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¿Ha dimitido ya Pablo Iglesias?

Ajeno al doble escarmiento electoral, el líder de Unidas Podemos se aferra a los ministerios

Pablo Iglesias, el pasado lunes 27 de mayo, haciendo balance de las elecciones. Ampliar foto
Pablo Iglesias, el pasado lunes 27 de mayo, haciendo balance de las elecciones. AFP

No, no ha dimitido Pablo Iglesias. Sí lo han hecho en cadena unos cuantos líderes regionales y se lo han reclamado implícitamente otros, pero el líder de Unidas Podemos hace autocrítica de los demás y se sustrae a la catástrofe electoral del domingo como si la hubiera provocado una conspiración de las fuerzas de la naturaleza.

La responsabilidad es de Pablo Iglesias. Política, táctica y conceptualmente, entre otras razones porque la noción del hiperliderazgo, del cesarismo, tanto desdibuja el compromiso asambleario del movimiento como se ha convertido en un argumento desintegrador. Ni siquiera funciona el ardid de atribuir el hundimiento dominical al fratricidio en diferido de Íñigo Errejón. Y no solo porque Iglesias debía haber calculado la represalia a la masacre de Vistalegre II, sino porque Podemos también se ha desfigurado o extinguido lejos de la batalla de Madrid. Ha perdido en ultramar el 70% de su envergadura. Y se ha confirmado que el varapalo de las generales anticipaba la angustia existencial del proyecto político en el umbral de sus primeros cinco años.

Pedro Sánchez ha identificado el hedor funerario de sus “aliados”. Y ha convertido el escarmiento electoral de Iglesias en un recurso providencial para excluirlo del Gobierno. No puede el líder de Unidas Podemos encubrir su fracaso político con el premio de unos ministerios. Es verdad que Sánchez lo necesita para la investidura y que Irene Montero ha amenazado con levantar una barricada en el Congreso si el líder socialista desplaza el timón hacia el centro y se entrega a las garras del IBEX, pero la apertura de negociaciones con Ciudadanos y la hipótesis de algunos acuerdos —Castilla y León, Aragón, Madrid— predisponen un nuevo clima parlamentario.

Sánchez gobernaría en solitario. Conservaría al deprimido Iglesias como principal costalero, pero la holgura de sus últimas victorias —del 28-A al 26-M— tanto le permiten explorar otras aritméticas como le consienten distanciarse del chantaje soberanista. Sirva como ejemplo el consenso de socialistas, populares y naranjas respecto a la suspensión de los diputados presidiarios en la Mesa del Congreso. Y la discrepancia premonitoria, categórica de Iglesias en su afinidad al lazo amarillo. Alojarlo en el Gobierno expondría el Consejo de Ministros a las fricciones del modelo territorial, al referéndum de autodeterminación, a las disonancias del programa económico, al euroescepticismo, incluso a la pulsión republicana, aunque es verdad que Pablo Iglesias lleva ahora como un breviario la Constitución del “régimen del 78”.

Instalado entre las paredes del búnker, Iglesias se resiste a abdicar. Y encara una crisis de legitimidad a la que se añaden las emancipaciones territoriales del partido, el malestar de un sector de IU por el vasallaje de Garzón y la irrupción de Errejón como alternativa estimulante entre los escombros de la conquista de los cielos.

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