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El gólem

Si un cíborg es un ser vivo enriquecido con quincalla sintética, un biohíbrido es la quincalla potenciada por los tejidos vivos

Uno de los 'biobots' de medio milímetro creados por el equipo de Michael Levin y Josh Bongard.
Uno de los 'biobots' de medio milímetro creados por el equipo de Michael Levin y Josh Bongard.

"Tus ojos vieron mi gólem, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos”, dice el libro gordo (Salmos 139:16). El original hebreo gólem suele traducirse por sustancia embrionaria, o inacabada, un mero proyecto existencial en espera de un soplo de vida para realizarse. El mito talmúdico cuajó con fuerza en las leyendas medievales, atestadas de hombres sabios que insuflaban vida a las efigies sin más que encontrar la exacta combinación de letras que configuraba uno de los nombres sagrados de Dios. Del gólem, desde luego, provienen Pinocho, el ya bicentenario Frankenstein de Mary Shelley y un profundo poema de Borges. Pero hoy, en el año del Señor de 2020, el mito está maduro para saltar a la estantería de no ficción.

Los robots inspirados en la biología son una de las líneas de investigación tecnológica más activas. Hemos visto estos días los primeros biobots construidos con células vivas que, en distintas configuraciones, ejecutan una serie de movimientos muy del gusto de los tecnólogos. Pocos expertos dudan de que el futuro de estos robots serán las máquinas biohíbridas, compuestas de tejidos vivos y materiales sintéticos. En el último número de Science Robotics, la élite del sector vaticina que los robots biohíbridos lo tendrán más fácil que los convencionales para interactuar con los humanos y con el entorno, y además serán más ecológicos, pues se alimentarán de productos naturales, incluida la luz solar, y sus desechos serán biodegradables por definición, como lo son los de nuestro cuerpo. Si un cíborg es un ser vivo enriquecido con quincalla sintética, un biohíbrido es la quincalla potenciada por los tejidos vivos. Las dos líneas de investigación deberían encontrarse alguna vez a mitad de camino, como dos tuneladoras bajo la montaña.

Pero lo más interesante, como ocurre a menudo, es el montón de problemas que quedan por resolver para llegar allí. Un tejido es más que la suma de sus células, y crearlo a partir del polvo va a requerir un sistema que intercambie gas y calor con el entorno, como el que tiene un tejido vivo, un procedimiento que distribuya el suministro energético y se deshaga de los desperdicios, como el que tiene un tejido vivo, y una red de comunicación entre células que permita al todo responder de manera coordinada, como la que tiene un tejido vivo.

También sería deseable que el artefacto híbrido supiera convertir su información genética en toda una batería de formas geométricas, y en este caso nos enfrentamos a un escollo aún más alto, porque los biólogos no han esclarecido aún cómo se hace eso, y, por tanto, no podemos copiárselo a la madre naturaleza, o bioinspirarnos en ella. El objetivo, dicen los investigadores, es desarrollar sistemas biocompatibles y biodegradables con “capacidad regenerativa, adaptativa, inteligente y biointegrable”. Dicho de otro modo, el objetivo es el gólem, insuflar vida a una efigie descubriendo la combinación oculta de letras (gatacca…).

Dijo Borges: “El gólem es al rabino que lo creó lo que el hombre es a Dios, y es también lo que el poema es al poeta”. La búsqueda moderna del gólem no solo va a requerir el conocimiento del biólogo molecular y la pericia del ingeniero, sino también el arte de un poeta.

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