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Arquetipos políticos

Como en las tragedias clásicas, la victoria moral no irá a quien destruya al adversario, sino al primero que tienda la mano para reconciliarse

Pedro Sánchez y Albert Rivera, antes de su reunión en el Congreso.
Pedro Sánchez y Albert Rivera, antes de su reunión en el Congreso. EFE

Dos jóvenes apuestos se hacen amigos a pesar de que pertenecen a dos comunidades políticas enfrentadas: los rojos y los azules. Ambos tienen planta atlética, madera de líder y dotes de oratoria. Se dan la mano y se pasean juntos, enviando una señal de que los grupos sociales enemistados puede convivir en paz. Pero un accidental recrudecimiento de las tensiones políticas precipita que la amistad fraternal entre los dos jóvenes se torne en un odio visceral. De símbolo de la concordia su relación pasa a ser el epítome de la confrontación civil. Todos recordamos cuando, antes de enfrentarse en el espectáculo con más audiencia del país, sus miradas se cruzan un instante. En esos ojos hubo cariño y admiración mutua. Pero, ahora, con sus seguidores en el circo bramando sus nombres y pidiendo sangre, solo arde el rencor.

Los jóvenes se llaman Judá Ben-Hur y Messala, pero podrían ser Sánchez y Rivera. Los líderes de PSOE y Ciudadanos se llevan mal porque se parecen mucho. No es una contradicción, sino uno de los arquetipos más recurrentes de la humanidad. Su plasmación artística más popular es Ben-Hur, pero la más sintética está en la Biblia. La historia de Caín y Abel destila la esencia de un conflicto psicológico básico que permea la convivencia social. Dos personas que se quieren (hermanos) y se esfuerzan por igual: ambos sacrifican los frutos de su trabajo a Dios. Pero uno tiene suerte (la ofrenda de Abel agrada al cielo) y el otro no (las viandas de Caín no gustan al creador). El desafortunado siente celos y de ahí surge el odio cainita.

El destino también ha sido caprichoso con Sánchez y Rivera. Los dioses electorales han puesto a uno en las columnas de La Moncloa y al otro en las galeras de un partido a la deriva. Como los héroes trágicos, Sánchez y Rivera tienen sobrados motivos para estar enfadados. Y, por tanto, suficientes razones para reconciliarse. Rivera critica legítimamente al sanchismo por su incoherencia. Sánchez no puede pedir a Ciudadanos (o al PP) que, para favorecer la gobernabilidad, se abstenga en su investidura, cuando él se la negó a Rajoy. Y Sánchez ataca con sentido a Rivera por su arrogancia al imponer un cordón sanitario al PSOE.

Pero, como en las tragedias clásicas, la victoria moral no irá a quien destruya al adversario, sino al primero que tienda la mano para reconciliarse. @VictorLapuente

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