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'Balenciaga y la pintura española': el elegante pulso entre el modisto y los grandes bastiones de nuestro arte

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza acaba de inagurar la exposición más ambiciosa sobre el modista español hasta la fecha. Casi un centenar de vestidos, algunos inéditos, que el guetarense creó durante su dilatada trayectoria, se exponen junto a numerosos lienzos procedentes de museos y colecciones privadas

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A la izda. 'Vestido de noche', 1952. Cristóbal Balenciaga. Dcha. 'Retrato de María del Rosario de Silva y Gurtubay, Duquesa de Alba', 1921. Ignacio Zuloaga. |

Es fácil imaginarse al pequeño Cristóbal Balenciaga entrando a la casa de los marqueses de Casa Torres en Getaria y soltándose de la mano de su madre, la modista, para detenerse un rato más ante ese cuadro tan raro de un señor asaeteado por flechas. O quedándose inmóvil antes ese otro lienzo de una señora poco agraciada pero fascinante, ¡y tan bien vestida! Seguramente alguien le dijo que se llamaba María Luisa de Parma y que la había pintado Goya.

El marqués de Casa Torres había sido miembro del primer patronato del Museo Nacional del Prado y la familia era propietaria de una de las colecciones de arte español más potentes del mundo, en la que no faltaba un San Sebastián y una Inmaculada de El Greco y varios cuadros de Goya, Velázquez y Rivera de Pantoja. Siete de esos lienzos que encendieron la imaginación de Cristóbal Balenciaga y compusieron su primera educación artística estarán ahora en el Museo Nacional Thyssen- Bornemisza, frente a los vestidos que inspiraron. Balenciaga y la pintura española arranca, sin duda, con la ambición de ser la muestra más completa sobre el modista español desde la primera retrospectiva que se le dedicó en 1973.

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A la izda. 'El cardenal don Luis María de Borbón y Vallabriga', hacia 1800. Francisco de Goya. A la dcha. Vestido y chaqueta de satén, hilos metálicos, lentejuelas y mostacillas. 1960. Cristóbal Balenciaga. |

Para hacerlo realidad, se trasladaron hasta al Thyssen 90 vestidos procedentes de distintos fondos, desde el propio Cristóbal Balenciaga Museo a en Getaria al Museo del Traje de Madrid o el Museu del Disseny de Barcelona, a colecciones privadas como la de Hamish Bowles, el consultor del Vogue estadounidense o la del coleccionista francés Dominique Sirop. También de algunas herederas de clientas, que han abierto por primera vez los baúles de la familia. Entre ellas, la tenista Bibiñe Belausteguigoitia o María Victoria de León, que ha cedido cuatro piezas, incluyendo el traje de novia de su abuela.

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A la izda. 'Fray Francisco Zúmel', hacia 1628. Francisco de Zurbarán. A la dcha. Vestido de novia de satén y visón, 1960. Cristóbal Balenciaga. |

Tan difícil como conseguir esas piezas fue lograr, por ejemplo, que instituciones como el Museo Nacional del Prado, el Lázaro Galdiano o los Museos de Bellas Artes de Bilbao y Gijón cediesen sus cuadros de Velázquez, Goya, Zurbarán, El Greco, Murillo, Julio Romero de Torres o Zuloaga, o que lo hiciesen coleccionistas privados como Juan Abelló y Alicia Koplowitz. Las salas del Thyssen se han pintado de negro Balenciaga –en realidad son siete negros distintos, distinguibles solo al ojo más experto. En la sala dedicada a lo goyesco, por ejemplo, el negro tiene matices rojos– y dentro se han colocado los vestidos dialogando con las obras que los inspiraron.

Los emparejamientos los ha hecho el comisario Eloy Martínez de la Pera, que lleva unos seis años trabajando en esta exposición y admite que ha hecho un trabajo entre detectivesco y psicoanalítico para meterse en la mente del híper hermético Cristóbal Balenciaga. “Es complicado porque solo dio dos entrevistas en su vida. Me fueron de gran ayuda las conversaciones que tuve con Sonsoles Díez de Rivera, custodia del legado del modista, y con Hubert de Givenchy, que fue su ayudante. Él me contó mil anécdotas hasta pocos días antes de fallecer. Por ejemplo, Balenciaga le dijo a Givenchy que El Greco era el más flamboyant de los pintores españoles. "Si El Greco pintó esos sayos a la Virgen María, cómo no voy a poder hacer yo estos fucsias”, solía decir.

Misticismo a la 'Balenciaga'. Hábitos, trajes de novia y mujeres ajenas al pecado carnal

Sus rojos, rosas y púrpuras son, ciertamente, cardenalicios y casi evangelizadores. Devoto católico y coleccionista de hábitos y trajes eclesiásticos, la Iglesia y su mundo estético fueron su principal fuente de inspiración. De la casaca de un cardenal en un cuadro de 1912 de su amigo y contemporáneo Zuloaga sacó, por ejemplo, un abrigo en rojo clavel. Martínez de la Pera también ha querido contraponer los trajes de novia –están los dos más famosos que creó: el de la reina Fabiola y el de Carmen Martínez Bordiú– con los cuadros de frailes que pintó Zurbarán y que provienen de la Real Academia de las Artes de San Fernando de Cádiz, además de un cuadro de la iglesia de Santa Bárbara de Madrid. “Balenciaga encontraba que los hábitos eran el súmmum de la belleza y la mística. Hay sencillez en el patronaje, pero también una absoluta perfección”, asegura el comisario.

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A la izda. 'Anunciación', hacia 1576. El Greco. A la dcha. Conjunto de noche de vestido y capelina, hacia 1967. Cristóbal Balenciaga. |

Para él también está claro que el origen de los vestidos con cola de pavo real hay que buscarlo en los mantos de las vírgenes andaluzas. Y eso que, como se señala en el catálogo de la muestra, la religiosidad de Balenciaga estaba mucho más ligada al “calvinismo vasco” y el “ascetismo ignaciano” que a esa exuberancia del Sur. Por algo las mujeres vestidas de Balenciaga se percibían como vestales ajenas a todo pecado de la carne.

Cuando la herencia española aflora inconscientemente

Según Martínez de la Pera, al llegar Balenciaga a París en 1936 es cuando “descubre la esencia de lo español. Hasta entonces, no tenía la necesidad de proyectar su herencia en sus creaciones”. Es en la capital francesa donde armando las enormes colecciones de la época con hasta 200 looks, el modisto, aflora todo su patrimonio visual. los marineros vascos, el azul cobalto de El Greco, los trajes de las infantas de Velázquez... Y Goya, siempre Goya. Bettina Ballard, editora de Vogue en los años 50, escribió: “Se dé o no cuenta Balenciaga, siempre tiene a Goya mirando por encima de su hombro. Goya cree en el encaje y en los lazos, pero sin usarlos de manera recargada, sino con verdadera dignidad española”.

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A la izda. 'La reina Ana de Austria', hacia 1616. Bartolomé González (copia de Antonio Moro). A la dcha. Conjunto de noche de abrigo y vestido, 1962. Cristóbal Balenciaga. |

Los retratos de las damas de la corte y los de Cayetana de Alba le inspiraron a lo largo de toda su carrera. En la exposición, se puede ver claramente cuándo se contrapone el famoso retrato de la duquesa vestida de blanco con un lazo rojo en la cintura con un traje de cóctel con mantilla de 1960 que tiene la misma combinación.

Incluso tras el valioso trabajo biográfico que han hecho Miren Arzalluz, autora de Balenciaga. La forja de un maestro y exdirectora del Museo de Getaria; y Ana Balda, que le dedicó su tesis al de Guetaria, la vida del modista sigue teniendo muchos puntos opacos. No está claro cómo fue completando su formación en el arte más allá de aquellas primeras visitas al Palacio de Vista Ona de su benefactora, la marquesa de Casa Torres (a la que le hizo un vestido cuando tenía solo 12 años).

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A la izda. Conjunto de noche de vestido de tul con hilo metálico y sobrefalda de tafetán, hacia 1951. Cristóbal Balenciaga. A la dcha. 'Santa Isabel de Portugal', hacia 1635. Francisco de Zurbarán. |

Su idilio con el Arte Moderno

Tampoco se sabe bien cuál fue su relación con los pintores contemporáneos, más allá de su amistad con Zuloaga y con Joan Miró. El automatismo del mallorquín pudo influir en los vestidos de cóctel escultóricos que hizo en 1967, justo antes de retirarse, conocidos como “de cuatro lados”. El diseñador estuvo también cercano a Braque y Dubuffet. “Hay que pensar que estuvo en la escena parisina desde 1936. Los españoles en París siempre estuvieron en contacto. Además, la mejor clienta de Balenciaga, Rachel Mellon, fue también una importante coleccionista de artistas como Rothko”.

También se acercó al arte contemporáneo a través de su amistad con Aimé y Marguerite Maeght, para quienes vistió una virgen en la capilla de la fundación Maeght en Saint-Paul-de-Vence. ¿Y Picasso? No hay constancia de que los dos creadores españoles más importantes de París se conociesen, aunque todo lleva a pensar que sus caminos debieron cruzarse. En el catálogo, Hamish Bowles especula: “es posible que la obra de Picasso no despertase una gran pasión en Balenciaga, pero estaba grabada a fuego en la conciencia española”. Ese emparejamiento queda pendiente para una próxima exposición.

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