Gijón, deliciosas excursiones entre bosques y el mar
Pese a su condición de ciudad industrial y portuaria, la urbe asturiana parece hecha para los caminantes. La extensa red de sendas que la rodean lo demuestra


Una de las cosas que más me gustan de Gijón es que, a pesar de ser una gran ciudad, el campo y la montaña se meten en ella. Existe una red de senderos peatonales y ciclistas que en cinco minutos y desde el pleno centro urbano te trasladan, cual túnel del tiempo mágico, a lo más bello del prao y la montaña astur.
Entre las más recomendables está la senda verde del río Piles, que tiene nueve kilómetros, con dos itinerarios diferentes, y va desde la playa de San Lorenzo hasta el pueblito de La Camocha. Se trata de un sendero ancho y bien trazado, rodeado de vegetación, muy frecuentado por senderistas y ciclistas y muy fácil de acceder: el principio y final está en el puente sobre el río Piles, junto al citado arenal.
Otra senda fluvial y periurbana es la del río Nora. Esta empieza junto al campo de golf La Llorea y discurre a lo largo de cinco kilómetros hasta la playa de La Ñora. Cinco puentes de madera ayudan a salvar los arroyos, mientras que una densa vegetación cubre ambas márgenes. Parece mentira que tan cerca de una gran ciudad uno pueda sumergirse en un ambiente más propio de montaña boscosa.

Y hay más. La senda de Peñafrancia, por ejemplo, que comienza en la rotonda de La Guía, muy cerca del estadio de El Molinón, y discurre durante seis kilómetros hasta el lavadero de Deva, un conjunto con fuente, lavadero y puente de piedra en un gran estanque, en las inmediaciones del campus universitario. O la vía verde de La Camocha, que aprovecha siete kilómetros de un viejo ferrocarril entre el poblado de Santa Bárbara y los castilletes del antiguo complejo minero La Camocha. Entre todas hacen de la ciudad más grande y poblada del Principado de Asturias un lugar amigable y sensato, un entorno urbano que no agrede al peatón, sino que le acoge y le facilita la vida.
Pero lo maravilloso de Gijón para los amantes de descubrir los territorios, como decía William Faulkner, con la suela de los zapatos es que también ofrece muchos kilómetros para caminar mirando al mar, oliendo a algas y sal y escuchando el graznido de las gaviotas.

Puedes hacerlo en el cerro de Santa Catalina, el gran parque urbano abocado al Cantábrico, con unos 70.000 metros cuadrados de praderas, senderos, bancos y restos de viejas baterías costeras, todo ello coronado por el famoso Elogio del Horizonte, de Eduardo Chillida. Desde allí arriba se divisan muy bien las dos bahías entre las que nació la ciudad, la de la playa de San Lorenzo, por un lado, y la que hoy acoge el puerto del Musel, por otro.

Pero el mejor lugar sin duda para caminar sintiendo la presencia del mar es el Muro de San Lorenzo, el gran paseo marítimo que escolta la playa del mismo nombre, uno de los mejores arenales urbanos de España. El Muro de San Lorenzo es el gran escaparate mundano de Gijón, el lugar al que ir a pasar o a correr a cualquier hora del día, a ver y a ser visto, a tomar el sol o el aperitivo, el lugar que lleva siempre al sitio que buscas. El tramo en paralelo a la playa tiene 1,8 kilómetros, pero hace ya años que se logró darle continuidad con otras zonas costeras. Así, tras San Lorenzo empieza el paseo del Rinconín, que se prolonga por otros casi dos kilómetros. Y este enlaza a su vez, una vez pasado el camping, con la senda del Cervigón, de unos tres metros de ancho que llega hasta la playa de La Ñora. Los tres tramos juntos juntos suman unos ocho kilómetros de maravilloso paseo junto al mar, dotado, además, con áreas de descanso, bancos, fuentes, miradores, esculturas al aire libre e iluminación nocturna para goce y disfrute de locales y forasteros.

Un deleite para los vecinos en una urbe que parece más pensada para ellos que para los coches.


























































