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‘Apocalypse Now’

Nunca resulta agradable tanta ostentación en un invitado, es ruda. Y poco elegante. Además hacer ruido está muy mal visto en Inglaterra

Melania Trump, en el palacio de Buckingham a su llegada a Londres.
Melania Trump, en el palacio de Buckingham a su llegada a Londres. Getty Images

Atento a la llegada de Donald Trump a Buckingham Palace, no pude dejar de recordar esa mítica escena de Apocalypse Now, de Coppola, en la que una flota de helicópteros estadounidenses destruye una población en Vietnam con Wagner como banda sonora. En su llegada a los jardines de Buckingham Palace, el presidente Trump empleó cuatro helicópteros de su fuerza aérea en una demostración de ruido, ventolera y aparatoso poderío del que más le divierte al presidente.

Aunque el gobierno norteamericano aclaró que tal exhibicionismo se debió a que era más inseguro que Trump, esposa, hijos y comitiva desfilaran en coche hasta el palacio. ¿Londres es tan inseguro? Ese desembarco aerotransportado mostró lo exagerado que puede ser un nuevo rico de Estados Unidos, de Arabia Saudí o de cualquier lugar. Nunca resulta agradable tanta ostentación en un invitado, es ruda. Y poco elegante. Además, hacer ruido está muy mal visto en Inglaterra. Pero hay que tener paciencia y salud para sobrellevarla.

Sin duda a esa misma escala militar se planificó el vestuario de Melania Trump para esta visita. Una sucesión de atuendos tan aparatosos como los helicópteros y casi igual de costosos. Hace un par de años, la bella Melania parecía una persona atrapada o desorientada, pero en este tour por Reino Unido creo haber comprobado que ella está mucho más contenta con su rol de esposa trofeo. Protagoniza actividades de primera dama de antes del MeToo. Como almorzar con otras primeras damas más modestas o visitar guarderías públicas que su marido parece querer privatizar. ¡Museos no, gracias! Su vestuario en esta performance quería transmitir un mensaje poderoso y se consiguió, aunque sonó a hueco. Ese vestido My Fair Lady, como lo calificó la prensa inglesa, con pamela engrapada, recordaba a una copia sosa de los que se ponía Joan Collins en Dinastía. El que empleó para el desembarco en Reino Unido, con estampado que homenajeaba al Big Ben, destilaba humor chusco. Igual que ese bolso de cocodrilo de 40.000 dólares. Y el vestido largo blanco que llevó para asistir al banquete en palacio, aunque literalmente perfecto para su silueta, era una réplica del que empleó Jackie Kennedy en esa misma situación hace casi sesenta años. Todo pretendía ser un homenaje, refrito por el equipo de estilistas de la Casa Blanca. El mensaje se percibió de otra manera, como si los Trump entendieran que para estar ante una reina hay que exhibir mucha riqueza, parecer los más ricos del pueblo.

El periodista mexicano Jorge Ramos, en los premios 'Vanity Fair', en mayo. ampliar foto
El periodista mexicano Jorge Ramos, en los premios 'Vanity Fair', en mayo. EFE

Me gustó el sombrero tipo ovni que usó para el aniversario del Día D (D de Diana, D de Dinastía, D de desembarco). Aunque descubrimos que era un remedo de otro que vistió Meghan Markle el año pasado. Como en esto, a Melania muchos la entendimos compungidos cuando empleaba su lenguaje corporal para hacernos saber que no estaba a gusto con su marido y sus formas. Estos días en Londres la hemos visto menos emocional, más mecánica. Además, si hay algo más hueco y sin espíritu que un atuendo de Melania es ver a Ivanka Trump vestida de princesa Disney en Buckingham. ¿Qué puede pasar por su cabeza para aparecer como princesa de cuento en una cena rodeada de princesas auténticas?

Más al sur, una auténtica princesa, Carlota Casiraghi, influye en la moda nupcial con sus dos trajes de boda, uno para el día, otro para la noche. Además, aporta una nueva idea para el calzado: la sandalia-botín. Sobresaliente. Quizás no se trata tanto de la ropa, se trata de cómo la persona se siente y se conecta con lo que viste. Melania está desconectada de lo que lleva, podría vestir eso o cualquier otra cosa. Se le ven las costuras como modelo: no interpreta bien.

En otro jardín, Vanity Fair otorgó su premio de Hombre del Año al periodista Jorge Ramos, uno de los pocos nombres en español que Donald Trump reconoce. Lo expulsó de una rueda de prensa durante su campaña. No hay mirada más penetrante que la de Jorge Ramos y en su entrevista a Nicolás Maduro uno se da cuenta de que dos tipos de gobernante tan aparentemente opuestos como Trump y Maduro, tienen algo que los une. Y no es la moda, es el modo displicente y autoritario con que tratan a Ramos, y a la prensa. Asumo que eso es parte del talento del periodista, hacerte ver las estrategias y trampas del poderoso. Meterse en su jardín, ver cuántos helicópteros hay y contarlo.

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