La crónica

El pulso político que terminó con el cierre de Madrid: “Necesitamos tiempo, ministro. Una semana” “No lo tenemos. Está descontrolado”

El acuerdo estuvo prácticamente cerrado dos veces entre los técnicos, pero Ayuso se echó atrás al comprobar que solo entraban en las restricciones ciudades de la comunidad

Isabel Díaz Ayuso e Ignacio Aguado se despiden del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la Puerta del Sol de Madrid el 21 de septiembre.
Isabel Díaz Ayuso e Ignacio Aguado se despiden del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la Puerta del Sol de Madrid el 21 de septiembre.Andrea Comas /

Es casi imposible ver a Salvador Illa perder los nervios. El ministro de Sanidad del epicentro europeo de la peor crisis sanitaria en más de un siglo ha sabido conservar la calma incluso en los peores momentos, con más de 1.000 muertos al día y los hospitales colapsados. Este licenciado en Filosofía es sobre todo un veterano político que sabe resistir. Pero en la tarde del martes, después de una semana durísima en la que por primera vez había cambiado radicalmente su tono amable para exigir a Madrid que retomara el control de la pandemia, Illa ya no está para bromas.

Quedan unas horas para un Consejo Interterritorial que aprobaría definitivamente el confinamiento de la capital, la peor ciudad dentro del peor país de Europa. Illa había trabajado a conciencia el acuerdo. Había cedido en casi todo, menos en la necesidad de cerrar Madrid, al menos parcialmente. Durante el fin de semana había hablado con todos los consejeros autonómicos. Había aceptado la solución que proponía el PP: tomar una medida que valiera para toda España para dar cobertura política a Madrid, que no quería algo específico para ellos. Había cambiado incluso los criterios iniciales para adaptarlos a lo que el Gobierno regional exigía.

Y ya no podía más con las dudas de Enrique Ruiz Escudero, el consejero de Sanidad madrileño, con el que ha compartido muchísimas horas en estos meses. Otros consejeros recuerdan que a veces, cuando se reunían todos por videoconferencia, Escudero estaba en el ministerio, sentado junto a Illa. Durante algunas semanas prácticamente trabajaban juntos. Madrid siempre fue el gran problema en la fase inicial de la pandemia. Y ahora vuelve a serlo. Llegaron a mantener una relación muy cercana. Pero ahora la desconfianza entre ambos es absoluta.

—Vamos a ver, consejero. ¿Tenemos un acuerdo o no?—Sí, sí, ministro, pero faltan detalles —titubea Escudero, consciente de que ese pacto aún tenía que pasar el filtro político de su presidenta, Isabel Díaz Ayuso, y su principal asesor, Miguel Ángel Rodríguez, un hombre clave en toda la crisis, que ha estado en permanente contacto con Iván Redondo, el todopoderoso jefe de Gabinete de Pedro Sánchez. “Madrid no se puede cerrar, nos estamos arruinando”, dijo ella el domingo, cuando decidió por sorpresa contraprogramar en Antena3 a Illa, que tenía una entrevista en La Sexta cerrada hace tiempo. Pese a todo, el acuerdo avanza. Lo busca también Ignacio Aguado, el vicepresidente madrileño, de Ciudadanos, que durante el fin de semana ha llamado a todos los protagonistas para intentar que vuelvan a la negociación. La reunión en la que se está cerrando ese pacto es en su despacho, en la vicepresidencia. Y él quiere lograrlo a toda costa.

Esa mañana del martes, en una reunión de técnicos, el acuerdo ha quedado prácticamente cerrado. Sanidad, después de muchas gestiones, llamadas entre presidentes, consejeros, asesores y técnicos, ha aceptado lo que reclamaba Madrid: una medida común para toda España. El equipo de Fernando Simón plantea un criterio sencillo: cerrar todas las ciudades de más de 20.000 habitantes con una tasa de más de 500 contagiados por cada 100.000 personas, un 10% de positividad —el porcentaje de PCR que dan positivo— y un 20% de UCI ocupadas por la enfermedad. Eso incluía a unas cuantas fuera de Madrid, en especial Pamplona, pero también Tudela, Ciudad Real, Palencia o Talavera de la Reina. Madrid lo rechaza. Quiere subir a 100.000 habitantes y a 35% de UCI ocupadas, algo que facilitará que Madrid salga del corte cuando baje de su 42% actual. Sanidad acepta para que haya acuerdo.

Se está cerrando bilateralmente un pacto que implica a toda España, algo muy delicado políticamente. Pero a esas alturas Illa y su equipo quieren firmar casi como sea. Es un coste que deben asumir. El ministro lleva varios días diciendo que Madrid va tarde. Es urgente hacer algo.

Al subir a 100.000, en la Comunidad de Madrid, con los peores datos de España, se quedan fuera del confinamiento zonas residenciales del norte como Las Rozas, Majadahonda, Pozuelo, que no llegan a esa cifra. Y entran las populosas del sur: Móstoles, Getafe, Parla, Alcorcón y Fuenlabrada.

Cuando empieza la reunión política, por la tarde, los técnicos señalan que vienen con ese acuerdo muy trabajado. El propio Aguado se sorprende ante las buenas noticias. Illa quiere asegurarse. La semana pasada ya vivió la sensación de que había acuerdo y después llegó la ruptura.

—¿Pero estos umbrales son los definitivos? —pregunta Illa para que quede constancia.

—Estamos de acuerdo, sí. Pero necesitamos seguir concretando y añadir criterios —contesta el viceconsejero Antonio Zapatero.

Illa se pone serio. No quiere repetir la escena de la semana anterior. Necesita estar seguro de que lo que se habla allí es de verdad.

—Consejero, ¿esto va en serio? Si es así lo tenemos que defender mañana con convicción, que nos vean unidos.

—Sí, sí, ministro, hay principio de acuerdo. Pero tenemos que perfilar algún indicador más. Os enviaremos más detalles luego.

Todo va como la seda. Aguado está eufórico. Minutos después, escribe en redes sociales: “Satisfecho por haber alcanzado un principio de acuerdo con el Gobierno [central] para abordar de forma conjunta la batalla contra el virus”.

Los dos principales estrategas de ambos lados también hablan. Nunca han dejado de hacerlo. Redondo y Rodríguez se conocen hace tiempo. Ambos están especializados en lo mismo: comunicación política. Son ellos los que negociaron el encuentro de Sánchez y Ayuso rodeados de 24 banderas que abrió la negociación.

Después de una semana de batalla intensa, ambos se mensajean satisfechos porque las cosas van muy bien. Parece que habrá paz al final. La Comunidad manda un comunicado, eso sí, mucho menos eufórico que Aguado, que ha presidido la reunión. “Ambas Administraciones se han emplazado a seguir negociando los criterios técnicos para establecer medidas de restricción de movilidad”. Empieza la batalla interna que será clave. En el PP molesta mucho que Aguado venda el acuerdo como si fuera su artífice. Y le acusan de filtrar el pacto. Arranca el baile.

El contenido del acuerdo se publica en los medios. El papel era muy claro: ambas Administraciones habían pactado medidas que implicaban confinar la capital, el gran bastión del PP, y otras 10 ciudades en la Comunidad de Madrid, casi todas ellas en el sur obrero y gobernadas por el PSOE. Pero el problema es que al subir a 100.000 y 35% de UCI, solo quedan incluidas ciudades dentro de la región. Parece un traje hecho a la medida de Ayuso. Lo más extraño es que son sus técnicos quienes lo han tejido de forma involuntaria.

Illa comparece en rueda de prensa y se ve obligado a desvelar unos detalles que iba a guardar para el día siguiente. Aún parece que todo va bien. Pero en la Puerta del Sol, hasta entonces contentos porque habían logrado lo que querían, que hubiese un criterio común para toda España, empiezan a girar. “Bueno, bueno, aún queda mucho por negociar”, trasladan fuentes cercanas a la presidenta madrileña a última hora, ya de noche.

Los mensajes entre Redondo y Rodríguez cambian de tono. La mano derecha de Ayuso dice ahora que quiere ver “la letra pequeña”. Se acerca una nueva batalla, aunque en Sanidad aún pensaban que el problema lo tendrían con Cataluña, indignada porque se hayan pactado criterios que le afectan en una reunión bilateral con Madrid, justo lo que el PP criticó siempre cuando sucedía al revés. Pasan las horas y los técnicos de Madrid nunca mandan el documento que Sanidad esperaba esa noche para rematar el pacto.

Por la mañana del miércoles, en la reunión técnica que siempre prepara la interterritorial de la tarde, la Comunidad de Madrid rechaza el acuerdo. Exige otros criterios diferentes a los pactados el día anterior. Illa se acuerda entonces de lo que pasó el jueves anterior, que es donde empezó a romperse todo. Para entender esa desconfianza que tiñe todas las reuniones de esta última semana hay que ir más atrás, a la anterior, donde el desastre empezó a fraguarse después de las buenas palabras y las sonrisas de los líderes con esas 24 banderas traídas expresamente desde La Moncloa para el acto. Incluso había algunas más de reserva en la furgoneta por si acaso.

Volvemos al jueves de la semana anterior. Illa y Fernando Simón llevaban días diciendo en privado al consejero y a su equipo técnico que Madrid tenía que tomar medidas más drásticas. En realidad llevan todo agosto haciéndolo. Pero ese jueves Illa lleva un papel con esas medidas, para que quede por escrito. Básicamente, que el Gobierno regional extienda a toda la capital las restricciones de movilidad que ha aplicado sobre los barrios más afectados. Esto es: no dejar entrar ni salir de la ciudad salvo para trabajar, llevar a los niños al colegio o alguna tarea imprescindible. Madrid lo rechaza de plano. La tensión sube.

—Necesitamos tiempo para que nuestras medidas funcionen, ministro, danos una semana más —clama el consejero madrileño Illa no da crédito.

—No tenemos una semana más, consejero. Cada día hay más contagios. Está descontrolado. Tenéis el 40% de los casos de toda España. Confinar una parte de la ciudad no sirve. Y además genera desigualdad —se desespera Illa.

—Se está estabilizando. Tenemos datos mejores. Lo que necesitamos es que nos ayudéis con policías a vigilar las cuarentenas y también que cambiéis la normativa para que podamos contratar médicos extracomunitarios, insistía el consejero.

—No lo entendéis. Hay que tomar medidas drásticas ya. Es la región con peores datos de toda Europa. En otras ciudades se han tomado medidas con incidencias menores —se esfuerza Illa, que pese a su tono calmado empieza a perder la paciencia.

El clima se calienta. Tanto, que el fichaje estrella de esos días, Emilio Bouza, un respetado experto pactado por Illa y Escudero como portavoz de este comité, está desconcertado. No esperaba nada así cuando aceptó el puesto.

—Aquí hay dos visiones enfrentadas. Espero que lleguéis a un acuerdo. Yo soy el portavoz del grupo, no de ninguna de las partes —lanza Bouza. Dimitiría dos días después, desolado por el enfrentamiento.

Illa reclama entonces que se queden solos los técnicos de los dos departamentos con él, el consejero y Bouza para intentar llegar a un acuerdo. Esa parte es muy dura también, pero el ministro entiende que Escudero podía aceptar a regañadientes las medidas. Quedan en que se lo pensarían. A la mañana siguiente todo salta por los aires. Escudero le confirma que solo amplían las medidas a otras ocho zonas. Nada de cerrar toda la capital.

Redondo llama a Rodríguez. Es un momento cumbre de la crisis. El gurú de Sánchez le dice que no pueden hacerse responsables de un error como ese. Le adelanta que Illa va a salir en rueda de prensa a hacer públicas las recomendaciones del Gobierno.

—No estáis viendo el fondo del problema. Vienen semanas muy duras en Madrid, no hay tiempo —dice Redondo.

El tono entre ambos es bueno. Se respetan. Rodríguez insiste en que sus medidas son las correctas y necesitan tiempo para que se vea su efecto. Le reprocha además que den a conocer las recomendaciones. “Esto no va de imposiciones, estamos pidiendo ayudas concretas”, le dice. Es un momento de ruptura, pero el hombre fuerte del Gobierno regional deja abierta una puerta al acuerdo:

—Cualquier cosa que propongáis tiene que ser para toda España, no solo para Madrid.

Durante el fin de semana, mientras millones de personas siguen el espectáculo de cómo se pelean las dos Administraciones más importantes para resolver la peor pandemia de la historia en su epicentro europeo, por debajo hay mucho movimiento político. Esto no va solo de Madrid. Castilla y León y Castilla-La Mancha, las dos fronteras de la comunidad, asisten atónitas a un problema que les perjudica directamente. Miles de personas que trabajan en Madrid viven o tienen su segunda residencia allí. Las cifras de contagios en las provincias frontera con Madrid doblan a las de aquellas que están más lejos.

Los dos consejeros de Sanidad hablan con su colega madrileño. Intentan convencerle de que hay que pactar una salida. Illa llama a todos los consejeros, como hace casi a diario. Pero no al de Madrid. El enfrentamiento fue muy duro el jueves y la tensión del viernes, con ruedas de prensa simultáneas diciendo cosas muy distintas, ha abierto una gran brecha entre los dos políticos.

El presidente de Castilla y León, el popular Alfonso Fernández Mañueco, habla con Illa y con Ayuso. Es Mañueco quien empieza a orquestar una salida: un acuerdo en la interterritorial que está prevista para el miércoles con todos los consejeros. Algo que afecte a toda España, como le había pedido Rodríguez a Redondo. El presidente andaluz, Juan Manuel Moreno, manda una carta al ministro reforzando esa posible salida. Galicia y Murcia, también del PP, están de acuerdo.

Varios barones populares trasladan en privado su inquietud por la deriva de Díaz Ayuso. Creen que sus vaivenes están perjudicando la imagen del partido, que siempre ha centrado su mensaje en la buena gestión. Ayuso es muy criticada internamente. Cada vez está más sola con Rodríguez, pero cuenta con el apoyo clave: el de Pablo Casado.

Los barones están inquietos, pero quieren una salida. Sobre todo Mañueco, el más afectado por el contacto con la Comunidad de Madrid. Todo empuja hacia el acuerdo. También la presión de Aguado. Y las llamadas de la consejera de Castilla y León Verónica Casado, una independiente muy respetada que fue propuesta por Ciudadanos, y de Jesús Fernández Sanz, de Castilla-La Mancha, con muy buena relación con su colega madrileño. Los consejeros de Sanidad suelen tener un perfil muy técnico. Entre ellos se llevan bien. Y mucho más después de meses de crisis en los que todos se ayudaban mientras sus jefes políticos discutían en el Congreso.

Entre todos, sumado a la velada amenaza de intervenir que La Moncloa traslada el fin de semana, logran que el consejero madrileño vuelva a la negociación poco después de que su presidenta cargue contra el Gobierno central en Antena 3. Escudero escribe unos mensajes a Illa el domingo, ya de noche, después de la larga entrevista del ministro en La Sexta. Quedan para el día siguiente y vuelven a negociar.

Pero después del fiasco del martes, donde todo parecía cerrado, el miércoles es el día definitivo. De nuevo, detrás de las cámaras, Redondo y Rodríguez siguen sus contactos. El hombre de Sánchez no da crédito. Le pregunta a su colega si de verdad van a votar en contra del acuerdo del día anterior. Rodríguez contesta que no se cerró ningún acuerdo. Y le anima a seguir negociando. Pero ya empieza a ser tarde. Illa sigue con contactos permanentes con consejeros hasta que llega a una conclusión: Madrid no va a aceptar el acuerdo. Y entonces deciden que, de forma muy inusual, la decisión se votará. Sabe que puede contar con un apoyo mayoritario. Incluso cree contar con algunas comunidades del PP, en especial Castilla y León, que lleva semanas apostando por un acuerdo de criterios comunes.

El Gobierno contempló todo tipo de escenarios este verano. Y este de una votación dividida era uno de ellos. Así que Illa tiene un informe de la Abogacía del Estado del 27 de agosto que dice que lo que allí se acuerde por mayoría es de obligado cumplimiento para todas. Con ese aval, el ministro va a la reunión decidido a seguir adelante. Ya solo queda un paso para lograr —con casi dos semanas de retraso— el objetivo inicial: limitar los movimientos en Madrid para controlar la pandemia en la capital.

La cita empieza regular tirando a mal. Se habla en orden de aprobación de los estatutos de autonomía, así que Madrid irá al final. Empieza el País Vasco, que apoya, aunque con críticas. Pero Cataluña no. Está indignada porque se ha tomado a sus espaldas una decisión que afecta a todos. Y critica al Gobierno madrileño sin mencionarlo.

—Nosotros confinamos Lleida y redujimos la movilidad en Barcelona. Algunas comunidades no han actuado cuando tocaba, sentencia Alba Vergés, la representante catalana.

A partir de ahí algunas comunidades del PP empiezan a mostrar reticencias. Andalucía dice que es “insuficiente y poco elaborado”. Galicia añade que genera “inseguridad jurídica”. Piden que se abra a cambios. Illa se muestra dispuesto, pero ve la jugada dilatoria. El documento se tiene que aprobar y luego se podrán cambiar cosas, explica. No puede esperar más para controlar la pandemia en la capital. Y entonces habla Madrid. Escudero se enfrenta primero con Cataluña, también sin mencionarla. Pero todos entienden.

—No voy a aceptar que se den lecciones a Madrid de cómo afrontar la pandemia.

Pero su objetivo no es Cataluña, sino Illa. Todos los consejeros, acostumbrados a reuniones técnicas en las que siempre hay acuerdo y nunca se vota, se sorprenden ante la tensión evidente entre ambos. Illa había dicho al principio que había contactado con todos los consejeros durante el fin de semana y había acuerdo en buscar unos criterios comunes. Escudero se revuelve. A esas horas la ruptura es un hecho.

—Si no llego a llamarte yo el domingo, tú no me llamas —le escuchan decir tras recriminar al ministro que el martes saliera en rueda de prensa a hablar de un acuerdo que no estaba cerrado.

—No es momento ni el lugar para discutir estas cuestiones. Si yo hubiese entendido que no había acuerdo no habría salido. Yo solo pretendía poner en valor el acuerdo ante los ciudadanos —contestará luego Illa.

Ahí llega Castilla y León, la última en hablar. Y apoya la propuesta de Illa, tras recordar que es lo que ellos pedían hace semanas. Ya no hay bloque de las comunidades del PP. Illa entonces reclama que todas fijen posición con claridad. Y que se vote. Plantea que solo hablen las que están en contra. Arranca el País Vasco pero dice que está a favor. Illa insiste, solo las que están en contra. Entonces hablan Andalucía, Galicia, Madrid y Ceuta. Murcia duda.

—¿Es sí, no, o abstención? —pregunta Illa.

—Abstención, le oyen claramente al consejero, que había defendido siempre estos baremos comunes. Después Murcia dijo que había sido un error. El PP quería actuar como un bloque. Pero Mañueco y su consejera independiente se niegan. Apoyan la propuesta, y según varios consejeros, argumentándolo con más vehemencia que comunidades del PSOE.

La reunión de la ruptura ha acabado. Madrid ya sabe que ha perdido la batalla. Illa envía una orden de obligado cumplimiento a las 22.48. No hará falta ni 155, ni estado de alarma, ni aplicar el decreto de nueva normalidad. No hay intervención, sino cumplimiento de un acuerdo de un órgano federal como el Consejo Interterritorial. Es muy difícil de combatir. El cierre de Madrid para el viernes por la noche, 48 horas después de enviar esa orden, es un hecho en ese momento que conocen todos los protagonistas de este drama coral.

Pero el Gobierno regional quiere dejar claro hasta el final que no está de acuerdo. La Comunidad incluso recurre la orden ante la Audiencia Nacional. Sobre todo quiere que se sepa que no se van a hacer cargo de las consecuencias de esta decisión. Ayuso ya tiene un culpable para la dura crisis económica que viene ahora: el Gobierno central. Y se lanza en tromba. La presidenta tuitea: “Desde mañana, podrás llegar a Madrid desde Berlín pero no desde Parla. Gracias por el caos, Pedro Sánchez”. El alcalde de Parla, el socialista Ramón Jurado, le recuerda que el lunes, como cada día de semana, 50.000 vecinos de su ciudad irán a trabajar a la capital, algo que permite este confinamiento parcial. Pero eso son matices. El mensaje ya está claro. Todo lo que pase a partir de ahora será culpa del Gobierno de Sánchez. Ayuso vuelve así a la casilla de salida.

Con información Jessica Mouzo, Sonia Vizoso y Eva Saiz.


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