Diez experiencias fuera de ruta de Lesoto a la isla Stewart: aún queda mucho por ver

Parece que los viajeros llegan a cualquier lugar, por remoto que sea. Pero en estos rincones del mundo uno puede sentirse como un verdadero descubridor de nuevos destinos

Un senderista en el lago Kulikalon, con vistas de las montañas Fann (Tayikistán).
Un senderista en el lago Kulikalon, con vistas de las montañas Fann (Tayikistán).MarBom (Getty Images)

Reinos perdidos en las montañas más altas del planeta, pequeños refugios en los Balcanes a los que todavía no ha llegado el turismo masivo, vida salvaje en Assam… Parece que los viajeros llegan a cualquier rincón, por remoto que sea, pero en estos 10 rincones del mundo uno puede sentirse como un verdadero descubridor de nuevos destinos.

Lesoto, el pequeño y olvidado reino de los cielos

En el sur de África, dominado por las cadenas montañosas de Drakensberg y Maluti, el pequeño Reino de Lesoto puede presumir de ser uno de los países más alto del mundo: incluso su punto más bajo, en las llamadas Tierras Bajas, se encuentra a unos 1.400 metros de altitud. Este es el hogar del tradicional pueblo basotho, donde los pastores cuidan de las ovejas en las laderas de las montañas y los jinetes, envueltos en mantas, cabalgan por ellas. Es un reino montañoso muy poco poblado, culturalmente muy rico, aunque infravalorado. La ventaja de este olvido es que aquí se puede disfrutar de sus encantos sin las multitudes de turistas de su vecina Sudáfrica.

Paisaje del parque nacional Sehlabathebe, en el país africano de Lesoto.
Paisaje del parque nacional Sehlabathebe, en el país africano de Lesoto.Louis-Michel DESERT (Getty Images)

El principal atractivo de Lesoto son sus paisajes montañosos aparentemente interminables, salpicados de nieve en invierno, teñidos de rosa por las puestas de sol, con pasos épicos, cascadas y que aseguran una serie de experiencias de altura de las que todavía disfrutan pocos turistas. Por ejemplo, en el remoto parque nacional Sehlabathebe, en el sur, y o en el parque nacional Ts’ehlanyane, mucho más accesible, que protegen amplias zonas de naturaleza salvaje. Desde el segundo, se puede llegar caminando (son unos 40 kilómetros) o a lomos de un poni a los valles y prados de la reserva natural de Bokong, ya en las tierras altas.

Más información en www.lonelyplanet.es.

Es relativamente fácil viajar por este reino de montañas por carreteras que raspan las nubes, aunque en muchos sitios sigue dando un poco de vértigo conducir, como en el paso de God Help Me Pass, a 2.281 metros. Al final del viaje hay alojamientos para mochileros administrados por las comunidades locales en antiguos puestos comerciales británicos, desde los que se puede organizar trekkings de montaña, visitas a pueblos auténticos o disfrutar de una buena cerveza Maluti fría junto a una fogata.

Un rinoceronte en su hábitat natural en el parque nacional de Kaziranga (India).
Un rinoceronte en su hábitat natural en el parque nacional de Kaziranga (India).Abhishek Singh (Getty Images)

Parque nacional Kaziranga, un escondite pare ver rinocerontes en Assam

Los grandes parques nacionales de la India están llenos de tigres y elefantes salvajes, pero también están llenos de personas que intentan verlos. No ocurre lo mismo en el parque nacional de Kaziranga, en el Estado de Assam, el último gran refugio del rinoceronte indio de un solo cuerno. Mientras que el parque nacional Bandipur recibe más de 200.000 observadores de vida salvaje al año, en Kaziranga estos no alcanzan los 70.000, y en su mayoría son observadores locales que se acercan a la cordillera de Kohora, cerca de la principal carretera este-oeste de Assam. En las zonas más remotas de este territorio se puede incluso pasar todo el día sin ver a ningún otro grupo de safari. Alrededor de dos tercios de los rinocerontes de un solo cuerno que sobreviven en el mundo viven dentro de esta reserva, y, aunque se ocultan entre las densas hierbas, se pueden contemplar fácilmente cerca de los pozos de agua que reflejan el cielo de la reserva. Además, en Kaziranga habitan también elefantes, tigres, búfalos salvajes y una ruidosa multitud de aves del noreste de la India.

Visitar Kaziranga también es una excusa para recorrer la poco explorada región de Assam, con sus fascinantes ciudades sagradas, antiguos templos shivaitas y plantaciones de té. Todavía hay muy pocos visitantes internacionales, especialmente si uno se aleja de la cordillera principal de Kohora: la cordillera de Bagori, más tranquila, tiene también muchísimos rinocerontes, y la cordillera oriental de Agoratoli tiene la avifauna más espectacular.

Actualmente, llegar hasta este rincón de la India es fácil gracias a los vuelos regulares y los trenes nocturnos desde la ciudad de Guwahati. Los autobuses circulan regularmente desde Guwahati hasta cerca de la puerta del parque en Kohora, donde se encuentran la mayoría de los albergues.

Genkozan Meisekiji, uno de los templos relacionados con el monje budista Kōbō Daishi, en la isla japonesa de Shikoku.
Genkozan Meisekiji, uno de los templos relacionados con el monje budista Kōbō Daishi, en la isla japonesa de Shikoku.John S Lander (LightRocket via Getty Images)

Shikoku, una isla de peregrinación en el Japón menos turístico

Shikoku es el otro Japón, el que está lejos del mundanal ruido. No suele figurar en los itinerarios de viaje de los millones de visitantes internacionales que recibe el país asiático. Y eso a pesar de que la isla tiene mucho que ofrecer, como el Awa Odori Matsuri un festival anual en la ciudad de Tokushima, el equivalente japonés del Carnaval de Río de Janeiro que atrae a miles de japoneses en agosto. O como el antiguo Onsen de Matsuyama, perfecto para los amantes de las aguas termales.

Más allá de estos atractivos locales, Shikoku es famoso por su peregrinaje religioso: alrededor de 88 templos relacionados con el venerable monje budista Kōbō Daishi. La ruta son 1.400 kilómetros que se pueden hacer a pie, aunque la mayor parte de la gente lo hace en coche o en bicicleta.

Shikoku también es un pionero de la sostenibilidad en Japón. A menos de una hora en coche al suroeste de la ciudad de Tokushima se encuentra Kamikatsu, un pueblo cuyo objetivo es generar cero residuos.

Vista del parque arqueológico de Choquequirao, en Perú.
Vista del parque arqueológico de Choquequirao, en Perú.Christian Declercq (Getty Images)

Choquequirao, todo el encanto de Machu Picchu pero sin multitudes

Es difícil hablar de la remota ciudadela inca de Choquequirao sin hacer comparaciones con Machu Picchu, a solo 40 kilómetros. De hecho, se la conocen como la “hermana de Machu Picchu”, con la que comparte una impresionante ubicación y una arquitectura similar. Estas ruinas incas también están entre las más extensas de Perú, repartidas en más de 1.800 hectáreas sobre montañas de color verde intenso. Se puede llegar caminando durante dos días desde una población cercana, o en cinco días desde Machu Picchu. Pero cuesta llegar hasta lo alto. Multitudes de burros y sus pastores, y ocasionalmente mochileros sin aliento, pasan a nuestro lado, poniendo el toque humano a la inmensidad de la escena. La diferencia de altitud hace que el paisaje se escalone desde los picos nevados hasta un clima casi tropical en el río Apurímac, en el fondo del valle.

El parque arqueológico de Choquequirao, en la provincia peruana de La Convención, es del siglo XVI y fue una de las últimas fortalezas incas. Tiene 12 sectores que se aferran a la ladera vertical de la montaña. Los arquitectos de la ciudad tallaron cascadas de terrazas para el cultivo y cortaron la parte superior de la cumbre, para crear una planicie para el espacio ceremonial. Se estima que el 60% de la ciudad aún está pendiente de excavación. Una de sus ventajas es que apenas recibe 20 visitantes al día y resulta igual o incluso más misterioso que Machu Picchu.

Una mujer se baña en uno de los cañones de las montañas de Utuado (Puerto Rico).
Una mujer se baña en uno de los cañones de las montañas de Utuado (Puerto Rico).Cavan Images (Getty Images)

Utuado: cultura taína y aventura en las montañas de Puerto Rico

Para los turistas es fácil llegar a las playas de Puerto Rico o a su capital, esa joya que es la ciudad colonial de San Juan. Pero el corazón cultural de la isla se encuentra escondido en las montañas de Utuado. En tiempos remotos este fue el hogar de los taínos, el pueblo indígena que habitaba gran parte del Caribe antes de la llegada de los europeos. Hoy esta zona exuberante del interior de ambiente tropical es un lugar perfecto para combinar aventuras en la naturaleza y experiencias de bienestar, a solo una hora y media en coche desde San Juan.

Utuado es una de las zonas menos pobladas de Puerto Rico. Su principal patrimonio de cara al visitante es la paz, la tranquilidad, y también un aire místico que le hace sentir al margen de todo. Es casi un viaje en el tiempo, sobre todo por los petroglifos impecablemente conservados en el Parque Ceremonial Indígena Caguana, uno de los sitios arqueológicos más importantes del Caribe. Llegar hasta allí requiere navegar por caminos sinuosos y angostos, pero merece la pena el esfuerzo.

Utaldo puede ser también un regreso a lo básico y una cura de desintoxicación de la sobreestimulación a la que otros destinos someten al viajero. Esto es Puerto Rico en su forma más pura, con senderos que atraviesan la exuberante vegetación y tranquilas piscinas naturales de agua dulce. Los espacios para retiros de bienestar, como Casa Grande, facilitan el crecimiento espiritual y la sanación, basándose en su entorno y en su abundante flora nativa que históricamente se ha utilizado con fines medicinales. Aquí se puede acampar, y esta es una buena propuesta para sumergirse de lleno en la naturaleza. Con un poco más de presupuesto, hay de todo: desde alojamientos en forma de burbujas/domos hasta suites de diseño contemporáneo frente al lago.

La iglesia Jovan Kaneo, en la orilla del lago Ohrid (Macedonia del Norte).
La iglesia Jovan Kaneo, en la orilla del lago Ohrid (Macedonia del Norte).Krisztian Miklosy (Getty Images)

Macedonia del Norte: la última frontera de Europa está en los Balcanes

Frente a los 60 millones de visitantes que recibe anualmente Croacia, e incluso frente a los seis millones que descubren cada año Albania, Macedonia del Norte parece pasar desapercibida en tierras balcánicas. Menos de un millón de turistas internacionales al año escogen este país como destino, tal vez por no tener salida al mar, aunque tiene más turismo costero de lo que se puede pensar: entre el enorme lago Ohrid y el lago Prespa reúnen muchos kilómetros de playa.

Pero hay más que descubrir en este país en parte balcánico y en parte mediterráneo: tiene cañones, montañas, parques nacionales poco frecuentados que invitan a caminar por tranquilas rutas de senderismo y hay muchos pueblos de la era otomana con estrechos y altos minaretes. Son la herencia de una historia compleja, que ha dejado huellas de los griegos, romanos, otomanos y yugoslavos. En los museos de Skopje, su capital, se pueden explorar estas raíces.

Uno de sus lugares más visitados es el lago Ohrid, una ciudad antigua junto al agua, con una iglesia en lo alto de un acantilado creando un hermoso paisaje que por algo es de los monumentos más fotografiados del país. Cuanto más nos alejemos de Ohrid, menos infraestructura turística encontraremos, limitada a pequeñas casas de huéspedes en los pueblos de las montañas, productores locales y recetas tradicionales. En el centro Macedonia del Norte, en la pequeña región vinícola de Tikves, florecen los viñedos y abundan las bodegas de un vino poco conocido. Y luego, para perderse, están las tierras del Este, donde el turismo se diluye en lo desconocido.

Senderismo en el parque nacional Rakiura, en la isla neozelandesa de Stewart.
Senderismo en el parque nacional Rakiura, en la isla neozelandesa de Stewart.Mark Watson / Highlux Photography (Getty Images)

Stewart, la isla resplandeciente en el fin del mundo

La tercera isla de Nueva Zelanda por tamaño pasa muchas veces desapercibida para quienes recorren las Antípodas. Stewart es un destino diferente, cubierto de bosques y de naturaleza sin alterar, con una costa verde de calas y bahías y abundancia de aves nativas y libre de depredadores. Apenas 400 personas viven en este miniparaíso. Las protagonistas aquí son las aves, como los bulliciosos kākā (loros nativos) que animan el único asentamiento de Oban, o el rarísimo pájaro kiwi tokoeka, emblema del país, que solo pueden verse en plena naturaleza en los senderos y playas remotas de esta isla. A menudo se le puede ver olfateando en algún paraje remoto de la costa de Rakiura y, otras veces, cruzando senderos entre bosques.

El parque nacional Rakiura abarca alrededor del 85% de la isla. Se puede visitar haciendo el Rakiura Track, uno de los grandes trekkings de Nueva Zelanda, una aventura a pie de unos 32 kilómetros, que se completa en dos a tres días a través de algunos de los paisajes vírgenes de la isla. También son espectaculares los cielos, libres de contaminación lumínica y acústica, que han convertido a Stewart Island en un destino para los observadores de estrellas. Aquí se contemplan las Auroras Australes, que ocasionalmente iluminan las largas noches de invierno. Estas iluminaciones danzantes dan a la isla Stewart su nombre maorí tradicional: Rakiura (cielos resplandecientes).

Otras propuestas para disfrutar de la isla son hacer esnórquel en la reserva marina de Ulva Island-Te Wharawhara, practicar el kayak o pescar, aunque la última atracción de todas en la isla es el Museo Rakiura/Te Puka o Te Waka, que se inauguró en diciembre de 2020 con exposiciones que exploran la fascinante historia natural y cultural del lugar.

Mujeres ataviadas con un traje tradicional koto en la ciudad de Paramaribo, capital de Surinam.
Mujeres ataviadas con un traje tradicional koto en la ciudad de Paramaribo, capital de Surinam.Frans Lemmens (Getty Images/Corbis Unreleased)

Surinam: cimarrones y amerindios en la última reserva salvaje de América

Surinam no es solo el país más pequeño de América del Sur, sino también el menos visitado, por lo que este rincón del continente puede ser una experiencia viajera realmente diferente. Después de los golpes de Estado y una guerra civil entre 1986 y 1992, el Surinam de hoy es uno de los países más seguros de América del Sur para visitar. Escondido dentro de la desembocadura del río Surinam, la sensual capital Paramaribo está llena de edificios coloniales, con buenos restaurantes y vida nocturna. Pero lo más llamativo de Surinam es la mezcla étnica: su población es en gran parte descendiente de esclavos africanos fugitivos (conocidos como cimarrones), de trabajadores indios, indonesios y chinos, colonos ingleses y neerlandeses y amerindios indígenas. Las antiguas casas de plantaciones simbolizan un capítulo oscuro de su historia, cuando era una de las colonias de esclavos más brutales del mundo. Y a solo unas horas de la capital, lo que espera son las selvas salvajes, que cubren más del 90 % de su territorio.

Para muchos visitantes experimentar el estilo de vida cimarrón es un punto culminante del viaje. Aunque muchos cimarrones ahora viven en la capital, el interior de la jungla de Surinam sigue siendo el corazón de su cultura, donde conviven seis grupos políticamente distintos en junto a los numerosos ríos de la nación. La experiencia de viaje clásica incluye una travesía en bote hasta la zona alta del río Surinam para hospedarse en un albergue ecológico rústico administrado por la comunidad de Saramaka, como el Danpaati River Lodge, que apoya a un puñado de pueblos locales. La travesía panorámica solo dura unas pocas horas, pero es un verdadero viaje en el tiempo.

Panorámica de las montañas Fann, en Asia Central.
Panorámica de las montañas Fann, en Asia Central.MarBom (Getty Images)

Montañas Fann: la cumbre de una de las regiones más antiguas de Asia Central

En el sur del río Syr Darya, en una ruta que una vez recorrió Alejandro Magno, las montañas Fann de Tayikistán ofrecen la oportunidad de explorar imponentes paisajes alpinos y lagos de montaña azul, conocer pueblos y restos culturales tan antiguos como la civilización misma y ayudar a desarrollar el turismo comunitario participando en iniciativas que conectan a los viajeros directamente con las familias locales. La región se ha mantenido al margen del turismo mundial, aunque durante mucho tiempo estuvo entre las preferencias de los alpinistas soviéticos.

En la cima del paso Chukurak (3.180 metros) las vistas se abren en abanico hacia todos los horizontes: al este, los brillantes lagos Kulikalon y el paso Alauddin, al oeste, el paso Igrok y los siete lagos de Haft Kul, al norte y al sur los picos escarpados que atraen a los alpinistas de todo el mundo. Descendiendo de las montañas en cualquier dirección se pueden ver las pequeñas aldeas que ofrecen a los viajeros una noche de descanso y una comida caliente, organizados en asociaciones de turismo comunitario que, en realidad, heredan la tradicional bienvenida informal al visitante que siempre han ofrecido estos pueblos.

A todo esto se añade una historia arqueológica muy rica y, desde 2018, la reapertura del cruce fronterizo directo entre la moderna ciudad de Penjikent y la Samarcanda de Uzbekistán, que hace que los viajeros puedan viajar por tierra a lo largo de este tramo de la antigua Ruta de la Seda.

Senderistas recorriendo el paisaje volcánico de la península de Kamchatka (Russia).
Senderistas recorriendo el paisaje volcánico de la península de Kamchatka (Russia).Aleksandr Spiridonov / EyeEm (Getty Images)

Península de Kamchatka, espectaculares paisajes de hielo y fuego en la Rusia extrema

Kamchatka es uno de los últimos rincones de naturaleza realmente salvaje que quedan en el planeta. No hay trenes ni carreteras que conecten esta remota península con el resto de Rusia y está más cerca de Alaska que de la ciudad rusa de Vladivostok. La lejanía y el aislamiento de este territorio junto con las dificultades burocráticas y los enormes costes del viaje para llegar hacen de Kamchatka un destino fuera de lo común, con un paisaje espectacular de hielo en el que encontraremos a muy pocos viajeros occidentales. Con unos 270.000 kilómetros cuadrados, Kamchatcha tiene escasísima población: aquí solo viven 30.000 personas, una mezcla de colonos rusos resistentes a todo, y nativos koriakos, chukchi e itelemenos. Los pocos que se aventuran hasta aquí, tienen la oportunidad excepcional de escalar un volcán activo, cruzar bosques donde apenas vive gente o surfear en el hielo en las aguas heladas del mar de Bering.

En Kamchatka, declarada en 1996 patrimonio mundial por la Unesco por su excepcional paisaje volcánico, vive un oso por cada 30 humanos, y hay cientos de manantiales termales, 100.000 lagos y ríos, y abundantes renos y alces. El ecoturismo es el gran atractivo de este rincón lejano del mundo, pero durante la última década se ha convertido también en un sorprendente destino para el surf extremo en aguas heladas y para los amantes de los volcanes.

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