Opinión
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Cerrar las heridas entre Puig y Oltra: la aritmética electoral es la que es

La cohabitación desgasta mucho y el teléfono rojo ya llevaba demasiado tiempo sin sonar, pero a fecha de hoy, no hay alternativa al Gobierno del Botánico.

El presidente de la Generalitat, Ximo Puig, recibe la felicitación de la vicepresidenta, Monica Oltra, tras anunciar su gobierno el pasado año.
El presidente de la Generalitat, Ximo Puig, recibe la felicitación de la vicepresidenta, Monica Oltra, tras anunciar su gobierno el pasado año.Kai Försterling / EFE

En su primer discurso como presidente electo de los EE.UU, Joe Biden apeló a la unidad del país, reciamente polarizado tras cuatro años de administración Trump y una bronca campaña electoral mediante. “Es el momento de cerrar las heridas”, expresó el demócrata, mientras su oponente seguía abonando la polarización social al lanzar toneladas de basura dialéctica para cuestionar la pulcritud del proceso electoral y su resultado.

Una asesora de Trump, para justificar las habituales mentiras de su jefe, despachó a los informadores que le inquirían por tan grosera costumbre presidencial con la explicación, no menos burda, de que el ahora presidente en funciones de USA daba cuenta de “hechos alternativos”, obviando que las opiniones pueden ser alternativas, pero los hechos, no. Los hechos son sagrados.

No nos consta que nadie con peso en el Consell, el gobierno de los valencianos, haya lanzado un tiro al aire, al estilo de Biden, para señalar que el único camino posible para recobrar la paz en el ejecutivo valenciano pasa por cerrar las heridas abiertas. Y también por eliminar narrativas con hechos alternativos que confunden a los ciudadanos y añaden zozobra a la que de por sí genera la pandemia que nos asola. ¿Es sensato que Ximo Puig y Mónica Oltra discrepen públicamente sobre el rigor de las medidas restrictivas a adoptar para acotar la expansión del coronavirus?

Los expertos en dirección de equipos y recursos humanos suelen advertir que las organizaciones mediocres se caracterizan por dedicar grandes esfuerzos a inútiles conflictos internos, en vez de canalizar esa energía en definir estrategias y tácticas encaminadas a alcanzar los objetivos propuestos.

Quedan por delante dos años y medio de legislatura autonómica que se nos van a hacer muy, pero que muy largos, si los tres socios que integran el gobierno de la Generalitat -PSPV-PSOE, Compromís, y Unidas Podemos- se empecinan en resolver sus discordancias del modo en que lo vienen haciendo: a garrotazos goyescos. Si siguen dedicando arrestos a encabronarse entre ellos y no a pergeñar iniciativas en respuesta a los grandes retos que la Comunidad Valenciana tiene por delante. Con una tasa de desempleo juvenil que roza el 40% en tierras valencianas, resulta obscena cualquier diferencia entre socios de gobierno que no vaya encaminada a corregir esa y otras disfunciones, como garantizar la calidad de vida del colectivo de la tercera edad más vulnerable: en los últimos diez años no se ha construido una sola residencia pública en la Comunidad Valenciana.

Cuando arrancó la presente legislatura escribimos que la suspicacia instalada entre Ximo Puig y Mónica Oltra -padres fundadores del Gobierno del Botánico- iba a exigir una especie de línea caliente, un teléfono rojo que permitiese desactivar los conflictos que se anunciaban en el horizonte. Y no, el origen de los recelos no fue la decisión de Puig de adelantar las elecciones en contra del criterio de Oltra y Compromís. Esa fue una más de las consecuencias de un deterioro fechado meses antes. La cohabitación desgasta mucho y el teléfono rojo ya llevaba demasiado tiempo sin sonar.

Los peor de todo este follón entre los dos principales socios del Consell, narrado por los medios de comunicación y amplificado por el uso torticero de las redes sociales, es que es gratuito. A fecha de hoy, no hay alternativa al Gobierno del Botánico. La aritmética electoral es la que es y el PSPV-PSOE, por muchos acercamientos que haga a C’s y por más que Puig reciba a Toni Cantó todas las semanas en el Palau de la Generalitat, necesita a Compromís para gobernar. Y a Unidas Podemos. No se aprecia en el horizonte de la demoscopia electoral un cambio de tendencia que permita elucubrar sobre un futuro gobierno valenciano conformado por socialistas y C’s. La polarización política y la fragmentación del espacio electoral enterraron las grandes mayorías y el bipartidismo. La miopía política de Albert Rivera anegó el camino para convertir a C’s en el partido bisagra que podía haber sido. Inés Arrimadas se afana en conseguirlo, pero está por verse que logre tal objetivo y que el electorado se deje seducir por la nueva estrategia.

¿Que sería menor el incordio si el PSPV-PSOE no tuviese que tener en cuenta a sus socios nacionalistas? Pues pico y pala, y a trabajarse la mayoría absoluta de cara a 2023. Mientras tanto, los mimbres son los que son y parece poco inteligente ningunear a aquellos que te son necesarios.

La coalición Compromís también tendrá que hacérselo mirar. Tiene que restañar sus propias heridas internas y sacar sus cuentas. El sueño de asestar un sorpasso al PSPV-PSOE se ha desvanecido y para seguir tocando poder, sí o sí, tendrán que mantener las alianzas suscritas hace ahora seis años. Por otro lado, cuestionar a Mónica Oltra como activo electoral y sugerir su candidatura al ayuntamiento de Valencia como premio de consolación, se nos antoja, hoy, muy arriesgado.

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