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Blogs / El Viajero
El blog de viajes
Por Paco Nadal

Los atractivos de Finistère, el final de la tierra a la francesa

Un viaje por este departamento francés en la esquina oeste de la región de Bretaña entre faros, senderos, aldeas, playas de arena fina y blanca y costas donde las leyendas marcan aún la identidad

Un menhir en Menez-Ham, localidad en la llamada Costa de las Leyendas, en Finistère (Francia).Ida Plaza

El Imperio Romano era tan grande que tenía dos finales del mundo. Uno estaba en Hispania: es el Fisterra gallego, finis terrae de las tierras conocidas hasta 1492. El otro se ubicaba en el extremo occidental de la Galia y también era finis terrae. Es el actual Finistère, hoy departamento francés en la esquina oeste de la región de Bretaña. Como el gallego, este Finistère bretón es tierra de cultura celta, de cielos nubosos, de rías y mareas, de gran tradición marinera, de mucho marisco (aquí priman las ostras) y de una fuerte identidad, fruto del aislamiento.

He viajado muchas veces por esta región francesa de alma salvaje, de acantilados y faros, enfrentada al océano y tan alejada del refinamiento parisino. En esta ocasión, quiero explorar una parte de su costa norte, la que llaman Costa de las Leyendas, donde el paisaje litoral no está definido por esos grandes acantilados que sí aparecen en las Côtes-d’Armor o en la península de Crozon. En la Costa de las Leyendas los mullidos prados verdes llegan hasta las playas de arena fina y blanca, mientras las mareas lamen una y otra vez grandes domos de granito que se suceden durante kilómetros y kilómetros, como si algún gigante se hubiera entretenido en esparcirlos de manera caprichosa.

El núcleo más estricto de esta costa abarca unos 15 kilómetros entre las comunas de Guissény y Goulven, a poco más de media hora en coche de la ciudad de Brest. Pero paisajística y emocionalmente se puede ampliar desde Brignogan-Plage hasta las proximidades de Plougonvelin, integrándose a menudo en la descripción del Pays des Abers.

Lo del nombre no es solo una operación de marketing turístico. Históricamente, sus habitantes fueron conocidos como pagan (paganos) y, por su aislamiento y su relación con el mar, la zona fue pasto de mitos más o menos veraces, cuentos populares y leyendas. La más común de todas, la que le contará cualquier habitante al que le pregunte, es que estos pagan colgaban fanales en los cuernos de las vacas en los prados cercanos a la costa para que los barcos que pasaban, al ver la luz, pensaran que era un puerto seguro y enfrentaran el naufragio al intentar buscar refugio; luego, los aldeanos saqueaban el pecio e incluso robaban y asesinaban a los infortunados náufragos que habían sobrevivido a la tragedia. Esta es la más asentada, pero leyendas hay muchas más.

La puerta de entrada y lugar más turístico de la Costa de las Leyendas es Menez-Ham, una antigua aldea de pescadores y recolectores de algas encastrada entre grandes roquedos que quedó abandonada por las duras condiciones de vida y el aislamiento en la década de los setenta y fue restaurada tal cual, con sus paredes de piedra y sus techos de paja, a principios de los años 2000. La foto más famosa es una construcción con techo de piedra a dos aguas encajada literalmente entre dos grandes peñascos graníticos y que tiene mucho que ver con su fundación. Era un puesto de vigilancia levantado en 1756 por orden de Vauban, el famoso ingeniero militar de Luis XIV, para avisar de posibles ataques de la flota inglesa. El techo era de piedra, a diferencia del resto de viviendas de la zona, para resistir los vientos huracanados, pero, sobre todo, para que la construcción se mimetizara con el caos granítico de la costa, pasando desapercibida desde el mar. Con el tiempo, los soldados se fueron y los reemplazaron aduaneros que controlaban el contrabando desde las costas inglesas. Y al irse estos, las viviendas las ocuparon paysans-pêcheurs-goémoniers, es decir, campesinos, pescadores y recolectores de algas que recogían el sargazo y las algas que quedaban a la vista en las mareas para usarlas como abono o para quemarlas en hornos de piedra y extraer yodo.

Hoy, a Menez-Ham llegan decenas y decenas de turistas atraídos por el curioso emplazamiento de la aldea, por la belleza del paisaje que la rodea y por las muchas actividades que organiza la oficina de turismo, de talleres de cestería a excursiones de algas para conocer el fascinante mundo de estos organismos fotosintéticos, con degustación final incluida (la mayoría de las algas son comestibles). El antiguo edificio de los aduaneros alberga cuatro tiendas-taller de artesanos y un museo. En el viejo horno de pan se exhibe un vídeo en el que se cuenta la historia del lugar. Y otro de los edificios se ha reconvertido en un agradable bistrot de ambientación marinera en el que probar la gastronomía local, incluido el famoso y contundente kig ha farz, el cocido bretón a base de codillo y tocino de cerdo, morcillo de ternera y verduras. Hay también un albergue con nueve habitaciones que funciona como gîte d’étape.

Todo este litoral se puede recorrer, por supuesto, en coche, pero la mejor manera de apreciarlo y saborearlo es caminando por el GR 34, el sendero de los aduaneros que recorre toda la costa bretona. Es una de las mejores sendas de litoral que conozco, con una extensión total de casi 2.000 kilómetros, siempre pegada al mar y sus acantilados. Esta zona de la Costa de las Leyendas y del Pays des Abers es especialmente recomendable para senderistas porque el litoral es muy llano, sin grandes desniveles, y el sendero se desliza por enormes playas junto a rasas intermareales, salpicadas por bloques de granito de una belleza en algunos momentos sublime.

La senda está prohibida para las bicicletas, pero los amantes del cicloturismo encontrarán muchas rutas señalizadas por caminos locales asfaltados con poco tráfico. De hecho, el trasiego de cicloturistas que vi durante mi estancia fue infinitamente mayor que el de senderistas.

El otro paisaje definitorio de la costa bretona son los faros. Finistère es la región con mayor concentración de faros de Europa y posiblemente del mundo: unos 50 faros y balizas en sus 1.273 kilómetros de costa continental (mil más si contamos las islas), algo normal cuando se tiene en cuenta lo tortuoso de este litoral, la violencia de las tormentas en la zona y la intensidad del tráfico marítimo por el Canal de la Mancha.

En el vecino Pays de Abers se levanta uno de los icónicos, el faro de la Île de Vierge, la isla de la Virgen, que con 82,5 metros es el más alto de Europa y el más alto del mundo construido a la manera tradicional, con sillares de piedra. Se puede visitar con las excursiones en barco que zarpan los días que no hay mala mar desde el puerto de L’Aber Wrach. El trayecto dura 30 minutos y, una vez en la isla, personal de la oficina de turismo explica la historia de su construcción en 1902, el porqué de su altura y también la presencia de restos de un monasterio que los monjes franciscanos levantaron aquí en el siglo XVI y en el que apenas duraron 70 años, dadas las duras condiciones de habitabilidad. Aunque el faro está en uso, es visitable… siempre que estés en condiciones de afrontar los 365 escalones que hay en el extremo superior. En realidad, en la isla existen dos faros casi juntos; este alto y otro, el pequeño, que fue el primero en alumbrar la costa a mediados del siglo XIX. Su fuste blanco se eleva “solo” 33 metros y su casa del farero se ha reconvertido ahora en una ecogîte, un alojamiento rural que se alquila completo con capacidad para nueve personas (desde 640 euros la noche).

Hay muchas más cosas que ver y hacer en esta costa norte de Finistère. Pasear por sus dos ciudades más encantadoras: Roscoff, puerto pesquero con un casco histórico bellísimo y mucho ambiente de terrazas y bares, y Morlaix, al final de la ría homónima, con su icónico viaducto de piedra para el ferrocarril y sus casas de entramado de madera construidas en el siglo XVI por ricos comerciantes de lino. Descubrir desperdigados por los verdes prados multitud de menhires y otras evidencias del megalitismo. O ermitas rurales de oscuro granito con sus calvaires (los cruceiros, en versión gallega), de los que hay más de 10.000 por toda Bretaña. Ir a comprar productos de cercanía, de quesos a mariscos, a los mercados callejeros, una tradición muy del gusto francés —en Lannilis, por ejemplo, se celebra todos los miércoles uno de los más grandes de la comarca—. Probar la rica gastronomía bretona, ya sean crêpes y galettes o el kouign amann, el dulce por excelencia, un hojaldrado de masa de harina con mucha mantequilla y azúcar que es el tesoro más célebre (y calórico) de la repostería de Bretaña.

Y, sobre todo, si te gustan las ostras, darte verdaderos homenajes a unos precios superasequibles si se comparan con los de otros lugares. Finistère, en concreto, y Bretaña, en general, es el paraíso de las ostras y se pueden encontrar buenas, muy buenas y sublimes en todos los restaurantes, incluso en los más sencillos como parte del menú del día, desde 1,8 euros la unidad las número 3, que serían las estándar. Buenas, bonitas y baratas; un lujazo para gastrónomos.

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