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¿Comercio (en caída) libre?

La crisis que atraviesa la OMC es tan grave que podría llevarla a desaparecer

El director general de la OMC, Roberto Azevedo.
El director general de la OMC, Roberto Azevedo.

Con ese dominio de la puesta en escena que demuestran las autoridades chinas, el presidente Xi Jinping recorrió recientemente Italia en un paseo triunfal. El motivo no era menor: la firma del acuerdo por el que Roma se suma a la Ruta de la Seda. La economía italiana aspira así a exportar más al gigantesco mercado chino mientras que este busca desarrollar infraestructuras para llevar sus mercancías a lo largo y ancho de todo el continente euroasiático. Muchos en Europa lo vieron como una traición.

Aunque no era el primero (Grecia y Portugal lo hicieron antes), uno de los más importantes países de la Unión Europea rompía el intento de unidad sobre una postura común. Poco después, la cumbre UE-China trató de reconducir unas relaciones algo tensas en los últimos tiempos. Por cierto, que no fue Xi, sino su primer ministro, Li Keqiang, quien acudió a la cita con Bruselas. En la declaración final dos de las tres principales potencias comerciales del mundo acordaron, entre otras cosas, impulsar la reforma de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

La OMC, la institución que fija las normas para el comercio global, no pasa por su mejor momento. Atascada desde años en la Ronda de Doha, cuestionada por muchos de sus miembros, se enfrenta ahora —ella también— a los embates del presidente estadounidense; un nuevo y frontal asalto al multilateralismo. La crisis es tan grave que podría llevarla a desaparecer. Sería una amenaza para el libre comercio base de la globalización. Por cierto, que el ingreso de China en la organización fue precisamente uno de los motores del reciente proceso globalizador.

Algunas voces han alertado ya de un freno en el comercio y los intercambios globales. Slowbalization, lo llamó hace unos meses The Economist. Y no es solo por la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Influyen también factores como el incremento en los precios del transporte, el mayor peso de los servicios (muchos de carácter más local) en la economía global o la nueva normativa de la UE sobre inversiones extranjeras. La realidad es que las inversiones chinas en Europa y Estados Unidos descendieron un 73% en 2018.

En los próximos meses la OMC debería avanzar en la reforma de algunos temas críticos, como la renovación del órgano de apelación, para seguir siendo relevante. El libre comercio y la globalización han proporcionado cotas de prosperidad desconocidas en muchos lugares del planeta, empezando por la propia China. También un país como España se ha beneficiado siempre que se ha abierto al exterior: la recuperación de la crisis se basó, en gran medida, en la exportación. Pero sin instituciones globales fuertes, se corre el riesgo de una fragmentación que vuelva a dar poder solo a los más fuertes. ¿Serán capaces de convencer chinos y europeos a los americanos de seguir jugando con las mismas reglas?

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