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Las estrellas de los partidos a veces están fuera de los focos

La historia demuestra cómo para llegar muy arriba es necesario a veces venir de muy abajo

Reparto de propaganda electoral en Barcelona.
Reparto de propaganda electoral en Barcelona.

Publicaban los compañeros de Icon la historia de nueve estrellas mundiales de la música a las que en sus inicios habían dado con la puerta en las narices, en ocasiones añadiendo humillación al rechazo. Que si no tenían futuro (The Beatles), que si no era alguien de éxito inmediato (Lady Gaga), que si su música no era adecuada (U2) o que si eran demasiado vulgares (Coldplay).

Es una historia que se repite en muchos casos con personas que han alcanzado una gran reputación profesional en vida —lo de ensalzar a los muertos no tiene mérito, se nos da de maravilla—, pero que en sus inicios fueron invitados, poco amablemente, a abandonar, preferiblemente con la coletilla “nunca llegarás a nada”. Al tenista Roger Federer, un entrenador le dijo que nunca llegaría a nada; veinte títulos individuales del Gran Slam. Al actor Andy García le dijeron en un restaurante que era un pobre hombre y no llegaría a nada; un Oscar, dos Globos de Oro y 59 películas como actor. A Albert Einstein, un profesor desesperado le soltó la misma frase. Resulta innecesario explicar lo logrado por Einstein, pero —como muestra— la foto de un agujero negro, portada en todo el mundo, ha vuelto a confirmar las disparatadas ideas que cruzaban por la cabeza de ese niño distraído. A J. K. Rowling la despidieron de su trabajo por perder el tiempo escribiendo historias; solo de Harry Potter se han vendido 500 millones de libros. Stephen Hawking contaba que un compañero de clase apostó con otro una bolsa de chuches a que el joven Hawking no llegaría nada. “Todavía no sé quién ganó la apuesta”, solía apostillar con más coña que humildad el astrofísico.

Una de las cosas que llaman la atención durante estos días de campaña —en tiempos de incredulidad general en la política— es la actividad de los militantes de base de cualquier partido que, en la calle y en los alrededores de sus tenderetes, reparten propaganda, explican los programas de sus formaciones y, a veces, aguantan las impertinencias de viandantes que no entienden que la democracia consiste precisamente en la contienda electoral. No son las estrellas de sus partidos, ni figuran en las listas, y seguramente pasan más sinsabores que sus líderes. Habrá quien piense que no han llegado a nada, pero ellos son los que mueven un engranaje vital en democracia. Y entre esos chicos y chicas que reparten folletos hay un joven Federer peloteando.

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