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A las armas, ciudadanos

Vox convierte la legítima defensa armada en el pretexto a la psicosis de una sociedad indefensa

Santiago Abascal, Javier Ortega Smith y Espinosa de los Monteros, en las puertas del Tribunal Supremo.
Santiago Abascal, Javier Ortega Smith y Espinosa de los Monteros, en las puertas del Tribunal Supremo. EL PAÍS

En España puede llevarse un arma bajo estrictas condiciones de licencia. Santiago Abascal, expuesto antaño al terrorismo de ETA, es un ejemplo con su reluciente Smith & Wesson, pero la apología de la autodefensa armada —un español, una pistola— no tiene otro propósito que recrear la psicosis de una sociedad amenazada, cuando no desamparada ante la presunta ubicuidad del crimen.

Se diría que el líder de Vox pretende convertirse no tanto en presidente del Gobierno como en presidente de la Asociación del Rifle. Atrae para sí otro gremio sin altavoz —los pistoleros frustrados, los ciudadanos desosegados—, y lo hace mimetizándose con el populismo "trumpista" de Matteo Salvini.

Fue el líder de la Liga quien homologó el discurso. No solo en defensa de los lobbies italianos que comercian con armamento doméstico —Beretta, Franchi, Benelli—, sino incurriendo en la temeridad que implica atribuir a los ciudadanos las facultades y los derechos de la misión justiciera.

Es el contexto en que se menciona el ejemplo estadounidense, no ya subestimando las consecuencias del supermercado armamentístico —40.000 muertes por armas de fuego en 2017—, sino olvidando que no puede extrapolarse a Europa en sentido parcial un modelo de sociedad que enfatiza la noción del individuo y minimiza la intervención del Estado, sea para la defensa, o sea para la seguridad social, razón por la cual la ecuación de la libertad de comprar armas más la desatención de las enfermedades mentales han consolidado la categorías de los pirados y de las matanzas.

España figura entre los países comunitarios de menor índice de criminalidad. De hecho, el único capítulo expuesto al incremento de delitos en los últimos tiempos concierne a las estafas por Internet. No parece que puedan combatirse estas últimas con un Magnum debajo de la almohada o con un bazuca reglamentario, pero la frivolidad e inconsciencia con que Abascal democratiza las pistolas y las convierte en munición de un videojuego pretende demostrar que el Estado es incapaz de protegernos. Y que compete a nosotros utilizar el gatillo.

La falacia predispone o exprime el discurso "voxista" de la inseguridad, incluso redunda en las tentaciones paramilitares de la ultraderecha fornida. Santiago Abascal reclama que sus votantes puedan defenderse por sí mismos del monstruo exterior que los acecha: el inmigrante, el violador, el ladrón, el yihadista, el mal que acecha al otro lado de la puerta.

El planteamiento sobrentiende una frustrante capitulación del Estado y descalifica las propias cualidades del gobernante, pero sobre todo excita innecesariamente a una sociedad pacífica y entronca con el pasaje más incendiario de La Marsellesa en el ardor de la justicia a medida: A las armas ciudadanos.

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