Casado se despide del Congreso entre el aplauso de quienes lo han abandonado

“Entiendo la política desde el respeto a los adversarios y la entrega a los compañeros”, ha dicho Casado en su adiós | Sánchez proclama “solemnemente” que no aprovechará la crisis del PP para convocar elecciones

El presidente del PP, Pablo Casado, sale del hemiciclo tras su intervención en la sesión de control, este miércoles.Foto: Bruno Thevenin

Todo el hemiciclo lo miraba, todas las cámaras lo apuntaban; los suyos, los que hasta anteayer lo estaban jaleando, se esforzaron por aparentar normalidad, por aplaudirle como si no lo hubiesen dejado en la estacada en el último momento. Allí, en medio de un salón de plenos repleto, con todos los focos cayendo sobre él, Pablo Casado era un hombre solo. El presidente del PP no rehuyó la papeleta y, aun apaleado por su partido, acudió al Congreso de los Diputados para su última sesión de control al Gobierno. No estuvo más de nueve minutos. Leyó un discurso de despedida que pretendía ser también una declaración de principios, escuchó la respuesta del presidente del Gobierno y, nada más acabar, se levantó y enfiló rápidamente la salida con aire digno y apesadumbrado. Solo tres fieles lo acompañaron. Para el resto, todos los que se quedaron pegados a sus escaños, la vida sigue, a la espera de un nuevo jefe.

Casado mantuvo la incógnita hasta última hora. No había retirado su pregunta al presidente, a pesar de que todo el mundo se echaba las manos a la cabeza: ¿de verdad que en su situación, repudiado por su partido, iba a tener los arrestos de plantear por enésima vez a Sánchez “cuánto más está dispuesto a ceder a sus socios independentistas para seguir en La Moncloa?”. A las 8.30, media hora antes del inicio, el equipo de Casado lo confirmó: iría al pleno y defendería su pregunta.

Entró al hemiciclo escoltado por la dirección de su grupo, la portavoz, Cuca Gamarra, y el secretario, Guillermo Mariscal, dos de los que el martes se habían bajado a toda prisa del barco. En los escaños, otros dos diputados, Mario Garcés y Carlos Rojas, amagaron con un aplauso que nadie secundó. El todavía líder del PP, aun con rostro grave, no dejó entrever ninguna mirada de reproche, solo alguna sonrisa forzada.

La presidenta del Congreso, Meritxell Batet, abrió la sesión y leyó el primer punto: “Pregunta de don Pablo Casado Blanco…”. El aún líder del PP se levantó, y esta vez sí, tiró de papeles, enterró cualquier atisbo de la agresividad verbal que tantas veces ha derramado sobre el hemiciclo y leyó su despedida.

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Fue una apelación a la concordia, empezando por su primera frase, en la que no olvidó recordar que este miércoles se cumplen 41 años del 23-F. Glosó los avances alcanzados con la Constitución y sostuvo que su empeño ha sido “ensanchar el espacio de la centralidad”, aunque su discurso no siempre haya sonado así. No hubo alusiones a lo sucedido en el PP, ni ningún reproche a los suyos. Y el único dirigido al Gobierno fue indirecto, una invitación al PSOE a permanecer en ese espacio central “sin necesidad de pactos con los que no creen en España ni de alianzas con los que han atentado contra ella”. “Espero que el Gobierno se ponga al servicio del interés general con respeto a las instituciones, a la unidad nacional y a la igualdad de todos los españoles”, añadió.

Reservó la última frase para una pequeña reivindicación personal: “Entiendo la política desde la defensa de los más nobles principios y valores, desde el respeto a los adversarios y la entrega a los compañeros. Todo para servir a España y a la causa de la libertad”. Los diputados del grupo popular no dejaron de dedicarle su aplauso. Primero sentados, con cierta timidez, y luego ya en pie.

No fue una de esas ovaciones entusiastas que la bancada popular solía prodigar al jefe en sus duelos más enconados con Sánchez. Era más bien un ritual de despedida de quienes han corrido en las últimas horas a guarecerse bajo el manto de los ganadores en la batalla interna que ha acabado con el líder al que hasta hace poco colmaban de adulaciones. Solo una diputada, la gallega Marta González, permaneció sin aplaudir

Sánchez venía dispuesto a no hacer leña del árbol caído y se atuvo al guion. Le deseó lo mejor “en lo personal” a su hasta ahora adversario, aunque tampoco pudo evitar una recriminación: que en estos dos últimos años haya puesto en duda la legitimidad de su Gobierno.

El presidente aprovechó para comprometerse “solemnemente” y por “sentido de Estado” a no sacar partido de la crisis del PP y convocar elecciones. “Queremos conseguir la confianza de los españoles basándonos en nuestro mérito y no en la debilidad de nuestros adversarios”, aseguró, “para nosotros eso es patriotismo democrático”.

En cuanto Sánchez se sentó en su escaño, Casado se levantó en la fila opuesta, se quitó brevemente la mascarilla para saludar a su grupo y, con paso apresurado, tomó el pasillo de salida. Solo tres de los que han permanecido fieles a él hasta el momento final lo acompañaron en el trance: Ana Beltrán, Pablo Montesinos y Antonio González Terol. En el hemiciclo quedó un aire espeso. Las sesiones de control suelen ser ruidosas, hasta jaraneras en determinados momentos, pero este miércoles todo era un silencio de funeral, incluso entre los rivales del líder caído.

Los diputados del PP prosiguieron su tarea de interrogar al Gobierno con tono desfallecido. De los demás grupos, Inés Arrimadas y Edmundo Bal, de Ciudadanos, dedicaron palabras de despedida a Casado. No hubo más alusiones a la crisis del PP que una de la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, quien espetó al diputado Diego Movellán: “Ustedes no están capacitados para gobernar, no dedican ni un solo minuto a los problemas de los españoles”.

La referencia molestó mucho a la exministra Elvira Rodríguez, quien en una intervención posterior se quejó: “No están siendo días buenos para mi partido, pero estamos aquí como una oposición responsable. Por eso no hay derecho a lo que ha dicho la vicepresidenta segunda”. La controversia no pasó de ahí y el pleno siguió sin abandonar esa atmósfera mortecina que había dejado la estampa de Casado, un hombre solo en medio de una Cámara repleta.

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Sobre la firma

Xosé Hermida

Es corresponsal parlamentario de EL PAÍS. Anteriormente ejerció como redactor jefe de España y delegado en Brasil y Galicia. Ha pasado también por las secciones de Deportes, Reportajes y El País Semanal. Sus primeros trabajos fueron en el diario El Correo Gallego y en la emisora Radio Galega.

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