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¿Y ahora qué, España?

Las fuerzas de izquierda tienen una nueva tarea histórica: luchar por la defensa de la democracia desde la unidad programática

El primer ministro portugués, António Costa.
El primer ministro portugués, António Costa. AP

Nunca pensé que un libro que publiqué hace poco sobre la unidad de las izquierdas se volviese tan actual en España. Me refiero a Izquierdas del mundo, ¡uníos! (Icaria, 2018). Inspirado en la reciente experiencia portuguesa, en él procuro responder a tres preguntas. ¿Por qué razones, a lo largo del siglo XX, siempre fue más fácil para las fuerzas políticas de izquierda unirse a las fuerzas de derecha para gobernar que a otras fuerzas de izquierda? ¿Qué hace tan importante en la coyuntura actual que las fuerzas de izquierda se unan? ¿Qué tipo de unidad se debe buscar sin que las diferentes fuerzas de izquierda pierdan su identidad?

Las razones de las divisiones vienen desde la Revolución Francesa, pero las más conocidas se remontan a las fracturas dentro del movimiento obrero de Europa Central en el periodo anterior a la I Guerra Mundial. Son fracturas que se presentan como divisiones entre nacionalismo e internacionalismo pero que apuntan a diferentes concepciones de socialismo y al uso de diferentes medios políticos (electorales, revolucionarios) para alcanzar objetivos similares. Las diferencias siempre parecían más importantes vistas desde dentro de las fuerzas de izquierdas que desde la perspectiva de sus oponentes. Por mucho que socialistas y comunistas se enfrentasen, cuando Hitler llegó al poder no vio entre ellos diferencias que mereciesen un trato diferente. Los liquidó a todos.

Con el tiempo, las fracturas se condensaron en una fractura de horizontes: entre un horizonte poscapitalista o anticapitalista y un horizonte capitalista “civilizado”, un capitalismo regulado por la democracia, un “capitalismo democrático”. Esta fractura tuvo una configuración geopolítica específica. El horizonte poscapitalista continuó atrayendo a las clases populares en el mundo menos desarrollado, mientras que en Europa la idea del “capitalismo democrático” ganó un peso creciente, sobre todo después de la II Guerra Mundial. Pero esta fractura existió en el corazón de Europa hasta la caída del muro de Berlín. Hasta entonces, las fuerzas de izquierdas que apostaban por un horizonte de capitalismo democrático se aliaban más fácilmente con las fuerzas de derecha democráticas que con las fuerzas de izquierda anticapitalistas. Con la caída del muro de Berlín esta fractura parecía haber llegado a su fin. Las fuerzas de izquierdas anticapitalistas fueron impulsadas a transformar el horizonte político del poscapitalismo en un horizonte civilizatorio. Las divergencias parecían ahora menos profundas (sobre las intensidades del capitalismo democrático) y las alianzas, más probables. Pero eso no es lo que sucedió y el hecho de que las izquierdas todavía no se hayan dado cuenta de que lo que realmente ha sucedido está en la raíz de las dificultades actuales para unirse.

Los maximalismos de pelear por puestos en el Gobierno no tienen sentido. Tiene sentido luchar por programas defendidos en el Parlamento

La caída del muro de Berlín significó no solo el fin del socialismo de tipo soviético, sino también el fin del capitalismo democrático, o de la socialdemocracia. Si la Guerra Fría había dado a la democracia la posibilidad de regular el capitalismo, con el fin de ella, y sin la necesidad de cambios constitucionales, el capitalismo pasó a regular la democracia. Los derechos sociales pasaron a considerarse insostenibles, el intervencionismo del Estado a considerarse perjudicial para el buen funcionamiento de la economía. La democracia se convirtió en un bien político condicional a defender siempre y cuando no perjudicase el desarrollo capitalista.

La situación en la que se encuentra el mundo es nueva. El capitalismo y la democracia se están volviendo incompatibles. La ola reaccionaria que atraviesa el mundo es la prueba más visible, a pesar de que la razón más profunda está en la escandalosa desregulación financiera que se alimenta de la concentración de riqueza a cualquier precio. Hemos entrado en un periodo de luchas defensivas y la lucha más básica es la defensa de la democracia. En esta defensa no podemos contar con las fuerzas de derecha. Por más democrático que sea su discurso, siempre que en la práctica se vean obligadas a optar por más democracia o por más capitalismo, optan por más capitalismo. Es por eso por lo que hoy un partido de izquierda dispuesto a gobernar con la derecha hará inevitablemente una política de derecha. De ahí la nueva tarea histórica de las fuerzas de izquierdas. Son las que de manera más genuina pueden luchar por la defensa de la democracia y esta debe ser su nueva exigencia de unidad.

Dicha exigencia de unidad es pragmática. Esto no implica que las fuerzas de izquierdas pierdan sus identidades o sus horizontes civilizatorios. Implica identificar lo que las une más allá de lo mucho que las divide y considerar que ello es suficiente para la formación de alianzas que defiendan la democracia. En estas condiciones, los maximalismos de lucha por puestos en el Gobierno no tienen sentido. Tiene sentido luchar por programas fuertemente defendidos en el Parlamento.

Boaventura de Sousa Santos es director emérito del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra.

Traducción de Antoni Aguiló

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