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Desaprovechados

Urgen nuevas políticas activas de empleo, bien diseñadas y dotadas, con la complicidad de Administraciones, agentes económicos y sectores sociales

Trabajadores de Deliveroo y Glovo en la plaza de Alonso Martínez, en Madrid.
Trabajadores de Deliveroo y Glovo en la plaza de Alonso Martínez, en Madrid.

Además de los parados, los precarios, los pobres de solemnidad, los trabajadores pobres y los dependientes no agotan la nómina de sectores vulnerables, enquistados en una sociedad que va recuperando sus niveles económicos. Peor aún: son capas deslocalizadas hacia sus bordes o sus cunetas. Son la herencia incontrovertible e irresuelta de la Gran Recesión de hace un decenio. A todas ellas se les suma la categoría de los desaprovechados o infrautilizados, de los que la sociedad podría obtener mejores rendimientos, que ellos desearían ofrecer. A saber, el conjunto de trabajadores en desempleo, los temporales forzosos (con un horario demediado que querrían completo) y los desanimados que tras un paro de larga duración han sucumbido al desaliento por lo infructuoso de su búsqueda.

Son 5,2 millones de personas, como cuantifican las agencias de colocación y empresas de trabajo temporal. Y aunque esa cifra supone el mejor registro desde que se desató la crisis (22,2% de la fuerza laboral), no alcanza el anterior a la recesión (19,7%). La lentísima y desigual recuperación subraya la tendencia al enquistamiento, e incluso a la ampliación de las brechas internas del grupo: las mujeres, los jóvenes y los ciudadanos de las regiones sureñas han consolidado, para mal, su desventaja.

Conviene subrayar este fenómeno no para contribuir al desánimo social, sino para hacerle frente. Sobre todo ante un nuevo y decisivo curso político, como un aviso. La desaceleración mundial, los atisbos de recesión en Alemania y las guerras comerciales (que parecen, tras el último G7, atisbar al menos una pausa) no pueden constituirse en coartadas para desatender a estos sectores. Urgen nuevas políticas activas de empleo, bien diseñadas y dotadas, con la complicidad de todas las administraciones, agentes económicos y sectores sociales.

Y no solo porque España atraviese por el momento una mejor coyuntura que sus pares. Sino porque incluso si esta empeorase, se trata de asignaturas pendientes de urgente aprobación. Sea mayor o menor, el crecimiento futuro debe ser inclusivo —y por tanto, prerredistributivo; o al menos, simultáneamente redistributivo—, para acortar o cerrar esas brechas sociales, antes que nada.

Sería un desatino confiar en que cualquier programa económico que pase por ampliarlas en vez de reducirlas obtendría algún respaldo social. Ni pueden repetirse los recortes sociales al Estado de bienestar, ni practicarse una nueva devaluación salarial, ni sacrificarse ninguna infraestructura básica. Porque sería injusto. Y desleal con quienes más contribuyeron. Porque sería estúpido al atizar reacciones antisistema de quienes creyeron en el sistema pese a llevar la peor parte. Y por escandaloso, cuando ya otros sectores sociales han recuperado y mejorado sus cuotas de bienestar.

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