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Retrasados

El derrumbe de Corbyn ha sido, hasta ahora, lo más sugestivo del insoportable Brexit

Jeremy Corbyn, durante la noche electoral.
Jeremy Corbyn, durante la noche electoral. REUTERS

El derrumbe de Corbyn ha sido, hasta ahora, lo más sugestivo del insoportable Brexit. Ha caído como un gato muerto y sin rebote. No se veía un fracaso semejante desde antes de la Segunda Guerra Mundial.

El desatino de Corbyn ha sido creer que un país donde aún quedan restos de una excelente enseñanza universitaria y en el que la población puede ver por televisión reportajes muy bien documentados sobre el desastre de los Estados comunistas, iba a tragar con su programa de paleosocialismo reaccionario disfrazado al modo progresista. Un programa, para entendernos, de los que tienen éxito en Argentina, en Grecia o en España.

El socialismo ve cada día más difícil explicar lo que esa palabra significa una vez desaparecido el proletariado. Puede venderlo mezclado con sentimientos nacionalistas, con sueños feministas, transexuales, climáticos o sindicalistas, pero ese cóctel es tóxico, como se vio en Grecia. Los verdaderamente desesperados no tienen por qué asumir normas elitistas y paternalistas de un estamento político cuyos sueldos multiplican por 10 el salario mínimo. Los auténticamente airados saltan a la calle a incendiar y destruir, una actividad impune que aplauden desde sus sillones los millonarios independentistas.

Esa es la paradoja de nuestros socialistas: pactan con un par de sociedades ricas (las más ricas, exactamente) que detestan y desprecian a las comunidades pobres a las que quieren hundir. Así, por ejemplo, ese millonario catalán encargado de la defensa del pueblo (¡!), que acusa a los “españoles” de arruinar la sanidad catalana. Este tipo dice ser de izquierdas. Ni un solo socialista ha osado contestar a este racista. En Cataluña no hay lucha de clases, solo de identidades.

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