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Orient: en el valle mejor guardado de la Tramuntana

En un pueblo que invita a detenerse, escuchar el agua, hacer senderismo y redescubrir la calma en Mallorca

Vista del pueblo de Orient, en la Serra de Tramuntana (Mallorca).Zoonar GmbH ( Alamy / CORDON PRESS )

Su nombre, probablemente derivado del latín oriens, que significa “este” o “amanecer”, parece hecho a medida para el lugar. Un valle en plena Serra de Tramuntana que mira hacia el interior de Mallorca, como si hubiera quedado a salvo del bullicio de las zonas costeras. Orient está a solo 45 minutos de Palma, pero llegar hasta aquí es como retroceder en el tiempo, a una isla más tranquila, familiar y serena. Como antes.

Al salir de Bunyola, la carretera se estrecha y empieza a serpentear entre encinas, bancales de piedra seca y curvas que obligan a bajar la velocidad. Cada giro abre un paisaje más verde y silencioso, hasta alcanzar el Coll d’Orient, a casi 500 metros de altitud. Desde ahí, el descenso al valle es como una postal de la Mallorca interior: ciclistas que se saludan al pasar, un grupo de motoristas que frenan para admirar la vista y ese aire fresco de la campiña que huele a tierra húmeda.

Orient vive escondido entre montañas. Las casas del pueblo, muchas del siglo XIV y XV, conservan la piedra marés típica mallorquina de color miel que cambia de tono con la luz del día. Las contraventanas verdes y los tejados de teja árabe dibujan un estilo austero e integrado en el paisaje. En lo alto se alza la iglesia de Sant Jordi, del siglo XVII, y más abajo, los lavaderos públicos, donde las mujeres antiguamente se reunían para lavar la ropa y ponerse al día.

El pueblo es muy pequeño, tiene una calle principal y unas pocas casas más que suben hacia la iglesia. En esa misma calle se encuentra Ca’n Tomeu, un restaurante con terraza donde se detienen a comer los ciclistas y vecinos. También está el Hotel Nou Dalt Muntanya, una de las casas más grandes del pueblo, muy característica por sus contraventanas azules (una rareza en Mallorca, donde casi todas son verdes) y su terraza orientada al valle.

El alojamiento lo dirigen Petra y Patrick Zwölfer, una pareja formada por ella, austríaca, y él, alemán, que decidió instalarse aquí en 2021, en plena pandemia. “Habíamos estado de viaje por Orient hacía casi 20 años”, recuerda Petra. “Nos sentamos en la terraza de este hotel y bromeamos que sería genial tener un lugar así. Cuando vimos que estaba en venta durante el covid, supimos que era una señal”. Desde entonces, viven en Orient todo el año con su hija pequeña, Valentina, y forman parte de una comunidad en la que conviven mallorquines, belgas, ingleses, colombianos y austríacos. Todos los años organizan una cena con los vecinos en el hotel. Cada uno trae algo y comparten mesa, una tradición sencilla que mantiene vivo el espíritu del pueblo.

Petra y Patrick viven al final de la misma calle, y todo el mundo conoce a Valentina, que va al colegio en un pueblo cercano. “Si un día no aparece, alguien seguro la ve en el camino y nos avisa”, sonríe la madre. Porque la vida aquí se mueve despacio. Los desayunos se alargan, los vecinos se acercan a la barra a tomar una copa después de trabajar y los clientes se dejan llevar por el ritmo del lugar. “Muchos llegan estresados y al día siguiente ya tienen otra cara”, dice Petra. “Aquí solo se escuchan los pájaros”.

El restaurante del hotel se llama Es Freu d’Orient, como la conocida cascada de Orient. La cocina es pequeña y casera. Patrick se encarga de los fogones y Petra le ayuda a cortar, preparar y atender a los clientes. La carta cambia con las estaciones. Combina producto local y cocina mallorquina con guiños centroeuropeos. En invierno rescatan sabores de su país con schnitzel, ciervo estofado o strudel casero. “Al principio lo hicimos porque muchos clientes preguntaban dónde podían probar cocina austríaca. Ahora hay quienes vuelven solo por eso”, cuenta Petra.

A unos 25 minutos a pie del pueblo se encuentra la conocida cascada Es Salt des Freu, algo poco habitual en Mallorca. Solo aparece cuando llueve mucho (de noviembre a marzo, especialmente tras varios días de lluvia), y el torrente baja con fuerza. En verano, el cauce se seca, pero sigue siendo un paseo especial. Para llegar hasta aquí, hay que tomar la carretera de Orient a Bunyola y aparcar en una pequeña explanada junto al kilómetro 8. Desde allí, un sendero señalizado desciende hasta una valla con escalera; tras cruzar, el camino sigue paralelo al riachuelo hasta alcanzar el salto de agua.

Además del Salt des Freu, desde Orient parten senderos hacia el Castell d’Alaró, una fortificación medieval levantada sobre una cima rocosa con vistas a toda la isla; hacia el Coll de l’Ofre, un paso de montaña que une el valle de Orient con el embalse de Cúber, una reserva natural rodeada de pinos y pastos; o por los antiguos caminos empedrados que enlazan con Bunyola y Sóller, transitados desde hace siglos por agricultores y pastores. Estos senderos forman parte del GR-221, la gran ruta de la Serra de Tramuntana, declarada patrimonio mundial por la Unesco en 2011.

En la barra de Nou Dalt Muntanya, Joan Vives, vecino de Orient desde hace 25 años, cuenta que “el pueblo ha cambiado, como toda la isla, pero sigue tranquilo”. Su ruta favorita, dice, es bajar hasta Sóller por el Barranc de Biniaraix. Subes 600 metros hasta lo alto del camino y luego desciendes entre piedra y olivos, siguiendo el torrente de Biniaraix, que los días de lluvia baja con fuerza.

Algunos años, cuenta, si el frío aprieta, incluso puede nevar. “Hace dos años, durante la borrasca Juliette, cayó una buena nevada, unos 50 centímetros”, recuerda Joan, mientras muestra una foto en su móvil de la terraza del hotel cubierta de blanco.

Aunque diminuto, Orient tiene una oferta hotelera sorprendentemente variada para su tamaño. Son Palou también se encuentra en el corazón del pueblo. Es una finca del siglo XIV dedicada al agroturismo, rodeada de colinas cubiertas de manzanos y prados verdes. Está situada en lo alto de una colina y domina el valle con vistas abiertas sobre la Tramuntana. La propiedad, de más de 150 hectáreas, ofrece rutas propias de senderismo y bicicleta de montaña entre olivares y cerezos. Su restaurante sirve productos cultivados en sus terrenos.

L’Hermitage se encuentra a apenas kilómetro y medio, ya en las afueras del valle, camino de Alaró. Ocupa un antiguo monasterio del siglo XVI, reconvertido en hotel de 20 habitaciones con spa, piscina y un restaurante instalado en su antiguo molino de aceite, donde se sirven especialidades de cocina local e internacional.

Cuando cae la tarde en Orient, el sol dora las fachadas y en los bares se habla de rutas, de lluvias que llenaban la cascada. Los palmesanos suben los domingos solo a comer en el pueblo y a respirar aire fresco, atraídos por ese silencio que ya no se encuentra en otros lugares de Mallorca.

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