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JURA DE LA PRINCESA LEONOR
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Dolor ante una incomprensible injusticia

El autor, promotor de la Asociación Concordia Real Española, dedicada a reivindicar la figura de Juan Carlos I, desgrana las sensaciones del rey emérito, con el que mantiene una estrecha amistad, ante su exclusión en los actos de la jura de la Constitución de la princesa Leonor

El rey emérito, Juan Carlos I, a su llegada al Palacio de El Pardo de Madrid, donde tendrá lugar la celebración familiar privada con la que la princesa Leonor festejará su 18 cumpleaños tras la jura de la Constitución, este martes. Foto: EFE/ Javier Lizón | Vídeo: EPV

Miraba por la ventanilla del avión. Llovía todo el tiempo. Paisaje nublado casi desde el principio sobre ese Mediterráneo que tantas veces había recorrido en uno y otro sentido.

Notaba una pena profunda. Era un dolor que le atravesaba en el alma. ¿Cómo era posible que no pudiese asistir al acto en el que oficialmente se iba a conmemorar la mayoría de edad de su nieta? ¿Por qué estaba vetada su presencia y quiénes eran los que habían decidido que no podía acceder al edificio ocupado por la institución a la que él había dado hace casi 50 años todas las atribuciones que tenía ahora y de las que había crecido durante medio siglo?

Tenía un dolor de esos que calan los huesos, pero hacía muchos años que había tomado la firme decisión de que el rencor no podía guiar su vida. Había perdonado muchas ofensas, insultos, mentiras y manipulaciones con las que le habían obsequiado especialmente en los últimos años.

Recordando los cientos de hechos que le venían a la memoria, veía pasar ante él a muchos que le habían ayudado en el proceso de hacer de su país una nación moderna, democrática, homologable con las naciones europeas que lideraban el continente. No había sido fácil pero la gran mayoría de sus compatriotas le habían ayudado, y el resultado había beneficiado a todos.

Y, claro, también estaban muy presentes las imágenes de ese salón donde se iba a celebrar la ceremonia de la que se le había excluido, de una tarde en la que todo lo que se estaba construyendo con grandes dificultades parecía venirse abajo por unos violentos. Y cómo, en estos momentos de las decisiones complicadas, hizo que su hijo permaneciera junto a él toda la noche hasta desbaratar el golpe.

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Las ideas y los recuerdos se amontonaban. Le venían a la mente los muchísimos viajes realizados sobre el Mediterráneo o el Atlántico, o aquel primer viaje a China, representando como siempre con enorme dignidad y bien hacer a su país y luchando por sus empresas, construyendo la buena imagen que después abriría los caminos a muchas otras.

Eran todo, o casi todo, recuerdos agradables, la película de una vida compleja y azarosa, muchas veces se había visto solo en las cumbres, donde hace frío de verdad.

Ahora el frío que notaba era el que se siente solo, en los últimos años de su vida no solo por no recibir cumplidos y agradecimientos merecidos sino del que se siente injustamente apartado sin razón que lo justifique. Algunos amigos ya le habían comentado la pobreza frecuente de la condición humana que no agradece y olvida todo de lo que es deudora.

Pero esta vez, pensaba, la indignidad había superado todos los registros y sin otra necesidad que de causar daño a su persona y a la institución que representaba.

Dio una cabezada y despertó con un aviso: “¡Majestad, estamos ya sobre territorio español!”.

La emoción de estar de nuevo en su país le llevó a concluir que el agresor, con frecuencia y a largo plazo, acaba sufriendo más que el agredido y no ofende quien quiere sino quien puede.

Nadie iba a entender que quien debería ser el primer invitado estuviera ausente. No iba a estar donde correspondía por razones políticas, institucionales o de protocolo, pero por lo menos tendría ocasión de darse un abrazo con su hijo y sobre todo con su nieta el día de su mayoría de edad y su juramento de la Constitución.

Al rey Juan Carlos le iba a tocar ese día, una vez más, sacrificarse por la continuidad de la monarquía parlamentaria en España, y lo hace por estar con su familia, pero sobre todo con su nieta, pues era “el día de la princesa de Asturias”.

“¡A sus órdenes, Majestad!”, acompañado de una enorme sonrisa, fue el saludo inicial de doña Leonor, correspondido con un “estás guapa”, antes de un entrañable abrazo entre el rey y la princesa de Asturias, abrazo que hubieran querido que no terminase nunca, pues con él iba todo el traspaso institucional de quien era rey hacia quien iba a serlo en un futuro.

Las conversaciones posteriores a lo largo de la tarde sirvieron como en todas las familias para olvidar viejos malentendidos y mirar para el futuro con esa sensación de unidad que todos preconizan.

Habrá terminado una jornada que sería difícil de olvidar para todos los presentes.

Ya en el avión, al mirar por la ventana en ese día nublado que ya era noche, volvieron a pasar por su mente innumerables imágenes de su vida, a la que había añadido una página importante y muy emocionante, y con tristeza y melancolía empezó a dejar de nuevo tierra española.

A los que hemos sabido apreciar la enorme contribución de don Juan Carlos a España, y la deuda de agradecimiento que tenemos con él, solo nos cabe decir: “Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen”.

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