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Querida Europa

No podemos dejarte y es imposible avanzar por la falta de voluntad y de sentido histórico. Ahora somos rehenes de Trump

Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo
Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo

Querida Europa:

O quizá debiera decir mi pobre Europa. Te tuteo, porque nos conocemos íntimamente, tú, mi vieja amante, y yo, hijo de Estrasburgo, tu capital sentimental. Crecí al borde del Rin y nunca soy tan feliz como cuando circulo por las autopistas o voy en los trenes que vetean tu territorio. Las curvas de tus ríos, de tus costas y de tus montañas; la majestad de tus ciudades y de tus campos, la riqueza de tus culturas y el encanto de tus lenguas: querida Europa, sigues siendo el objeto de mi deseo. No he olvidado todo lo que nos has aportado, la paz y la prosperidad, después de la última vez que tus hijos se mataron entre ellos, hace 75 años.

Pero ¿qué han hecho contigo? “Ellos”, los políticos timoratos que dirigen —o quisieran dirigir— tus pequeñas naciones desde hace 20 años. “Ellos”, que te agobian con todo tipo de males además de haberte construido frígida e inestable, alguien torpe y sin rostro, para que te convirtieras en el chivo expiatorio de sus cobardías y de sus hipocresías.

Milan Kundera escribió que el verdadero europeo tenía nostalgia de Europa. Hoy, desgraciadamente, tenemos que suscribir esa definición

Pobre Europa, estás irreconocible. A ti, la diosa elegante, te han desfigurado como a una hidra de seis cabezas (una preside el Consejo de la Unión y cambia cada seis meses, la segunda dirige la Comisión, la tercera el Consejo Europeo, la cuarta el Parlamento Europeo, la quinta el Banco Central Europeo y la sexta el Eurogrupo). ¿Cómo identificarse con semejante monstruo? ¿Cómo entender su metabolismo? En Bruselas y Estrasburgo te han edificado palacios funcionales. Sus fachadas son lisas, sus arquitecturas frías: el conjunto es feo y descarnado.

No han querido dotar de identidad a tus billetes. En lugar de grabar en ellos las efigies de tus genios, Dante, Goethe, Mozart o Picasso, han preferido puentes, arcos y ventanas dibujados por ordenador. Hubieran podido invitar a tus ciudadanos a pronunciarse acerca de sus ilustraciones. No han sabido tampoco contar tu historia, ni celebrar tu herencia (que no se han atrevido a definir), la matriz greco-latina y judeo-cristiana (y musulmana en las penínsulas Ibérica y Balcánica, más discutible, estoy de acuerdo, en los países sometidos al imperio otomano durante siglos) y la gran aventura del Renacimiento y el humanismo, ni denunciar tus mortíferos antagonismos ni tus pasados crímenes, el fascismo, el comunismo, el colonialismo.

No han querido transmitir a las generaciones futuras sus tradiciones compartidas, solamente palabras vacías y fórmulas vagas. Podrían haber instituido cursos de historia y de educación cívica europea en todas las escuelas del continente y formar así a unos pequeños políglotas. Nada de eso. ¿Y acaso no sospechan que sin educación europea, sin una base cultural común no habrá nunca ni unión ni solidaridad? Sin lugar a dudas. En el fondo, ellos no te aceptan. O sólo te quieren tambaleante y anémica.

Así es como, querida Europa, te abandonaron en medio del vado. Sus predecesores habían asumido grandes riesgos, pues conocían tus inclinaciones criminales, la mayoría las había sufrido en sus carnes. Nos encaminábamos hacia la formación de un gran conjunto, la aventura era colectiva, exaltante, cuando todo se detuvo. Y ahí estamos todos, paralizados, enmarañados en las redes de competencias compartidas, impenetrables e indefendibles. Imposible dejarte e imposible avanzar ante la falta de voluntad, de valentía, de sentido de la historia de los hombres y las mujeres que presiden tus destinos desde principios de siglo. Para ti el trabajo sucio de emitir directivas, normas y reglamentos, de controlar deudas y déficits: tú eres el malvado gendarme financiero, la bestia negra de los populistas, de derecha y de izquierda, que con ello medran a tus expensas. Y careces de defensa. Ellos esperaban que tu primo americano velaría siempre por tu seguridad. Ahora somos rehenes de Donald Trump, porque son ellos los únicos que han fingido creer en el fin de la historia.

Por eso reina el provincianismo. Como en los boletines meteorológicos de la televisión francesa: más allá de nuestras queridas fronteras no se sabe el tiempo que hará, no se quiere saber y nos importa un bledo. Francia se mutila a sí misma y solamente se mira el ombligo. El Reino Unido parte a la deriva. Alemania tiembla ante la idea de los impuestos a los GAFA [Google, Amazon, Facebook y Apple]. Los catalanes quieren irse de España. Polonia, Hungría, Italia y algunos otros actúan de fanfarrones. Estando solos serán más capaces de luchar contra el calentamiento climático, las grandes migraciones o el terrorismo. ¡Qué idiotas! Rusia, América, China, Turquía y el islamismo catarí-saudí se relamen. Sueñan con la revancha y con despedazarte.

El cuadro es oscuro, pero estoy amargado, no se me pasa la rabia contra aquellos que han hecho de ti ese chisme insípido y sin alma, esa cosa sin historia ni rostro, esa nave sin rumbo ni timón, a merced de todas las corrientes. Milan Kundera, en tiempos de la Guerra Fría, escribió que el verdadero europeo tenía nostalgia de Europa. Hoy, desgraciadamente, suscribo esa definición.

Olivier Guez es periodista y escritor.
Traducción de Juan Ramón Azaola.

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