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Renglón torcido

Sobre Rivera recae que la legislatura acabe hoy o en un nuevo pleno

El líder de Ciudadanos, el pasado 11 de septiembre en el Congreso.
El líder de Ciudadanos, el pasado 11 de septiembre en el Congreso. GTRES

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, sorprendió ayer a propios y extraños ofreciendo una abstención en la que además deseaba involucrar al Partido Popular, si el candidato socialista, Pedro Sánchez, se avenía a cumplir determinadas condiciones. La propuesta no responde a un súbito sentido de Estado, que Rivera tuvo ocasión de demostrar desde el mismo día en que se cerraron las urnas y se recontaron los votos, sino al tardío reconocimiento de que la estrategia de levantar un cordón sanitario en torno al Partido Socialista es inviable, y tendrá un alto coste electoral para Ciudadanos. El mismo Rivera que ha dinamitado durante cinco meses el espacio de la centralidad, permitiendo que la ultraderecha forme parte de las mayorías de gobierno en municipios y autonomías para los próximos cuatro años, es el que aspira ahora a reconstruirlo en unas pocas horas, tras una precipitada rueda de prensa.

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El implícito reconocimiento del fracaso de la estrategia de Ciudadanos, llevado a cabo ayer por su líder, coloca a la totalidad de las fuerzas políticas ante el dilema que se dirime en la ronda de contactos conducida con escrupuloso rigor por parte del rey, Felipe VI. La lógica electoralista que ha inspirado los movimientos de los diversos grupos desde las últimas elecciones generales ha impedido llegar a este momento con una mayoría suficiente para investir a un candidato, articulada en torno a un programa de gobierno. No, sin embargo, para la única salida razonable a estas alturas, que no es otra que permitir que la legislatura acabe en el Congreso el próximo día 23 y no esta misma tarde, al término del último encuentro que mantendrá el jefe del Estado. En este sentido, ningún partido, ni en la derecha ni en la izquierda, está obligado a pronunciarse sobre las condiciones que Rivera ha necesitado inventarse, como si pretendiera que los demás le absolvieran de sus errores poniéndose a negociar en las escalinatas de La Zarzuela.

Sobre lo que, en cambio, sí tendrían que decidir es sobre sus respectivos mensajes al jefe del Estado, para que, si el enrocamiento generalizado se mantiene, el final de la legislatura se pueda certificar en el Congreso de los Diputados, tras un nuevo debate de investidura en el que cada grupo se vea forzado a dar explicaciones. Para que este desenlace sea posible, es necesaria, entre otras cosas, la disposición del candidato socialista a correr con un nuevo intento de investidura tal vez fallido y la de Unidas Podemos para facilitar una prórroga. Pero también la de Ciudadanos para mantenerse en el principio de abstención que ha aceptado, sin ocultarse detrás de condiciones que, de no ser solo otra argucia electoralista, debería haber negociado con los socialistas cuando aún había tiempo, no cuando el país se ve abocado a prolongar la parálisis sin perspectivas de desenlace.

Era difícil imaginar que el presidente de la tercera fuerza política en España pudiera mostrar en una sola comparecencia mayor desprecio a los ciudadanos y mayor falta de respeto a los procedimientos constitucionales. El rey Felipe y los líderes a los que recibió ayer y recibirá a lo largo de hoy no merecían que Rivera se comportara como un espontáneo, intentando monopolizar la escena política cuando era el turno de otros electos y de otros mensajes. Pero también en política un renglón torcido puede conducir a que se escriba derecho.

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