Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

¿Qué es lo de atrás? Los 10 escenarios más locos de la historia de Eurovisión

Desde la obra de Dalí que presidió el escenario en Madrid en 1969, hasta, por qué no, unos anillos de Saturno y una pila bautismal. De todo hay en la historia del festival

Eurovision 2019
Los alemanes Dschingis Khan-Musik-Gruppe, en el festival de Eurovisión celebrado en Jerusalem en 1979, coordinados delante de la obra del polaco Dov Ben David. |

Ocuparse de la escenografía del festival, seguido por millones de espectadores en todo el mundo, es un reto para cualquier diseñador, y una de las mejores oportunidades para una televisión nacional de exhibirse ante el continente europeo. Cuando le tocó a España acoger el concurso de Eurovisión en 1969, optó por celebrarlo en el Teatro Real de Madrid y nada menos que con una escultura de Dalí presidiendo el escenario. El afán de sorprender ha sacado al escenario obras de arte, pero ha hecho también que algunos se embarcaran en obras faraónicas. Hay para todos los gustos.

1. Roma, Italia (1991) - Las Vegas augusta

Si hay algo que a los italianos se les da bien —aparte de lucir zapatos— es vender su historia. Un pasado que en lo tocante a los festivales musicales también es venerable, porque allí inventaron el de San Remo en 1951, cinco años antes de que el de Eurovisión echase a andar. La vanidad estaba detrás del diseño del escenario de la edición de 1991: un fondo de réplicas en cartón piedra de edificios emblemáticos daba la bienvenida a los cantantes, entre quienes se encontraba un pletórico Sergio Dalma, que quedó en segunda posición con Bailar pegados. Pero en vez de transmitir un aire augusto, el resultado remitía al vestíbulo de un hotel de Las Vegas construido con desechos de decorados de Cinecittà.

2. Malmo, Suecia (1992) - El barco pirata

Los suecos elevaron el nivel de simbología de gusto ambiguo al año siguiente. Imaginemos la reunión de los organizadores para elegir decorado: "¿De qué es sinónimo Suecia?", debió de plantear uno. "¡De mar!", respondió otro. "¿Y cómo podemos representar el mar?"… "¡Con un barco!", gritarían varios al unísono. Dicho y hecho. La proa de un navío aparentemente vikingo emergía desde el fondo del escenario, como sacado de un parque de atracciones, amenazando con seccionar en dos a Serafín Zubiri, tranquilamente apostado en su piano, ajeno a todo. En el suelo, el logo de Eurovisión, por si a alguien le quedaba alguna duda de qué clase de show televisivo estaba viendo.

3. Jerusalén, Israel (1999)- Ah, que es un sol

Llegamos a los años de los escenarios móviles, es decir, aquellos que contienen elementos que cambian de posición, dando así la oportunidad a su diseñador de rivalizar en protagonismo con el cantante. Porque claro, ¿quién necesita poner la vista en Lydia, que acabó en última posición con un solo punto, cuando puede entretenerse admirando un elefantiásico reloj de pared cuyas manecillas (seis en total) no paran de girar arbitrariamente, como movidas por un genio loco? Dada la embrionaria tecnología de aquellos días, es probable que fuera un operario borracho quien manipulara un pequeño dispositivo mecánico en una mesa entre bambalinas. Ah… que es un sol, cuyos rayos pretendían simbolizar la luz de Israel.

4. Kiev, Ucrania (2005) - Coches de choque

La compañía eléctrica de Ucrania se frotó las manos con el diseño de escenario que la televisión de su país montó para Eurovisión: había luces por todas partes, en el techo, al fondo, a los lados, en el suelo… Se rumorea que Kiev fue visible aquella noche desde el espacio. La iluminación cambiaba en función de cada actuación, lo cual en general era de agradecer, pero cuando las españolas Son de Sol salieron al escenario (efectivamente, nadie se acuerda de aquella actuación) este mutó en una absurda amalgama de colores muy parecida a las lucecitas de los coches de choque de cualquier feria de pueblo. Con todo, nuestra canción era peor.

5. Jerusalén, Israel (1979) - Hipnotizados por Saturno

En su cabeza era una buena idea... Una instalación artística al fondo del escenario, obra del polaco Dov Ben David, quien se define a sí mismo como diseñador de espacios. Se trataba de una enorme lámpara que articulaba el emblema de la televisión pública de Israel (tres anillos concéntricos) de modo que podía personalizarse adoptando formas diferentes en cada canción. En la práctica, esa especie de Saturno veleidoso tenía un poder hipnótico sobre el espectador, quien al poco de empezar la gala ya no podía ver otra cosa que los dichosos anillos. Por no hablar de la manía de poner escalones. ¿Para qué? Ni siquiera los niños que aparecieron en escena junto a Betty Missiego los aprovecharon y prefirieron sentarse en el suelo.

6. Dublín, Irlanda (1971) - Ciencia ficción del siglo XVIII

Aquella edición se recordaría por las cosas equivocadas: la autoridad con la que ganó Mónaco (casi todos los países otorgaron 12 puntos a su representante, la francesa Séverine), la provocación de la BBC al enviar a Dublín a una cantante nacida en Irlanda del Norte (Clodagh Rodgers), la proliferación de pantalones cortos entre las cantantes femeninas... Pero si había algo susceptible de generar conversación fue la instalación al fondo del escenario: tres platos de gran tamaño en fibra de vidrio y unidos entre sí por unas piezas de formas orgánicas.

Son un diseño de Alpho O'Reilly, director de arte de la RTÉ, la televisión pública irlandesa, y antes actor en el Great Theatre de Dublín, donde proyectó gran parte de sus sets (O'Reilly desapareció sin dejar rastro en 1996, nueve años después de retirarse de la RTÉ. La última vez que se le vio fue a las tres de la mañana repostando gasolina con su Mitsubishi recién comprado). El diseñador planteó un homenaje a la platería irlandesa del siglo XVIII, pero para muchos aquello asemejaba, sin embargo, al símbolo de alguna secta sacado de una película de ciencia ficción.

7. Copenhage, Dinamarca (2001) - 39 escalones y poco suspense

Nuevo siglo, nuevo milenio... y los mismos escenarios faraónicos. ¿Era el diseñador danés aficionado a los números de revista de Norma Duval? Solo así se explica la presencia de dos grandes escalinatas por las que parecía que en cualquier momento iba a descender una vedette. ¡Si al menos hubiera bajado por ellas David Civera! No contento con ello, el responsable del escenario plantó en la parte superior, prácticamente encima del patio de butacas, el logo del festival de aquel año, que parecía una nebulosa de color moviéndose al ritmo de las caderas, y que en realidad eran cuatro anillos de distintos tamaños engarzados entre sí. Dos pantallas de vídeo detrás de los cantantes completaba la fantasía aportándole un toque de funcionalidad.

8. Estambul, Turquía (2004) - La lava

Convertir el fondo del escenario en una noche estrellada ha sido un recurso habitual en muchas ediciones. Tal vez para introducir alguna modificación a ese tópico, el turco Esra Akbulut, creador de numerosos sets de televisión en su país, entre ellos el de Gran Hermano, decidió añadir algunos elementos más. El más chocante, una figura orgánica que evocaba las patas de una araña gigante en dos dimensiones o un río de lava que descendía de no se sabe dónde. En cualquier caso, con trazo de cómic y tan versátil como para teñirse de rojo-pasión-española cuando Ramón subió a cantar la poco memorable Para llenarme de ti. Para enrevesarlo todo aún más, el diseñador también incorporó una jaula para canarios, pero tamaño XXL y con forma de zepelín.

9. Luxemburgo (1962) - Una habitación de hotel con pila bautismal

Hoy en día a nadie en su sano juicio se le ocurriría convertir el escenario de Eurovisión en una coqueta habitación de un domicilio particular o de un hotel. ¿Demasiado poco ambicioso? El caso es que el diseñador de Luxemburgo se decantó por una escenografía acogedora y teatral —muy al estilo de escenarios como el de La gata sobre el tejado de zinc—, y llenó el espacio de cortinas, lámparas, maceteros y un ventanal a través de la cual era posible distinguir el cielo estrellado de rigor. Si la idea era que el espectador tuviera la sensación de que el festival se había metido en su casa, funcionaba, excepto por la extraña presencia a la derecha del escenario de una enorme jardinera del tamaño de una pila bautismal, que el realizador solo desvelaba (con buen criterio) al término de cada canción.

10. Madrid, España (1969) - Surrealismo eurovisivo

Tras el triunfo de Massiel el año anterior, a TVE le tocó organizar la edición de 1969, recordada sobre todo por el cuádruple empate entre las canciones más votadas, una de ellas, Vivo cantando, de Salomé. También es recordada por la escultura de Salvador Dalí que se ubicó en mitad del escenario del Teatro Real (el afamado artista también diseñó el cartel del evento). Con una escultura de Dalí presidiendo el acto... ¿quién necesita algo más? De ahí que el equipo de diseño decidiera adoptar un perfil bajo, que se tradujo en el añadido de unas flores por aquí y unos tubos de órgano por allá. Surrealismo eurovisivo.

Más información