Griñán, 13 años en busca del porqué

El Tribunal Supremo ha confirmado su condena a seis años de cárcel y 15 de inhabilitación absoluta por malversación y prevaricación continuadas

El expresidente andaluz José Antonio Griñán sale de la Audiencia de Sevilla tras conocer su condena en el caso de los ERE, el 19 de noviembre de 2019.
El expresidente andaluz José Antonio Griñán sale de la Audiencia de Sevilla tras conocer su condena en el caso de los ERE, el 19 de noviembre de 2019.Alejandro Ruesga Sanchez

José Antonio Griñán cumplió 76 años el mes pasado. Llevaba 13 pendiente de un fallo definitivo que al fin ha hecho público este martes el Tribunal Supremo. Ni cuando fue imputado por primera vez en el caso de los ERE, en septiembre de 2013, ni ahora mismo, cuando la última instancia judicial ha confirmado su condena a seis años de cárcel y 15 de inhabilitación absoluta por malversación y prevaricación continuadas, ha encontrado respuesta a una pregunta que se ha hecho millones de veces: por qué se le acusa; por qué se le condena.

Esos interrogantes lo han martirizado durante más de una década porque Griñán es una persona a la que hay que convencer con datos y con hechos, y él no encuentra explicación a una situación judicial que ha vivido como una tragedia. “No es que crea en mi inocencia, es que sé de mi inocencia”, dijo en una entrevista a Efe en marzo.

Por encima de todas las cosas, se considera un servidor público. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla e inspector de Trabajo, Griñán fue viceconsejero de Trabajo con Rafael Escuredo en el primer Gobierno andaluz; consejero de Salud con Manuel Chaves en 1990; ministro de Trabajo y de Sanidad con Felipe González, desde 1992 a 1996, y consejero de Economía y Hacienda de 2004 a 2009. Es por su etapa en esta consejería por la que fue juzgado. En 2009, asumió la presidencia de la Junta de Andalucía en sustitución de Chaves, cargo del que dimitió en 2013. En un primero momento, explicó su renuncia para provocar un relevo generacional en el PSOE (pasó el testigo a Susana Díaz), aunque después aseguró que lo hizo para “preservar a la Junta de la erosión” del caso de los ERE. También ocupó la secretaría general del PSOE andaluz (2010-2013) y fue presidente federal del partido (2012-2014).

En su libro autobiográfico Cuando ya nada se espera (Galaxia Gutenberg), Griñán relata en el epílogo dedicado a su hijo mayor estos años. Y su estremecimiento cuando leyó el fallo: “Quedé conmocionado no tanto por el castigo como por mi incapacidad para comprender las razones aducidas por los jueces. No se me condenaba por actuaciones concretas, sino, según se decía en la sentencia, por inacción. Toda la imputación de mi culpabilidad se apoyaba en un continuado juicio de inferencias (”tuvo que conocer”, “es impensable que no conociera”), lo que me dejaba en una posición imposible, ya que me enfrentaba no a unos hechos probados, sino a una opinión del tribunal”.

Cuando él y Chaves fueron imputados, asegura que pasaron a ser “cadáveres políticos que nadie querría tener en su armario… Sabíamos que teníamos que oscurecernos hasta la casi desaparición”. Son 13 años en los que ha sufrido “los efectos de una condena sin la firmeza de una sentencia”. Y añade: “No solo he padecido olvidos; también acusaciones y ofensas personales, miradas insolentes, gestos de desprecio, frases en voz alta para hacerse intencionadamente audibles, insultos o burlas”.

Al expresidente Griñán, a diferencia de Manuel Chaves, condenado a una pena de inhabilitación para ocupar cargo público, la Audiencia de Sevilla le impuso seis años de prisión por malversación, un fallo que ahora el Supremo ha confirmado. En estos dos años y siete meses de espera de la sentencia definitiva, algunos creían que lo animaban diciéndole que a “su edad” eludiría la cárcel, pero era una frase que le hundía aún más en su abatimiento.

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En realidad, Griñán aún no comprende por qué se sentó en el banquillo de los acusados por mantener un procedimiento administrativo (la transferencia de financiación) para conceder ayudas para la prejubilación de 6.000 trabajadores, algunas de las cuales se siguen pagando por el Gobierno actual. En el juicio oral en la Audiencia Provincial de Sevilla, él mismo insistió ante el tribunal que “el crédito no delinque nunca”. Era su forma de decir que el mal uso de la partida de los ERE estaba en cómo se gestionó el gasto desde la Consejería de Empleo. Tampoco entiende que el que fuera interventor general de la Junta quedara absuelto cuando “jamás” le envió un informe de actuación alertando de menoscabo de fondos públicos. Pero el interventor sí rubricó 15 informes en los que advertía del uso inadecuado de las transferencias de financiación y de que las ayudas prescindían de “forma total y absoluta del procedimiento administrativo establecido”.

Como admite Griñán en su libro, él y Chaves se convirtieron en personas muy molestas para el PSOE. En privado han recibido el cariño y el apoyo de muchos dirigentes del partido, pero se les ha intentado invisibilizar. Salvo José Luis Rodríguez Zapatero, en la pasada campaña electoral, nadie reivindicó los 19 años de la presidencia de Chaves en la Junta de Andalucía ni los cuatro de Griñán.

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