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Cristianos y musulmanes que rompen juntos el ayuno del Ramadán

Las festividades religiosas propician un momento de acercamiento entre los diferentes credos. Saint Louis, en Senegal, es modelo de convivencia

"Históricamente siempre ha habido un hermanamiento, una vecindad profunda más allá de lo religioso. Nos sentíamos ante todo saintlouisens, después musulmanes o cristianos: poco importaba", asegura el imán de Saint Louis (Senegal).
"Históricamente siempre ha habido un hermanamiento, una vecindad profunda más allá de lo religioso. Nos sentíamos ante todo saintlouisens, después musulmanes o cristianos: poco importaba", asegura el imán de Saint Louis (Senegal).
Saint Louis (Senegal)

Corrían los años setenta en Saint Louis (Senegal). El padre de Cheikh Diallo, aún estudiante de secundaria, lo mandaba a ver si la casa vecina podía darle unas brasas de su fuego. “No tienen, papá”, informaba el chiquillo al volver. Entonces el padre enviaba una marmita con comida para la familia, presumiblemente en carencia, y la dejaba en el patio. “No había necesidad de mostrar tu solidaridad ante los que no tienen, simplemente se hacía, respetando la dignidad de la familia que lo recibía, que no tenía que mendigar”, cuenta Cheikh Diallo, el ahora imán de la Gran Mezquita de Saint Louis.

Como en todas las fiestas de una u otra comunidad, en el marco del mes sagrado del Ramadán los representantes musulmanes y católicos de Saint Louis se reúnen para renovar sus compromisos y trazar la historia común y el entendimiento que las dos religiones reveladas protagonizan en la ciudad, “ejemplo para Senegal y para todo el mundo”.

El vivre ensemble [convivencia, en francés] es un eslogan muy utilizado para describir el espíritu de la ciudad que, desde la introducción del catolicismo por parte de los colonos franceses y la extensión del islam (tímido hasta ese momento) a finales del siglo XIX, no ha conocido rencillas interreligiosas. “Históricamente siempre ha habido un hermanamiento, una vecindad profunda más allá de lo religioso —explica el imán—. Nos sentíamos ante todo saintlouisens, después musulmanes o cristianos: poco importaba”. Cheikh Diallo recuerda con nostalgia los encuentros de las dos comunidades en el estadio de fútbol o en la plaza pública, incluso ir a la iglesia los domingos con los amigos cristianos del barrio y que ellos le acompañaran a la mezquita.

El origen de esta simbiosis particular en la ciudad es, según el experto en derecho comparado de religiones Patrick Kabou, “los lazos previos de la comunidad, a través de un sistema de etnias y de tradiciones espirituales mucho más ancianas —las religiones ancestrales de los territorios—, que no solo no fueron erradicadas con la llegada de las religiones monoteístas sino reforzadas, por coincidir en la existencia de una divinidad, un ser supremo”.

Desde finales del siglo XIX, la ciudad no ha conocido rencillas interreligiosas

Para el experto, postdoctorando en la Universidad de La Laguna, el ejemplo de Saint Louis podría ser una referencia mundial sobre la amistad entre religiones, ejemplo de tolerancia y de respeto. El abad Barnabé cree que la clave es el “conocimiento del otro”. Recién destinado a la ciudad desde Zinguinchor, al sur de Senegal, el representante católico considera que hay que “superar las barreras del miedo y escucharse los unos a los otros”. En Saint Louis, una minoría cristiana compuesta por menos de 12.000 personas de la población, conviven pacíficamente con la mayoría musulmana y disfrutan de sus cultos en los tres lugares destinados para ello: la Catedral de Saint Louis y la parroquia de Notre Dame de Lourdes en Sor, además de una capellanía en la universidad. En la página web de la diócesis de Saint Louis, se describe al islam practicado en la zona por el 90,3% de la población, como “abierto, acogedor, incluso simpático”.

“Nos reunimos el 4 de abril, día de la fiesta nacional senegalesa, convocados por el gobernador, pero también cuando hay un asunto de interés público en la ciudad nos llamamos para compartir nuestras posiciones”, explica el imán Diallo, poniendo de ejemplo las crecidas del mar que amenazan a la población del barrio de Guet Ndar. “Es el espíritu del árbol de las palabras de la tradición africana que nos une: nuestra manera de dialogar para resolver los conflictos”, sentencia.

Pese a ese pasado idílico, Saint Louis no está fuera de las dinámicas globalizadoras, y el modo de vida individualista también ha afectado aquí a las relaciones humanas. “El espíritu solidario y comunitario que vivíamos se va degradando —se lamenta el imán— y ahora todas las relaciones sociales se ven mercantilizadas, incluidas aquellas en el marco de la religión. Nadie se alarma ante el número de personas que desaparecen en el mar, y la preocupación por los demás se ve ahora supeditada al interés personal”.

Las 'signares', las poderosas mujeres entre dos religiones

El fenómeno de las signares es muy simbólico de la simbiosis de religiones y prácticas espirituales que cohabitaron en Saint Louis. Se conoce por este nombre a las mujeres de la zona que se casaron con comerciantes franceses en los primeros tiempos de los comptoir (establecimientos comerciales antes de la colonización), y sus hijas mestizas, descendientes de estos matrimonios.

La cultura senegalesa de las signares estaba basada en el islam, pero también en las prácticas animistas ancestrales aprendidas de sus madres africanas. Así es como las mestizas, educadas en el catolicismo por sus padres blancos (y posteriormente por la escuela colonial), abrazan este credo no tanto por convicción religiosa, sino por una necesidad de respeto y de consideración, según un estudio de Kane Lô de la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar. “La religión católica les permitía tener una condición social, pero la tradición y la religión musulmana les otorgaban la confianza en sí mismas y en la vida”, afirma la investigadora.

Aún actualmente, la tradición de los fanals en Saint Louis, el día de Navidad, en la que se conmemoran los desfiles de las signares cuando asistían a la misa de medianoche, es un evento muy concurrido y apreciado por la ciudadanía, mayoritariamente musulmana.

El líder religioso, sociólogo de formación, tiene claro que la degradación de valores de convivencia que él percibe en los últimos años tiene un culpable: “Las insaciables potencias capitalistas: tanto Estados Unidos como Arabia Saudí, que es un país musulmán, y por supuesto Europa”. Para Diallo, la injusticia social y la pobreza constituyen un caldo de cultivo para el deterioro de la cohabitación, pero también para el calado de discursos extremistas. “Por el momento la policía y la comunidad religiosa hacen un gran trabajo de vigilancia y control y no hay casos de radicalismo en Senegal ni Saint Louis, pero con la falta de expectativas de empleo de la juventud – hasta un 19,5% de paro en la franja de edad de 20 a 24 años en el país, según los datos oficiales- no hay nada seguro”. “Quien no tiene que comer hace lo que sea”, explica el imán, quien afirma que la cuestión de fondo del extremismo islámico “es económica y nada tiene que ver con la religión".

Patrick Kabou añade la responsabilidad de los marabús y otros intermediarios que enseñan las disciplinas religiosas sin tener suficientes conocimientos. “La violencia no tiene cabida en los textos sagrados”, afirma. Para él la salvaguarda de la sociedad senegalesa ante estas amenazas son las múltiples relaciones interfamiliares, los chistes entre etnias (una costumbre que en Níger es patrimonio inmaterial de la Unesco que consiste en gastar bromas entre familias a partir de unas vinculaciones establecidas entre apellidos), los matrimonios mixtos islamo-cristianos: “El otro aquí es un hermano, no es un enemigo”, afirma.

Cae la tarde y se acerca la hora de romper el ayuno para la comunidad musulmana que practica este precepto del Corán. Como siguen haciendo decenas de familias católicas en la ciudad, el abad Barnabé ofrece el sukaru koor al imán Cheikh Diallo, en señal de amistad.

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