Exprimiendo Bangkok, la metrópoli mutante
La capital de Tailandia es una de las urbes más dinámicas e interesantes de Asia. Estos días, además, se prepara para la inminente llegada del Songkran, el Año Nuevo tailandés que se celebra a mitades de abril


Un Mercedes de gama alta se detiene en la puerta del hotel Hilton de Bangkok, a orillas del río Chao Phraya. Una pareja de ejecutivos vestida, tanto él y ella, con trajes de marca y maletines de diseño italiano desciende del vehículo. A su alrededor se elevan otras torres de rascacielos que albergan más hoteles de lujo (Shangri-La, Lebua, Mandarin Oriental, Sukhothai), oficinas acristaladas y sedes de compañías multinacionales. Junto al Hilton, bajo la fachada que da al río, hay un embarcadero del que salen pequeñas lanchas que se dirigen a la otra orilla, a Thonburi, el barrio histórico de la capital de Tailandia. Allí no hay calles, solo canales de aguas estancadas; las casas son palafitos de madera y chapa, la gente vive en cuclillas sobre esteras vegetales y se comercia aún desde piraguas atestadas de todo tipo de productos que manejan mujeres protegidas por un gorro de paja de arroz. Un siglo de distancia entre una orilla y otra del mismo cauce. Así es Bangkok, la reina de los contrastes.
Estos días, además, se prepara para la inminente llegada del Songkran, el Año Nuevo tailandés según el calendario solar, que este 2026 se celebra oficialmente del 13 al 15 de abril. Es la festividad más importante y alegre del país y tiene que ver con la purificación y la renovación que acaece con cada nuevo ciclo. Por eso está muy relacionada con el agua. En Bangkok y otras grandes ciudades se celebra con miles y miles de personas en las calles lanzándose agua con pistolas de juguete, cubos y todo tipo de artilugios. Si asistes, prepárate para terminar completamente mojado. ¡Es un símbolo de bendición!

Pero para muchos viajeros Bangkok es solo una ciudad de paso. Grande, ruidosa, con atascos memorables. Y todo esto, en un país repleto de maravillas naturales. Es lógico que, si el tiempo les apremia, muchos intenten priorizar y pasen de largo por la capital. Pero, como suele pasar con las grandes urbes asiáticas, es un lugar con muchas lecturas. La del visitante con prisas y poco exigente, que se reduce a un día estresante para ver el Palacio Real, las principales pagodas y un paseo en barca. O la de aquellos que no se dejan llevar por los clichés y buscan entre bastidores. A estos, Bangkok les regala mil excusas para descubrir un lugar fascinante, exótico, moderno y tradicional a la vez, donde parece que buena parte de su población vive a un ritmo desenfrenadamente consumista, pero que también está lleno de pagodas budistas, una religión que basa la felicidad en una renuncia del deseo.
Lo habitual es dedicar la mayor parte de la estancia a visitar el Palacio Real y el templo del Buda Esmeralda (Wat Phra Kaew), un gigantesco conjunto de edificios blancos y pagodas doradas de carácter sagrado que ha sido centro de peregrinación y devoción desde su construcción en 1782, cuando la dinastía chakri subió el poder, además de residencia real.

Chedis, pagodas, grandes salones, inabarcables pabellones recubiertos de oro y maderas preciosas, cientos de estancias y dormitorios hacen del Gran Palacio un sueño de cuento de hadas que tiene la virtud de trasladar al visitante —y se supone que también a sus antiguos moradores, para eso fue construido— a un estado de serenidad y paz espiritual que contrasta con el caótico tráfago urbano que resuena tras sus muros. Pero el conjunto real suele estar tan lleno de gente que la visita se convierte en una especie de ajetreada lucha por poder hacer una foto sin que docenas de personas salgan también ella. Un buen consejo es ir temprano (el calor del mediodía hace aún más duro digerir tanta belleza junta) y cruzar luego al otro lado del río para ver el menos concurrido, pero igualmente delicioso, templo de Wat Arun. Se trata de uno de los más antiguos de la ciudad y tiene un prang (torre) de estilo khermer camboyano de 82 metros de altura que es una maravilla. Hay que subir hasta la cima del prang y deleitarse desde arriba con la mejor vista de Bangkok… sin coches ni agobios.

Y luego está el Bangkok menos monumental pero más moderno. El instagrameable, para entendernos. Con barrios de moda como Song Wat y Talat Noi, uno al lado del otro, en la zona del río (accesibles desde la estación del MRT Wat Mangkon). Una buena ruta peatonal para explorarlos sería empezar por Yaowarat, seguir por Song Wat Road hasta Talat Noi y terminar en el callejón del santuario Rong Kuak (Rong Thong), el corazón espiritual de la comunidad china. Por el camino respirarás el alma antigua de Bangkok, con cafeterías en casas de madera, arte mural, antiguas ferreterías y tiendas de artículos navales y huellas de la cultura chino-tailandesa que siguen vivas.
Luego hay que dedicar un tiempo a las compras. Este es un paraíso para las gangas. Quizá no sea el mejor lugar del mundo para encontrar productos de lujo y alta calidad, pero si lo que se busca es la oferta, los productos de imitación y precios razonables a cambio de regatear hasta la extenuación, esta es tu ciudad. Hay que visitar, aunque sea solo por decir que hemos estado allí, Patpong, el célebre mercado nocturno para turistas en Patpong Soy, aunque aquí solo venden falsificaciones de ínfima calidad. Para buscar bolsos y complementos, ropa o zapatos de imitación, pero de buena factura, además de teléfonos móviles o aparatos electrónicos, es mucho mejor acercarse a alguno de los numerosos centros comerciales que se están abriendo por toda la ciudad; los tailandeses se pirran por ellos y acuden en masa, sobre todo los fines de semana. El MBK, cerca del National Stadium, es un clásico. Aunque ahora el de más rabiosa actualidad es el Icon Siam, en el distrito de Khlong San, en la orilla oeste del río Chao Phraya; es más de marcas de lujo, pero en la planta baja tienen un mercadillo gastro y de tiendas locales muy apetecible.

Para conocer la verdadera Bangkok hay que ir una noche a un combate de muay thai a alguna de las dos “catedrales” del boxeo tailandés: el estadio Rajadamnern o el Nuevo Estadio Lumpinee (por desgracia, el viejo Lumpinee, aquel de incómodas gradas de madera que olía a aceite, sudor y tradición, cerró hace años). Hay combates casi todos los días y aunque los luchadores parecen siempre muy jóvenes, casi niños, son los mejores del país. El muay thai es el deporte nacional tailandés y Bangkok, su meca; aquí solo llegan los sobresalientes, los que han demostrado su valía en gimnasios de provincias en los que los aspirantes viven y entrenan siete días de siete, entregados al muay, como si fueran monjes de clausura. Para un visitante, más que el combate en sí, es más llamativo el griterío del público, el ir y venir de los corredores de apuestas, los gestos de los aficionados y el ritual que se escenifica cada noche en cualquiera de estos dos cosos.
Para terminar la jornada se puede cenar en plan romántico y al más puro estilo belle époque en la terraza del Oriental, el más aristocrático, selecto y antiguo alojamiento de la capital. Una joya colonial y literaria en la que se solían alojar Joseph Conrad, Somerset Maugham, Graham Greene o John le Carré, entre otros.
En cualquier caso, hay un espectáculo nocturno que supera a todos, incluso al de los sórdidos bares de striptease y prostíbulos convertidos en atracción turística de Patpong. Es el de disfrutar de la vista de Bangkok por la noche desde alguno de sus míticos rooftop. Hay docenas de ellos. Entre los más recomendales, el Sky Bar del hotel Lebua; el Vertigo & Moon Bar del hotel Banyan Tree, el View Rooftop Bangkok, en la novena planta del Novotel, además del Tichuca, el Lacol Bangkok y el Akara sky Hanuman.

Hasta esas terrazas elitistas llega un olor caliente y especiado a río, a fritura, a humanidad, a selva… a vida, en definitiva. Bangkok vibra allá abajo, entre las calles sudorosas, entre las luces rojas y blancas de los coches, entre las ventanas resplandecientes de los rascacielos, entre los claroscuros de los canales pobres y mal iluminados, entre las guirnaldas de colores de los khlong, los barcos-taxis, que parecen farolillos con vida propia que se movieran sobre la oscura S que forma el río, la única superficie no iluminada en esta noche mágica. Medio centenar de pisos más abajo, en ese teatrillo humano, hay miles de vidas que se están viviendo a la vez: habrá gente amando, riendo, comiendo, llorando, naciendo, muriendo, durmiendo o trabajando. Pero desde arriba todo eso resulta lejano, ajeno. Desde allí arriba, en una noche calurosa y especiada, Bangkok es solo un murmullo de lentejuelas destellantes. La reina de los contrastes.
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