de la acusación, exigiéndoles que utilicen el zarpazo, si pueden, y se olviden del paso sinuoso de los gatos antes de lanzarlo. Teresa Palacios interrumpió mucho a los abogados, provocando que alguno perdiera el hilo, pero no logró despistar a Rajoy. El testimonio del expresidente fue breve en el tiempo y parco en las palabras. Pero se le entendió casi todo.
Primero, él nada tuvo que ver con el caso Kitchen, el asunto del uso del aparato policial para destruir las pruebas que estuvieran en poder de Bárcenas sobre la financiación irregular del PP, su famosa caja B. Segundo, si le escribió a su tesorero aquel famoso “Luis, sé fuerte”, fue cuando era necesario y conveniente hacerlo. Es decir, cuando Bárcenas no había arruinado aún la confianza que el partido había depositado en él dejando en sus manos el manejo, guarda y custodia de las cuentas. Tercero, que la guerra se le declaró al tesorero cuando se supo cuál había sido el precio de su deslealtad. Es decir, cuando se conoció que Bárcenas había conseguido desviar 48 millones de euros e ingresarlos en una cuenta en Suiza. Hasta ahí podíamos llegar. Con eso podía haber caído el telón, porque quedaba todo claro. Esa era la deslealtad máxima e imperdonable.
Sobre lo demás, Rajoy no sabe nada. Nunca lo supo y no tenía por qué saberlo. El expresidente ya lo dijo cuando compareció en la propia Audiencia Nacional en 2017 para prestar declaración sobre el caso Gürtel, también como testigo. Aquel día Rajoy se encogió de hombros más veces de las que componen cualquier tabla de gimnasia. Y a mí qué me cuentan ustedes, si yo nunca me he ocupado de las cuestiones económicas del partido, vino a decir. Este jueves la cosa era fácil, sólo había que empalmar la nueva comparecencia con aquélla. Si yo no llevaba las cuentas, ¿qué voy a saber de lo que dicen ustedes que supuestamente hicieron unos policías para robar las pruebas que tuviera Bárcenas sobre la financiación ilegal del partido?
Pero faltaba el colofón, la guinda, el pase de pecho para poner la plaza boca abajo. Rajoy está convencido de que cuanto hizo la policía para investigar a Bárcenas fue legal. Ni sombra de duda, persuadido de que si su extesorero hubiera tenido alguna vez una grabación en la que se escuchara una trituradora de papel haciendo trizas las pruebas sobre la contabilidad B del PP, la hubiera utilizado ya hace años. Nunca la tuvo porque jamás protagonizó esa escena, como nunca se dieron órdenes a Interior para arrebatarle a Bárcenas documento alguno ni convertir su vida en un infierno de larga perspectiva carcelaria.
En conclusión, aquí el mayor perjudicado es el exministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, de quien sí hay pruebas de lealtad. Rajoy pone la mano en el fuego por él, y la exsecretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, eleva la apuesta. Dijo que por este asunto Fernández Díaz “ha sufrido mucho”, siendo “un hombre recto e íntegro”. De nuevo, se impone el concepto de lealtad que aparece consolidado para los casos de incendio. La prueba de la traición de Bárcenas son sus millones en Suiza. Y la de la lealtad del exministro, su silencio.


























































