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Por qué el edificio que mejor define Barcelona es la torre de Collserola (y no la Sagrada Familia)

Este elegante fuste de hormigón, distinguible por un centenar de antenas parabólicas, es el perfecto resumen de lo que quiso ser la capital catalana en su reconversión con la llegada de los Juegos Olímpicos de 1992

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La torre Collserola, con permiso de la Sagrada Familia, es el edificio más fotografiado por los turistas en su visita a la ciudad condal. |

El 1 de agosto de 1992, Fu Mingxia trastocaría el imaginario universal de Barcelona para siempre. La saltadora china se subió a la plataforma de 10 metros de la Piscina Municipal de Montjuïc, algo que ya había hecho en entrenamientos fuera de horario, pero esta era la primera vez que lo hacía en competición. Aún no había cumplido 14 años, pero ya sabía que la delicada fiereza de sus saltos le iba a dar el oro olímpico.

Lo que probablemente no imaginaba es que su silueta se convertiría en un símbolo, no solo de los Juegos Olímpicos, sino de la propia ciudad condal. Nos referimos a su cabello corto y el bañador negro con rayas multicolores que voló literalmente en cargados tirabuzones contra la Sagrada Familia y el Tibidabo, y en la imagen colectiva como parte de la trama urbana de Barcelona. Era la imagen televisiva perfecta. Era el tiro de cámara perfecto.

Aunque la carretera es la misma, acercarse a la Torre de Collserola no tiene la mística intergeneracional que tenía para los barceloneses subir al parque de atracciones del Tibidabo. La explicación es obvia: al último se iba a para subir a la noria y al tiovivo y la primera es un artilugio de telecomunicaciones. En esencia, una antena de televisión glorificada.

Sin embargo, para el peatón que se baja del coche al llegar al alto, la experiencia de ambos lugares es la misma: darse la vuelta y tener a tus pies toda la ciudad. Y entonces es cuando te das cuenta de que ese elegante fuste de hormigón colonizado de parabólicas es el perfecto resumen de lo que significa Barcelona.

La ciudad que se enseña a sí misma

En el documental Mies on scene —una magnífica pieza audiovisual sobre el pabellón de Mies van der Rohe, otro de los hitos arquitectónicos más importantes de Barcelona— Eduardo Mendoza declara que "Barcelona siempre se ha preocupado por ofrecer al exterior una imagen atractiva de sí misma. No necesariamente real, pero sí atractiva. Barcelona muestra una ciudad que se pueda vender al mundo". Seguramente tiene razón. La realeza catalana y, por tanto, barcelonesa, siempre ha tenido que ver con la industria y el comercio, y no tanto con la nobleza regia convencional.

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Panorámica de Barcelona desde la torre de Collserola hasta el mar. |

Es lógico pues que, como productores, el objetivo principal de la clase dominante sea enseñar su producto para poder venderlo. Y su producto más preciado es Barcelona. En realidad, siempre lo ha sido. Lo era a finales del XIX y principios del XX con las obras de Gaudí como punta de lanza, desde ese Frankenstein vestido de faralaes que es la Sagrada Familia hasta el formidable estudio de las relaciones humanas que es el banco del Parc Güell.

Y también lo fue pasados los noventa, cuando el Raval dejó de ser un barrio 'chungo' para ser un laboratorio de gentrificación cuando la palabra gentrificación aún no existía. En este contexto, la ventana de oportunidad de mercado se abrió de par en par en 1986, en el momento exacto en el que Juan Antonio Samaranch —otro ilustre barcelonés, en ese momento presidente del COI— anunció que los Juegos de la XXV Olimpiada se disputarían en la capital catalana.

Por aquel entonces, la democracia española tenía ocho años y no cumpliría los 14 hasta pasados los Juegos (la misma edad que Fu Mingxia, por cierto), pero cuando Samaranch exclamó "¡Barcelona!", a la ciudad se le dispararon los esteroides endógenos. Había pasado. Iba a pasar. Todo el mundo vería lo que era Barcelona, en lo que se había convertido Barcelona y la promesa de lo que Barcelona representaba.

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Vistas de Barcelona desde Collselora. A la izquierda, junto al mar, el hotel Vela, cuyo edificio firma Ricardo Bofill. A la derecha, Montjüic y la torre de comunicaciones de Calatrava. |

La mayor reconstrucción del siglo

Lo que sucedió en Barcelona durante los seis años que transcurrieron desde el anuncio olímpico hasta que la flecha flamígera de Antonio Rebollo encendiera el pebetero del Estadio de Montjüic fue, sencillamente, la mayor reconstrucción urbana que se ha producido en Europa en todo el siglo XX sin una guerra de por medio.

Se amplió la Diagonal y la trama del Eixample, se abrió un nuevo paseo marítimo en una ciudad que secularmente le había dado la espalda al Mediterráneo, se rompieron barrios, se destriparon calles, se cortó y se derribó y se reconstruyó todo. Desde los recintos deportivos y sus accesos hasta la Barceloneta y la Mar Bella.

La ciudad era nueva y reluciente, como un regalo recién envuelto que se desenvolvería la noche de la ceremonia de inauguración de los Juegos. Y ese regalo tenía que verlo todo el mundo. Tenía que retransmitirse a todos los rincones del planeta, así que iba a necesitar una herramienta para esa retransmisión. Iba a necesitar una torre de comunicaciones.

La antena que enseñaría Barcelona al mundo

En efecto, además de los estadios, los pabellones, los campos de tiro y los carriles de regatas en aguas bravas, el edificio más importante, más intrínsecamente imprescindible tanto para los Juegos como para la idiosincrasia de Barcelona, fue la torre de Collserola. En 1988 se convocó y se falló el concurso restringido de arquitectura para el diseño de la torre. El premio recayó en el proyecto de Norman Foster junto a la ingeniería de Arup.

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Engolada y caprichosa, la torre de comunicaicones de Montjüic fue la alternativa que Barcelona ofreció a Santiago Calatrava, quien fue vencido por Foster en el concurso para la torre de Collserola. |

El concurso tuvo su dosis de polémica cuando Santiago Calatrava, quien también había sido invitado a participar, declaró que Oriol Bohigas, en aquel momento consejero de Urbanismo del Ayuntamiento de Barcelona, pudo regalar la torre de comunicaciones a Foster. Aunque tal cosa fuese cierta, lo cual es muy dudoso, la elección del jurado no pudo ser más dichosa.

Primero porque el diseño de Calatrava era engolado y arbitrario, como puede comprobarse en la versión reducida que le concedieron como premio de consolación junto al estadio de Montjuïc. Pero en segundo lugar, y más importante, porque la torre de Foster y Arup es una joya de levedad y elegancia como un bailarín de puntillas sobre el Pico de la Vilana.

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Acero, hormigón y vidrio dieron forma a las líneas de fuerza, las cargas gravitatorias y sobre todo, las tensiones que soportan el azote del viento del edificio. |

Un fuste central hueco de casi mil pies de alto (unos 300 metros) que sujeta 12 plataformas perimetrales y cien antenas parabólicas y que, a su vez, es sujetado por un sistema de tres cuartetos de cables. Como epítome de la belleza estructural, a veces cuesta creer que se construyese con acero, hormigón y vidrio porque, si se mira lo suficiente, se dejan de ver los materiales y se empiezan a comprender las líneas de fuerza, las cargas gravitatorias y sobre todo, las tensiones que soportan el azote del viento. El terrible empuje horizontal al que se ve sometido cualquier edificio tan esbelto, como aquel rascacielos que habría destruido medio Manhattan si no llega a ser por una estudiante.

Un encuadre perfecto para una ciudad que quería ser perfecta

En 1991, el fotógrafo británico Bob Martin fue invitado, junto a otros periodistas extranjeros, a visitar las instalaciones olímpicas de Barcelona que estuviesen terminadas o al menos presentables. Una de ellas era la Piscina Municipal de Montjuïc. Allí, Martin descubrió el encuadre que le daría fama y, un año después, daría fama a la competición de saltos. Pero aún era solo un encuadre fotográfico.

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Esta es la foto de la torre Collserola que más 'likes' recolecta en Instagram. |

Por fortuna, la torre de Collserola se terminó a primeros del año 92 e inició la difusión de todos los canales de televisión a mediados de mayo, perfectamente a tiempo para los Juegos, que comenzarían oficialmente el 25 de julio. Más de tres mil millones de personas vieron la ceremonia de inauguración de los Juegos Olimpicos de Barcelona 92 a través de la televisión.

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Tracey Miles en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, vista por Bob Martin, con la Sagrada Familia destacando en el 'skyline' de la ciudad.

No hay datos oficiales pero es más que probable que la audiencia de los saltos de Fu Mingxia, la niña china que tenía la misma edad que la democracia española, no llegase ni a la tercera parte. Pero ya serían casi mil millones. Casi mil millones de telespectadores, en algún momento de la tarde del 1 de agosto, vieron a la saltadora perfecta enmarcada en el plano perfecto de una ciudad que aparentaba ser perfecta. Y lo vieron gracias que la señal se propagó por el mundo desde la torre de telecomunicaciones perfecta.

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