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Pacto

Ha habido que ver a Vox a los pies de la base social de los progresistas para que el pragmatismo se imponga

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias ayer tras firmar el pacto.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias ayer tras firmar el pacto. GTRES

Apuntes urgentes sobre la celeridad con la que, en esta ocasión, PSOE y Unidas Podemos se han aplicado a desbloquear la parálisis institucional. No lo tienen fácil, sea cual sea el formato, porque el sudoku parlamentario que necesitan augura una legislatura de infarto. No sólo para aprobar cualquier cosa, sino para sortear los palos en las ruedas que un grupo antisistema como Vox, y con 52 escaños, va a ir poniendo día a día.

La jugada de la repetición le salió mal al PSOE, pero el bloqueo ha penalizado otra vez a Unidas Podemos, y a Rivera le ha costado la carrera. Ha habido que cavar un poco más en el descrédito de la política, polarizar un poco más a los españoles y ver a Vox a los pies de la base social de los progresistas, para que el pragmatismo se imponga.

Este pacto deja al Partido Popular como líder de la oposición. Y los socialistas que han gobernado saben cuán despiadado puede ser el PP cuando aspira al poder. Si en esta ocasión aprende a hacerlo, ser duros, sin contemplaciones, pero sin jugar con los consensos básicos, los populares conseguirán frenar a los ultras. Porque ellos pueden hacerlo. Trazar la línea que separa a quienes discrepan dentro de un marco, de quienes le gritan a José Antonio Zarzalejos (vasco, español, conservador y monárquico, en su propia definición) “cabrón, rojo, traidor”, como le ocurrió el lunes por la mañana en la calle, en pleno centro de Madrid. Y el PP es imprescindible para abordar, en serio, la crisis catalana, la renovación de los organismos del Estado y devolver a las instituciones la normalidad y la funcionalidad.

Este pacto exige también que Unidas Podemos no frivolice con el riesgo cierto que para España y la convivencia representa la cabalgada rupturista y excluyente del independentismo catalán. Nada ha polarizado más peligrosamente nuestra vida que unos dirigentes catalanes, dispuestos a todo, incluido utilizar a su propia gente como escudos humanos, para tapar sus carísimos errores.

Y por último, al margen de la actuación de sus dirigentes, Vox tiene 3.600.000 votos en el Congreso y los partidos independentistas catalanes 1.600.000. Con esa realidad tienen que lidiar los socios del pacto. Entender por qué consiguen ese importante porcentaje de voto sigue siendo la prioridad para desactivar las derivas radicales.

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