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El mapa de la destrucción

Construir identidades homogéneas facilita destruir la pluralidad

El gueto de Varsovia tras su liquidación en torno a 1943.
El gueto de Varsovia tras su liquidación en torno a 1943.

El presente está lleno de pasado, y cada vez se discute más sobre la manera de gestionar lo que viene de atrás. Y ahí intervienen la memoria y el olvido, pero también cuanto tiene que ver con la identidad y con la manera de estar en el mundo, con la pertenencia a un grupo, a una comunidad. Al final, de lo que seguramente se está hablando es del hogar, de los afectos, de los puntos de referencia. El pequeño inconveniente es que no siempre se pueden establecer acuerdos amplios para gestionar unos pasados marcados por el dolor, la destrucción, la guerra. Y que muchas veces hay proyectos que procuran establecer una lectura cerrada y única de lo que ocurrió para garantizar la homogeneidad entre los propios y condenar la más mínima disidencia. Es lo que está ocurriendo con la Rusia de Putin, la Turquía de Erdogan, la China de Xi Jinping, la India de Modi. Una música de fondo común hermana esta deriva marcadamente nacionalista: triturar la pluralidad para construir identidades compactas, sin fisuras.

El siglo XX, y lo que llevamos del XXI, ofrece un amplio muestrario de episodios cargados de dinamita a la hora de establecer patrones para relacionarse con el pasado. Ahí están el genocidio armenio, la maquinaria de horror del Tercer Reich, los crímenes del estalinismo, las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. ¿Qué hacer? ¿Borrar toda huella, mantener las ruinas, conmemorar el dolor (y cómo conmemorarlo)? Más cerca están la Revolución Cultural china, la barbarie de los jemeres rojos, las guerras de los Balcanes, el atentado a las Torres Gemelas, la destrucción de los Budas de Bamiyán de la mano de los talibanes. Y los asuntos por resolver siguen ahí incordiando: ¿de qué nos acordamos, de qué nos olvidamos? Y, sobre todo, ¿cómo nos acordamos y cómo nos olvidamos? Para no ir muy lejos: ¿qué se puede hacer hacer con el Valle de los Caídos? ¿Dejarlo estar, dinamitarlo, abandonarlo para que vaya pudriéndose, resignificarlo?

Un libro, traducido recientemente en España pero publicado en el Reino Unido en 2006, propone una interesante manera de acercarse a la compleja relación con el pasado. Su autor, Robert Bevan, es periodista y crítico de arquitectura en varios medios, además de miembro de una asociación que asesora a la Unesco y que vela por la conservación y protección del patrimonio cultural. En La destrucción de la memoria traza un aterrador mapa de una serie de momentos en que la devastación de ciudades y edificios y casas y monumentos sirvió de prólogo al arrasamiento de distintas poblaciones o como arma para desmoralizar a la gente en el curso de una guerra o como pura marca de terror y de desafío al enemigo. Es como si Bevan se fijara en el dolor de las piedras (aquellas en las que las sociedades se reconocen) para subrayar la fragilidad de las criaturas.

“La historia se mueve siempre hacia adelante, pero se vuelve siempre para mirar por encima del hombro: ¿cuánto debe ser conmemorado y recordado?, ¿cuánto debe ser perdonado y, más tarde, olvidado en pro de la paz tanto interna como externa?”, se pregunta Bevan. En algún momento de su libro muestra cómo, en distintos momentos, “la limpieza étnica fue acompañada por una política de limpieza cultural que la hiciera permanente e irreversible”. Cuando el afán de construir identidades homogéneas destruye la pluralidad de cada sociedad es cuando más difícil resulta reconstruir las verdaderas huellas del pasado. Y la historia y la memoria se convierten entonces en pura invención. Y en un artefacto peligroso.

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