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Espacios políticos turquesa

En la COP25, la Cumbre del Clima de Madrid, se está experimentando un espacio de innovación que debería formar parte del legado para las futuras negociaciones climáticas

Ceremonia de apertura de la COP25 celebrada este lunes en Ifema, en Madrid.
Ceremonia de apertura de la COP25 celebrada este lunes en Ifema, en Madrid. Getty Images

En la COP25, la Cumbre del Clima de Madrid, se está experimentando un espacio de innovación que debería formar parte del legado para futuras negociaciones climáticas. Tradicionalmente estas conferencias se dividen en la “zona azul”, en la que las delegaciones oficiales negocian —casi siempre a puerta cerrada—, y una “zona verde” donde se dan cita las iniciativas de la sociedad civil; es decir, de universidades, ONG, empresas y otros grupos significativos como los jóvenes o el movimiento feminista. Por primera vez en esta cumbre se están celebrando sesiones públicas de encuentro entre participantes de las dos zonas. En ellas, personas implicadas en el diálogo institucional exponen las líneas generales del momento, y organizaciones sociales trasladan propuestas e inquietudes de las entidades participantes. El espacio turquesa, resultado de la conversación entre la zona azul y la verde, es una iniciativa de intercambio y diálogo que permite avanzar, aunque sea tímidamente, en los principios de transparencia y participación, tan en boga hoy en los grandes debates pero tan difíciles de materializar.

Experimentos similares se están produciendo en multitud de Ayuntamientos, comunidades autónomas y laboratorios de innovación política y social que emergen con fuerza en universidades, Administraciones y foros sociales. La participación, la co-creación de políticas públicas y la implicación de la ciudadanía son vistas por muchos sectores como la terapia que puede revitalizar —salvar, dicen algunos— la democracia.

Quizá sea por esto que resulte anacrónica la opacidad con la que se están llevando las negociaciones para formar Gobierno en España. En apenas unos meses hemos pasado de conocer todos los detalles de los WhatsApp versus Telegram entre las partes negociadoras a no saber más de lo que los periodistas consiguen sacar entre pasillos. Ni lo primero era transparente ni lo segundo es responsable. Lo que vivimos el pasado verano no era transparente porque no ayudaba a entender el proceso y generaba un ruido que dificultaba cualquier posibilidad de comprensión. Lo que está ocurriendo ahora no tiene nada de responsable porque deja a la especulación y la imaginación un proceso cuyo resultado, sea el que sea, tarde o temprano conoceremos, y del que apenas se podrá valorar nada al carecer de las claves, que seguro son muchas. Cuanto más complejo, delicado y controvertido es un asunto, más hay que explicar sus líneas fundamentales.

Si es cierto que la transparencia y el cuidado del espacio público requieren crear una conversación colectiva que ayude a mejorar las democracias, harán falta muchos espacios políticos turquesa. De lo contrario, cuando surja la polémica y aparezcan críticas no previstas, se recurrirá a esa excusa tan manida que es escurrir el bulto sentenciando “es un problema de comunicación”. Como si comunicación y política fueran cosas distintas.

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