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Profesiones clave del Estado del bienestar

Médicos y profesores son pilares de la sociedad, pero sus métodos de formación son muy distintos

En la foto de la izquierda, de izquierda a derecha, Jaime Marcos, secretario; David Santos, director, y Maite Urquizu, jefa de estudios del CEBIP Antonio Machado de Majadahonda (Madrid). En la de la derecha, de izquierda a derecha, José Manuel Busto, residente de dermatología; Ángela Ojeda, de cirugía plástica; Eugenio de Miguel, especialista en reumatología, rn jefe de estudios y presidente de la comisión de docencia (responsable de los MIR); Borja Rivero, residente de cardiología, y Belén Gutiérrez, jefe de residentes y adjunta en medicina interna. Todos ellos trabajadores del hospital de La Paz, en Madrid.
En la foto de la izquierda, de izquierda a derecha, Jaime Marcos, secretario; David Santos, director, y Maite Urquizu, jefa de estudios del CEBIP Antonio Machado de Majadahonda (Madrid). En la de la derecha, de izquierda a derecha, José Manuel Busto, residente de dermatología; Ángela Ojeda, de cirugía plástica; Eugenio de Miguel, especialista en reumatología, jefe de estudios y presidente de la comisión de docencia (responsable de los MIR); Borja Rivero, residente de cardiología, y Belén Gutiérrez, jefe de residentes y adjunta en medicina interna. Todos ellos trabajadores del hospital de La Paz, en Madrid.

Hace ahora siete años, el pontevedrés José Manuel Busto, un 13,6 de nota de acceso a la Universidad, anunció que quería estudiar Medicina, y a su familia le encantó la idea. ¿Y si hubiera decidido ser maestro? "Me habrían apoyado igual, pero a Medicina se la ve tradicionalmente como una carrera con salida y prestigio social", reconoce. No lo dice en ningún momento, pero en el aire queda que Magisterio no goza de la misma percepción. ¿Por qué? A priori, docentes y facultativos, los dos grandes puntales del Estado de bienestar, deberían tener un reconocimiento similar. En la práctica, las diferencias comienzan en la misma puerta de la formación inicial: la nota mínima para acceder a cualquiera de las 42 facultades de Medicina que existen en España (serán 43 con la apertura de la de la pública de Navarra en 2019-2020) roza el 11; a Magisterio, carrera comodín presente en prácticamente todos los campus universitarios, se puede entrar con un 5.

Ambos perfiles profesionales se forman en la Universidad (grado de cuatro años los primeros, de seis los segundos). Al terminar, les esperan, a los unos, un examen MIR (Médico Interno Residente) para seguir formándose en una especialidad determinada, ya en un hospital, y durante cuatro o cinco años más, con un sueldo; a los otros, oposiciones para ejercer en la enseñanza pública. "El sistema de oposición no sirve; evalúa no un conocimiento real sino declarativo, y no está promoviendo el tipo de docente que queremos en las aulas", denuncia Carmen Fernández Morante, presidenta de la Conferencia Nacional de Decanos de Ciencias de la Educación.

"Nos hace falta un programa de Acceso a la Profesión Docente (APD), nos da igual el nombre; de formación específica, intensivo, de dos años de duración, en centros de referencia comprometidos con la formación y la innovación; con evaluación continua, donde se midan las competencias, y los futuros docentes se puedan ejercitar con plena responsabilidad, bajo la supervisión de un tutor académico y otro profesional", resume Fernández el documento consensuado entre los decanos y la Asociación Nacional de Estudiantes de Educación y Formación del Profesorado (Cesed). Esa APD tendría una prueba de acceso, y un número de plazas, pactadas con las comunidades autónomas, en función de la oferta y la demanda.

Es esa parte de aprender haciendo, con fuego real, que los maestros piden y los médicos tienen. Nos encontramos en el hospital de La Paz, en Madrid con 570 residentes de 52 especialidades. Aquí hace su primer año de residencia (R1 en la jerga), en dermatología, José Manuel, número 1 en el examen MIR de 2019; junto a él, Borja Rivero, R2 de cardiología; y Ángela Ojeda, R5 de cirugía plástica. Los acompañan Belén Gutiérrez, jefe de residentes 2019-2010 y adjunta en medicina interna, y Eugenio de Miguel, especialista en reumatología, jefe de estudios y presidente de la comisión de docencia del hospital madrileño. Todos valoran muy positivamente la experiencia, lo que aprenden, las responsabilidades que están asumiendo. "Cuando entras en el hospital te das cuenta de que todos saben más que tú", admite Borja, que está de guardia y pendiente de su busca. "Es un periodo que va rellenando lagunas en cuanto a conocimiento médico, e iguala", señala Gutiérrez refiriéndose a que no todos los MIR llegan de sus respectivas Facultades con el mismo bagaje de prácticas.

Una cuestión crucial

Las prácticas (la falta de ellas, o cómo están organizadas) son la principal objeción que los residentes reunidos por EL PAÍS ponen a su formación inicial. Aunque cada vez más Facultades dedican el sexto curso a que el alumno realice un rotatorio clínico (por todos los servicios: pediatría, atención primaria, urgencias,...) y un trabajo fin de grado, según recuerda Pablo Lara, presidente de los decanos de Medicina de España. Lara tilda la formación universitaria de "aceptable, sobre todo considerando la escasez de recursos, tanto de profesorado como de infraestructura". El Consejo Estatal de Estudiantes de Medicina (CEEM) detecta que, pese a Bolonia, las clases siguen siendo magistrales, con grupos muy grandes. "Necesitamos un cambio en el modelo formativo, un aprendizaje basado en problemas, o casos clínicos, y conocimientos integrales que incluyan aspectos psicosociales y no solo biológicos, para un abordaje integral del paciente", expone su presidenta, Laura Martínez.

Los decanos de Educación y los futuros maestros buscan una reformulación aún más profunda. "Una formación más holística, que nos permita trabajar las emociones y las inteligencias múltiples; ratios más bajas; y más prácticas, en centros educativos y en clases-seminarios en las que afrontar casos reales y conectar el conocimiento teórico con la puesta en práctica", pide África Franco, presidenta de Cesed. "Hay que actualizar los contenidos; no podemos trabajar con un modelo formativo de hace 10 años", reclama Fernández Morante, que insiste en la necesidad imperiosa de "atraer a los más idóneos" y darles una formación de calidad, lo que significa mucha, muchísima, experimentación. Pero, antes que todo eso, exigen otra forma de acceder a la carrera. No se trata solo del expediente. "No vale con la nota de la Evaluación de Acceso a la Universidad (EvAU), y tampoco un expediente brillante garantiza un buen docente. Pedimos una prueba específica que mida, al menos, tres elementos: rendimiento académico previo, competencias transversales y actitudinales, y motivaciones para elegir la titulación", enumera.

Maite Urquizu quería ser maestra, pero su familia la presionó para que hiciera algo "con lo que ganarse mejor la vida y que estuviera mejor visto". Entró en otra carrera en su Venezuela natal y duró seis meses. Estudio Magisterio, vino a España, aprobó las oposiciones y es jefa de estudios en el CEBIP (Centro de Educación Bilingüe de Infantil y Primaria) Antonio Machado. La segunda parada larga de este reportaje. Con ella, el director, David Santos, y el secretario, Jaime Marcos. Juntos lideran un profundo cambio metodológico en este colegio público de Majadahonda, en Madrid. No guardan recuerdos memorables de su formación inicial, que compartieron tanto con compañeros motivados y vocacionales como con otros que estaban allí porque no les daba la nota para hacer lo que les hubiera gustado. "Lo que me dio el empujón definitivo fue el periodo de prácticas", señala Marcos. Creen que el sistema de oposiciones es injusto, subjetivo, poco transparente, y además no funciona.

¿Pública o privada?

Urquizu trabajó en un colegio privado antes de conseguir su plaza pública, y no le gustó. "Dependerá de los centros, pero la percepción general es que en los privados y en los concertados los sueldos son iguales o más bajos, y hay que estar más horas", tercia Marcos. "Mis conocidos que ejercen en la privada se están preparando oposiciones", agrega. Días después, y a 22 kilómetros de Majadahonda, el jefe de estudios de La Paz dirá que él no tiene consulta privada. Entre sus MIR también hay preferencia por la sanidad pública. "Te abre puertas que no te abre la privada; idealmente, me gustaría ejercer en la pública y tener mi parte en la privada, por un tema económico", se sincera Borja. Luego hay especialidades y especialidades, y la de Ángela, cirugía plástica, es carne de privada. "La cirugía plástica reparadora se hace sobre todo en los hospitales públicos mientras que la estética se practica principalmente en la privada. Me gustaría combinar ambas", argumenta.

La más feliz del aula

Esther Vaquero García de Yébenes salió con la primera promoción del grado en Educación Primaria con mención en inglés de la Universidad Pontificia Comillas. Había entrado con un 9,3 (sobre 10). Todo el mundo en su entorno sabía que su vocación era el magisterio. Califica positivamente su formación inicial. "Grupos reducidos, seguimiento, reflexión, exigencia", enumera.

Se graduó, adquirió experiencia docente en Cardiff y en Nueva York. "Me abrieron mucho la mente y conformaron lo que ahora soy como maestra". Y se matriculó en Pedagogía en la UNED, "para tener una visión más general de la educación". Tras una exhaustiva selección, entró en un colegio concertado, donde permaneció dos años. Hasta que en 2015 se convocaron oposiciones y sus allegados la alentaron a presentarse.

"No me planteaba nada, estaba muy a gusto, creciendo profesionalmente, con oportunidades de formación, y empezando un proyecto de innovación muy fuerte; creo que me decidí por la seguridad y la estabilidad laboral".

Aprobó, obtuvo su plaza provisional en un centro de Colmenar Viejo, en Madrid, y la definitiva en el colegio público trilingüe Virgen de los Remedios, en el mismo pueblo, donde lleva tres años. Proyectos europeos, con el Teatro Real, huerto, TIC, aula TEA... Es jefa de estudios desde este curso 2019-2020. Está ilusionada. "Soy una maestra feliz".

El equipo directivo del Antonio Machado clama por un pacto educativo que ponga fin a tanto vaivén legislativo. Pide respeto. Saca pecho de su trabajo. Pero también hace autocrítica. "Conseguir plaza te da derecho a un trabajo digno, pero creo que, para mantenerlo, periódicamente tendríamos que demostrar estar capacitados", arranca Marcos. Los tres reconocen que existen malos profesionales en el sistema, y que no hay mecanismos (o no se utilizan) para apearlos. "El año de prácticas [el curso siguiente a conseguir su plaza, el maestro está supervisado y ha de pasar una prueba] es mentira. No sé de nadie que haya suspendido ese examen", lo expresa Urquizu. Pero que son más, según subrayan, los buenos, los que dedican sus tardes a programar y corregir, y su tiempo libre a formarse, "aunque de eso no se habla; nosotros somos mundialmente conocidos por nuestros dos meses de vacaciones", se queja Marcos. "No es un debate sobre educación, es un linchamiento", dice con amargura. "Es cierto que cuando abrimos el centro a las familias, y estas ven cómo trabajamos, cambian su percepción, y nos valoran más", reconoce Santos.

"El 98% de los residentes son entre buenos y excelentes, gente en cuyas manos pondrías a alguien de tu familia", enfatiza De Miguel. ¿Y el 2% restante? "Es un sistema garantista", responde, lo que quiere decir que hay que demostrar muy bien que el MIR en cuestión no es capaz de aprovechar el plan formativo. Se le da la opción de recuperar, o de que lo examine otro tribunal. "Pero, sí, ha habido ocasiones en las que hemos suspendido", admite el doctor. No va a ser el caso, salvo catástrofe, de ninguno de los jóvenes que se sientan a su lado. Es más, "ninguno va a tener problemas para encontrar trabajo", asegura. Los aludidos lo refrendan. "Para los internistas hay trabajo, pero no tanto como nos gustaría en el sitio en el que nos gustaría; nuestra gran salida son las urgencias", matiza Gutiérrez. "Siempre tienen abiertas las puertas de Europa, y facilidades para ir a Estados Unidos con visado de investigación", acota De Miguel.

Sobran facultades

En febrero, 15.475 aspirantes compitieron por 6.797 plazas en el examen MIR. Los decanos piden que no se abran más facultades, y alertan de que Medicina, una carrera que llevaba años con pleno empleo, empieza a tener paro, estimado en unos 2.000 facultativos. Pero, sobre todo, ponen el acento en la precariedad. Contratos temporales, de sustitución, falta de estabilidad. "No hay plazas atractivas; estimamos que, cada año, 3.000 médicos se están yendo fuera de España. Algo falla", acota Lara. De Miguel disiente. "Yo el futuro lo veo bastante bien". Sugiere, eso sí, calibrar mejor las plazas que se ofertan de cada especialidad, y una mayor flexibilidad para ir aumentándolas o disminuyéndolas en función de una realidad cambiante.

Pero incluso en el más pesimista de los análisis, un médico sabe que lo va a tener infinitamente más fácil que un maestro para encontrar trabajo. Un total de 185.173 docentes compitieron por 30.562 plazas en las oposiciones de finales de junio. "Hay que racionalizar la oferta si queremos dignificar la profesión", argumenta la presidenta de los decanos de Educación. No hay sistema capaz de asumir los más de 117.000 alumnos matriculados en el grado de educación infantil o primaria, ni los más de 28.000 egresados anuales (solo en el curso 2017-2018, último dato del Ministerio de Educación). A estas alturas, el equipo directivo del CEBIP Antonio Machado no conoce a ningún compañero en paro, pero sí a muchos que han terminado dedicándose a otra cosa. "Uno de los mejores estudiantes de mi promoción es hoy policía nacional", saca a colación Marcos. Otros muchos son interinos: hay casi un 30% de ellos en las plantillas escolares, saltando de un centro a otro, cubriendo bajas y vacantes. "Que haya mucha rotación en los claustros no favorece la continuidad de un proyecto educativo", advierte Santos.

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