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Rottweiler, DJ’s Band, W2P… ¿Qué fue de las marcas que vistieron a la generación ‘cani’?

Recordamos el éxito (y caída) de las firmas que, herederas de la estética bakala, vistieron a los jóvenes de los dos mil y empapelaron con sus logos institutos y discotecas

Gafas plateadas, pelo engominado, collar de cuentas y camiseta con tribales para dar la bienvenida al Efecto 2000.
Gafas plateadas, pelo engominado, collar de cuentas y camiseta con tribales para dar la bienvenida al Efecto 2000.

Eran tiempos de Messenger y Fotolog, de la Radical y el Motorola Razr, de la sucesión de mayúsculas y minúsculas en la misma palabra. De peinado a lo cenicero, cejas surcadas por la maquinilla, cadena de oro, piercings y aros en la oreja. De scooter y casco con estampado tribal, pero colocado a la altura del codo para no estropear el laborioso estilismo capilar. El chándal monocolor de Nike dejaba paso a camisetas, chaquetas, vaqueros o pantalones anchos tobilleros de Rottweiler, Dj’s Band, W2P, Foam Gum, El Niño Tarifa, Sonique o No Fear. La actitud provocadora se manifestaba también en aquellas insípidas carpetas azules de cartón decoradas por las pegatinas del logo de la firma en cuestión. Looks siempre conjuntados, tonos estridentes –cuanto más dañinos a la vista, mejor–, y las Salomon o las Puma Sparco como objeto de deseo en los pies. Entre finales de los noventa y principios de los dos mil, un puñado de marcas de moda consiguieron vestir a toda una generación representando la –durante años– denostada estética calificada como cani, pokera o makinera. Hoy, cuando las llamas de aires tribales han llegado incluso a enseñas como Prada, rendimos homenaje a las firmas que nos enseñaron a presumir de espíritu ‘malote’.

“La estética cani fue un intento de estirar y romantizar ese momento de liberación de los jóvenes ‘por la fuerza’. Se adaptó la escena a la aparición de las redes sociales, los móviles y el chuleo”, cuenta la diseñadora Alejandra Jaime Mendoza, que hace pocos años consiguió hacerse un nombre en la industria nacional con la firma María Magdalena –ya desaparecida–, que referenciaba sin complejos aquellos looks. Nacida en 1990, la onubense vivió en primera persona el auge de esta mutación del movimiento bakala de los noventa.

Daniel González, diseñador gráfico especializado en diseño de camisetas y estampación textil, acababa de salir de la escuela de ilustración cuando entró a trabajar en 2007 en una en una Rottweiler crepuscular que por aquel entonces pertenecía al desaparecido grupo Code Bleu, propietario asimismo de otras firmas superventas como Foam Gum, Dj’s Band o Sonique. “Estas marcas apuntaban a los canis, una tribu social concreta. Eran para gente de clase media porque no eran muy caras, podían permitírselas chavales de barrio. Aprovecharon el auge de las discotecas de electrónica y a partir de ahí empezaron a triunfar”, recuerda al otro lado del teléfono.

El éxito de estas marcas invadió primero los aparcamientos de las macrodiscotecas en mañanas de rave, pero después llegaron hasta los botellones de los polígonos de cada ciudad española y hasta los pasillos de los institutos, descontextualizando su vocación electrónica y consiguiendo que toda una generación se identificara con ellas. La búsqueda de una identidad definida y compartida fue la principal razón que propicio su éxito y asimilación. “Necesitábamos enmarcarnos en un estilo concreto y esas marcas supieron verlo. Eran fácilmente identificables y ofrecían descaro y chulería, no era una pose ñoña. En aquel momento las etiquetas eran importantes y las defendíamos, no como ahora. Era una moda muy fanática”, afirma Jaime Mendoza. Daniel Pérez, del blog de cultura retro Retropica, cree que su éxito responde más a una cuestión circunstancial: “Esas marcas de ropa se convirtieron en la base estética del movimiento, que tuvo mucho seguimiento y una estética marcada. De ahí su triunfo”, declara.

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‪We are the original #NoFear ‬

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La identificación también se moldeaba en cuanto al antagonismo con la otra tribu social predominante de la época –y de todas las épocas–, los pijos. “Tenías que dejar claro de qué equipo eras: o malote o niño de papá, no había mucho espectro. Las marcas eran la forma de reconocer de un vistazo si iban contigo o contra ti. Fue un tiempo de muchas peleas en fiestas, mucha confrontación… y también de desinhibición”, aclara la diseñadora. De ahí que los logos y los estampados (diablos amenazantes, rottweilers rabiosos o fantasmas con pinta de espermatozoides) tuvieran una especial presencia en las prendas. Ellos tiraban de chándal monocolor, mejor si era blanco y estaba firmado por Nike. Ellas dejaban el tanga flúor a la vista y medían su nivel de ‘malotismo’ en función del tamaño de la campana del pantalón.

Como confiesa González, los grandes éxitos de firmas como Rottweiler eran las camisetas, los polos y pantalones de chándal. “No nos daban unas grandes pautas a la hora de diseñar, un jefe de diseño nos iba orientando y en base a los historiales de prendas que se habían vendido bien intentábamos hacer cosas similares”. Años antes de que el branded content fuera un concepto habitual en las oficinas de los ejecutivos de marketing, estas empresas impulsaron sus marcas con pegatinas que ilustraron las carpetas de millones de estudiantes, cedés recopilatorios e incluso fiestas temáticas.

Jersey tricotado Rottweiler, hoy solo disponible en tiendas de segunda mano.
Jersey tricotado Rottweiler, hoy solo disponible en tiendas de segunda mano.

Tan meteórico fue el éxito como la caída. Los templos del techno cerraron sus puertas, la música se fue a otra parte y las prendas dejaron de tener un sitio en las estanterías de El Corte Inglés. La tendencia no superó la primera década de este siglo y las firmas desaparecieron de manera sistemática y sin remedio. “Pasó su época”, sostiene el diseñador gráfico sobre su incapacidad a la hora de reinventarse, que también pone el foco en la cuestionable calidad de su catálogo: “No supieron actualizarse con los tiempos ni hacer ropa de calidad. No tenían muy buenos tejidos ni buenos patrones, no eran marcas del todo óptimas”. “No definieron una identidad propia, básicamente copiaban lo que veían que fuera funcionaba a un precio menor y sus producciones propias no eran reseñables”, agrega Pérez. De las mencionadas, solo No Fear (centrada en el motocross) y El Niño Tarifa persisten relevantes hoy en día, esta última más enfocada al ambiente surfero y la ropa infantil.

La transformación del sector textil y el asentamiento del low cost también tuvo parte de culpa en la precipitada desaparición de estas firmas de precio medio, incapaces de hacerle la competencia a las franquicias de vocación juvenil de estos gigantes. La especificidad del público objetivo de estas etiquetas terminó suponiendo su sentencia. “Cubrieron las necesidades de un momento particular. Aquellos adolescentes crecieron y dejaron atrás el ‘uniforme fiestero’ para adoptar una imagen que encajara más con el mercado laboral. En general, la moda era menos flexible, encasillaba, y la gente aún vestía según la edad. Ahora eso ha cambiado”, explica Alejandra Jaime, que concluye corroborando cómo, gracias al paso del tiempo y a la transformación de la vergüenza ajena en nostalgia, las marcas actuales se han dejado influir por las pasadas.

“La moda es cíclica y justo en este momento los guiños a la moda bakala tienen más fuerza que nunca. Desde hace años hay tribales y llamas por todos lados, y llegan los pantalones anchos de nuevo”. Quizá dentro de no tanto tiempo sea el momento de volver a lucir esas prendas de W2P, Dj’s Band o Rottweiler que una vez coparon tu armario. Si es que el sonrojo que te provocaron aquellas fotos de las que abjuraste, y que presumían de decenas de ‘Me gusta’ en tu cuenta de Tuenti, no te llevaron a deshacerte de ellas.

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