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Socio o rival

Europa debe defender firmemente sus intereses en el nuevo acuerdo con Londres

Miembros del Parlamento Europeo reaccionan tras ratificar el acuerdo de Brexit en el Parlamento Europeo, este miércoles en Bruselas.
Miembros del Parlamento Europeo reaccionan tras ratificar el acuerdo de Brexit en el Parlamento Europeo, este miércoles en Bruselas. AFP

La retirada británica de la Unión Europea se consuma hoy, aunque sus efectos prácticos solo se notarán tras el periodo de transición previsto hasta final de año. Si bien, contra lo que propala el primer ministro, Boris Johnson, es muy dudoso que ese escaso lapso baste para acordar, redactar y aprobar en los Parlamentos un nuevo acuerdo comercial y de cooperación que permita mantener buena parte de las relaciones y complicidades tejidas en cuatro decenios de intensa cooperación.

Huelga repetir lo ya escrito. El Reino Unido está legitimado para emprender la errónea vía que ha escogido, incluso con escaso apoyo referendario. Es su decisión. También es potestad de los europeos adoptar con toda firmeza las decisiones que convengan a sus propios intereses. Es en esto donde hoy debemos poner el énfasis, porque, como ha expandido la propia cultura británica, no es vergonzoso, sino atinado, hablar de intereses en vez de retóricas ideales. Al contrario, conviene poner el interés de los ciudadanos europeos por encima de todo.

Urge ahora, pues, forjar el mandato negociador para el nuevo acuerdo según ese criterio, sobre el pilar de que es mejor una buena y estrecha relación que otra mala y distante: una retirada dura sería peor para los británicos que para los europeos, por evidentes asimetrías de potencia económica y demográfica. Tenerlo presente no implica que una relación económica fluida no sea también interesante para la Unión Europea. Lo es, en aplicación del silogismo según el cual a mayor distancia, mayor perjuicio para ambas partes, aunque sea más oneroso para el Reino Unido, según coinciden en señalar las decenas de estudios e informes económicos internacionales sobre el caso. Más vale un socio que un rival (opción esta que ha escogido Londres), y mejor esa última condición que la de enemigo, opción que, reiterando el error, podría elegir. Ahora bien, la voluntad de trabar un acuerdo mutuamente beneficioso debe traducirse tanto globalmente como en todos y cada uno de sus elementos. En tanto que europeos, los españoles estarán dispuestos a asumir un equilibrio global del paquete final resultante. Pero lucharán sin desmayo, y condicionarán sin complejos su voto —si así conviene— en defensa de un balance positivo para los sectores más sensibles de su economía en este pulso. A saber, en defensa de los derechos y el mejor trato a sus ciudadanos que en el futuro emigren al Reino Unido (los de los ya instalados están garantizados); el respeto a los intereses de los españoles en la evolución de Gibraltar; el acceso a la pesca en los caladeros tradicionales próximos a las islas; la exportación de productos agroalimentarios frescos; sus inversiones —incluidas las financieras en la City—, y su industria turística, de la que los visitantes británicos representan un 20%.

El mandato negociador debe atenerse al principio de reciprocidad, de suerte que el trato más favorable a la otra parte debe ser correspondido por esta. Debe establecer sin duda alguna que el acceso británico al inmenso mercado interior de la UE quedará condicionado a su observancia de los estándares regulatorios laborales, medioambientales y fiscales europeos; debe descartarse toda competencia desleal, sobre todo con impuestos a la baja. Y conviene alcanzar un pacto completo y armonioso, de modo que hay que rechazar la presión de las prisas, malas consejeras en estos asuntos de hondo calado. Porque llegar a minipactos sectoriales para no tener que ampliar el plazo de negociación —como pretende imponer la parte débil de la misma, el Reino Unido— podría dar lugar a abarcar solo los asuntos de interés común y excluir aquellos en los que la UE dispensa mayor interés.

Si la dirigencia del Reino Unido ha tardado cuatro décadas en llegar a la especiosa conclusión de que la desunión hace la fuerza, que se arme de paciencia para aprender que incluso desarmar los estupendos logros conseguidos en común requiere cálculo, reflexión, transparencia y debate democrático. Un ya ex socio, por más pasado imperial que atesore, no puede aspirar a imponer ninguna ley, ni siquiera medio reglamento, a 27. Pues si el Brexit “is done”, con mayor razón la Unión Europea está hecha. Y nadie la deshace caprichosamente.

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