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Cómo la banda más chiflada de los noventa inventó el sonido que todo el mundo estaba esperando

Hace 30 años, el dúo británico The KLF concibió el 'chill out'. También quemó un millón de libras y protagonizó demenciales episodios que agigantaron su leyenda

the klf bill drummond jimmy cauty
Jimmy Cauty y Bill Drummond (The KLF) dan explicaciones de uno de sus proyectos en Londres en 1996. Foto: Getty

Si hacemos caso a los especialistas, en 1990 Inglaterra era una enorme fiesta electrónica. El “segundo verano del amor”, el periodo del acid house de 1988 y 89, había pasado y las raves ilegales se habían reprimido, pero a cambio había surgido un floreciente circuito de raves comerciales. “El fenómeno pasó de ser algo propio de los jóvenes de Londres y Manchester a ser una cultura de ocio de ámbito general”, dice el periodista musical londinense Simon Reynolds.

Así que, pónganse en situación: fiestas que duran toda la noche, éxtasis como combustible. A ver quién manda a dormir a esos miles de chavales cuando amanece. La cosa se alarga y también los planes paralelos. Por supuesto se montan afters en casas privadas para seguir la fiesta de una forma más relajada. Y ya en los mismos clubes empiezan a surgir salas donde tomar un respiro de tanto ritmo, donde interactuar y recuperarse del baile y superar los bajonazos químicos. Se denominan chill out. Allí se escuchaba otro tipo de música, más tranquila. Cabe de todo, música cósmica, prog-rock, dub o el ambient de los setenta y ochenta. Pero falta un sonido propio. Algo creado expresamente para ese momento.

Aquí se puede escuchar entero el disco de The KLF, 'Chill out'.

En febrero de 1990, hace ahora exactamente 30 años, The KLF, un dúo británico, ayudó a dar carta de naturaleza a aquel fenómeno. Publicaron el disco Chill out. “El nombre ya se usaba entonces para las salas donde bajar el subidón de las raves. Pero abrieron un camino. Su concepto se expandía más allá del ambient con ritmillo o el primer trip-hop, que es lo que suele venir a la mente al hablar de chill out como género”, explica el madrileño Félix Suárez, periodista musical. No es el único que piensa que aquello tuvo mucha más profundidad de lo esperado. “Se convirtió en el disco que abrió una nueva década”, escribe Javier Blánquez en Loops, historia de la música electrónica. En 2020, Chill out no falta en ningún listado de los mejores discos electrónicos de la historia.

Durante 40 minutos, The KLF describe un viaje de Texas a Luisiana a base de sampleados (extractos de otras canciones) que iban de Elvis Presley a cantos tradicionales mongoles. “Es 100% material sampleado y reorganizado, y abrió las posibilidades del sampling a otras fórmulas distintas de las del dance y el hip-hop, que entonces solo lo usaban como líneas sobre las que armar otra canción; aquí se trataba de crear una atmósfera por la que se colaban, como si fueran transmisiones llegadas del espacio, la voz de Elvis, los Fleetwood Mac de Peter Green o Van Halen", continúa Félix Suárez. Y añade: "Uno apenas se da cuenta de que hasta pasada media hora no suena una base rítmica, casi por casualidad. Poseen un sentido del humor (o de no tomarse demasiado en serio) que pasa por una sutil reivindicación-mofa del rock progresivo con el homenaje a Pink Floyd de la portada y algunos sonidos. No sé si lo he leído en alguna parte, pero estoy de acuerdo en que es una especie de My life in the bush of ghosts [disco de Brian Eno y David Byrne] de la cultura del rave”. Por ese camino se colarían después grandes obras y grandes memeces. Hoy, su sonido se puede trazar en el pop electrónico más reposado".

Bill Drummond y Jimmy Cauty en 1997 durante la presentación en Londres de su espectáculo 'Fuck The Millennium'.
Bill Drummond y Jimmy Cauty en 1997 durante la presentación en Londres de su espectáculo 'Fuck The Millennium'. Foto: Getty

Pero para ellos no fue para tanto. El humor era fundamental en The KLF. En la portada de Chill out, aparecían unas ovejas en un campo, una sátira de la vaca del disco Atom heart mother, de Pink Floyd. Todo el contenido parecía una enorme gamberrada. Otra más del dúo. Porque la visión más habitual era que Bill Drummond y Jimmy Cauty (Inglaterra, 1956), jefes de The KLF, eran solo unos bromistas y sus obras “payasadas”. Para muchos eran solo unos enloquecidos maestros del marketing, que hicieron un arte del sampleado irresponsable y acumulaban denuncias desde 1987 por no pagar derechos de autor de lo que cogían de otros artistas.

Se convirtieron en una de las bandas favoritas de la prensa británica en 1987 cuando se llamaban The Justified Ancients of MuMu, después de que los abogados de ABBA les reclamasen que destruyeran uno de sus discos por utilizar sin permiso partes de la canción Dancing Queen. Ellos viajaron a Estocolmo con la intención de convencer al grupo sueco de que les dejara utilizarla. ABBA, por supuesto, no les recibió. Ellos quisieron quemar toda la tirada del disco en un campo, el dueño del terreno les echó a perdigonazos y terminaron arrojando sus copias por la borda del ferry que les llevaba de vuelta a Inglaterra.

Hay miles de historias de Cauty y Drummond. La más famosa, contada en infinidad de ocasiones, cómo quemaron un millón de libras (1,2 millones de euros) en billetes en la isla de Jura (Escocia) en 1994. Aquella acción, que todavía cuesta comprender, atrajo sobre ellos muchísima hostilidad. “Era lo absurdo de toda la situación lo que atrajo a la gente”, escribe John Higgs en la biografía The KLF caos, magia y la banda que quemó un millón de libras. “Cuando se descubrió que Elton John había gastado 40 millones de libras (unos 48 millones de euros) en 23 meses, incluidas 293.000 (unos 350.000 euros) en flores, la gente se lo tomó de otra forma. Hubo risas y sacudidas de cabeza, pero en general nadie se lo tomó personalmente. Era parte de la extravagancia del personaje. Y por lo menos hizo feliz a un montón de floristas”, añade Higgs.

El mítico momento en el que The KLF quemaron un millón de libras.

Pero The KLF no eran millonarios extravagantes. Habían quemado la mayor parte del dinero que habían ganado con una serie de éxitos rompepistas que aseguraban que habían logrado casi sin esfuerzo (habían publicado un manual titulado Cómo conseguir un número uno por la vía fácil). Lo suyo era distinto. No era derroche, era negación. Era absurdo y ridículo. Un sinsentido. Era caos, ese estado que Bill Drummond provocaba constantemente. Nacido en 1953 en Sudáfrica, aunque creció en Escocia, era un punk procedente del teatro alternativo, había sido fundador de Zoo Records y mánager de Echo & The Bunnymen y Teardrop Explodes, bandas a las que torturó sin piedad de las formas más peregrinas. En su forma de actuar, como después lo haría con The KLF, mezclaba extravagancia con una especie de particular pensamiento mágico.

Un ejemplo: un día decidió que si Echo & The Bunnymen tocaban en Islandia al mismo tiempo que Teardrop Explodes lo hacían en Papúa Nueva Guinea y justo en ese momento él se colocaba en un punto concreto de Liverpool, pasaría algo ¿Qué? Algo, así en general. Drummond parece tener una fijación por los rituales. Ese concepto de magia que dice que un conjuro es un conjunto de acciones que, realizadas de una determinada manera, provocan un efecto. Cuanto más poderoso es el conjuro, más lo será el efecto. En realidad una canción no es más que una serie de sonidos y palabras declamadas de una forma concreta que provocan una reacción emocional. Probablemente, el primer músico de la historia era un brujo.

En aquel caso Julian Cope, líder de Teardrop Explodes, se resistió a ir a Papúa a tocar. Pero Echo & The Bunnymen no pusieron ninguna pega a dar un concierto en Islandia. En el mismo momento en el que empezaban a tocar, Drummond fue a ese presunto lugar mágico de Liverpool. Y... No pasó nada. Se fue a casa. Hizo lo mismo después de quemar un millón de libras. Ha hecho lo mismo en casi todas las ocasiones.

El dúo The KLF en 1990, el año en el que editaron el disco 'Chill out'.
El dúo The KLF en 1990, el año en el que editaron el disco 'Chill out'. Foto: Getty

Por ejemplo, The KLF nunca volvió a grabar un disco como Chill out. Se disolvieron en los noventa, no sin antes destruir todo su catálogo. No encontrarás ningún disco de The KLF en ninguna plataforma de streaming, excepto youtube. Volvieron durante tres días en 2017 con una serie de enloquecidas acciones que también parecían magia. Bill Drummond está actualmente metido en una extraña gira de 12 años en la que se dedica a regalar pasteles y fabricar camas. Rituales, como a él le gusta. Pero esa es otra historia.

Al fin y al cabo este es es el hombre que dijo: “Vendí mi alma al diablo una vez, no recuerdo exactamente cuándo lo hice, pero sí sé que el precio fue alto. El plato fue servido con toda la guarnición: fama, fortuna, ese tipo de cosas. Pero luego tuve que llevar todo el asunto un poco más lejos porque quería que me la devolviesen”.

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